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Era niño y viajaba en un tren de carga con mi padre y otras personas. Iba en la puerta trasera del último carro mirando las dos líneas que se perdían en el horizonte y las tierras que dejábamos atrás, mientras mi cuerpo oscilaba con el vaivén. Entre los bosques, los sembradíos, los ríos que atravesábamos, apareció de pronto un terreno en llamas. Pequeñas lenguas de fuego que se convertían en una nube blanca y pesada que cubría todo y picaba los ojos. Entré de vuelta, me acerqué a mi papá y le dije que afuera había un incendio y al parecer nadie hacía nada. Entonces él me explicó que luego de las cosechas, queman la tierra: así eliminan los restos de plantas muertas, enfermedades y bichos indeseables, regeneran los pastos y mejoran la producción de la próxima siembra.

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