Instrucciones para dejar de fumar

Abra la cajetilla, o el paquete. Depende si usted ve la aurora de rosados dedos asomándose tras las montañas o desde el ancho océano.

Tome un cigarrillo. Póngalo entre sus labios, por el lado del filtro, y acérquele una llama al otro extremo.

Cuando las lenguas de fuego, cual espíritu santo, estén lamiendo el cigarrillo, aspire profundamente. Notará que su boca se llena de un humo caliente y espeso, como los vapores que deben manar de las fauces del infierno, o como si estuviera respirando sobre un geiser en medio del desierto.

Recuerde expulsar el aire. Después de unos segundos, ya no es agradable tener el humo retenido en la boca, además del grave peligro para su vida que significa olvidarse de respirar.

Debe repetir la inhalación y exhalación periódicamente. Puede expulsar el humo con fuerza hacia el cielo, cual chimenea de un barco listo para zarpar. Puede dejarlo escapar lentamente entre sus labios, o desde su nariz, como un toro de caricaturas que busca embestir al incauto que sostiene una capa roja.

Opcional: Puede quitar el cigarrillo de su boca de vez en cuando, sosteniéndolo entre los dedos índice y medio. O quizás entre el pulgar y el índice. Otras combinaciones de dedos son poco prácticas e incómodas.

Dije opcional, porque algunas personas prefieren tomar una postura de actor hollywoodense rebelde de los años 60, y fumar el cigarrillo de punta a cabo sin quitarlo de sus labios. No se recomienda para quienes poseen un abdomen abultado, por el riesgo permanente de recibir las cenizas en la cima y luego verlas rodar por una cuesta de tela y botones hacia el abismo.

Cuide que el humo no ingrese a sus ojos. Si llegase a ocurrir sentirá cierta irritación y una que otra lágrima se deslizará por su mejilla. Intenté entonces recordar alguna triste historia que contar a sus acompañantes, una de esas historias que harían llorar a una estatua de piedra y que todos llevamos dentro, en algún bolsillo del alma, para que vean que usted no es una bestia insensible y que también puede emocionarse, aunque sea a costa del humo en los ojos.

En cierto momento notará que la mayor parte del cigarrillo se ha convertido en humo y cenizas. Es momento de dejarlo. En caso contrario, empezará a sentir calor en los dedos que sostienen esa pequeña columna de placer que ya se agotó.

Tome el cigarrillo con la punta de sus dedos. Húndalo fuertemente en el cenicero, hasta que ya nadie pueda distinguir el límite entre las cenizas y el filtro ahora arrugado. Mire en lo que ha quedado convertido. Mire esa fugaz dicha convertida en un pequeño residuo maloliente y desagradable. Mire su propia ansiedad, calmada apenas por unos minutos, brevemente disminuida, y que ahora vuelve a crecer como un río alguna vez delgado y que ahora recibe de golpe los deshielos en primavera, o como las nuevas cabezas de una hidra que no muere, que nunca morirá.

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