Me digo a mí mismo pedalea y siento el ardor del verano en la cara, el calor mezclado con el aire que desliza el movimiento. Pedalea, me repito. Y entonces siento algo como un suspiro a mi lado y una bicicleta pasa y se pone delante de mí. Conozco ese pelo, esos rizos castaños que vuelan con el viento. Conozco esa bicicleta roja con flecos colgando de las manillas. Pedalea. La alcanzo. La miro. Le sonrío. Me mira. Se ríe. Se levanta del asiento, apoyada sólo en los pedales. Se muerde el labio. Mira hacia adelante. Vuelve a mirarme. Echa su pequeño delgado y frágil cuerpo sobre el manubrio y comienza a mover las piernas con frenesí. Vuelvo a reír. Miro las malezas, trato de ubicar la zanja por donde corre el agua, veo las casas de madera a lo lejos, los techos grises, con ladrillos encima, a ratos, para que el viento no se los lleve. Un caballo pasta en silencio, a la derecha. Entonces me levantó yo también. Entonces inclino todo mi cuerpo sobre el manubrio, entonces pedaleo con entusiasmo, como si un antiguo dios joven me poseyera, entonces la alcanzo. Nos miramos. Ella frunce el ceño y sus ojos parecen relampaguear. Acelera. Trato de seguirle el ritmo. Ella avanza entre las malezas, entre unas flores blancas cuyo nombre no conozco, entre las basuras que algunos borrachos han dejado. No soy capaz de mantener su paso. Su bicicleta empieza a ir delante de la mía. Ella mira hacia atrás, una línea entre las cejas. Me ve y mueve su bicicleta para que quede delante de la mía. Entonces, cuando mira atrás, recién entonces, vuelve a sonreír.