«Hay que imaginar a Sísifo feliz» — Albert Camus

— Quisiera ver agua, dijo Mérope — me gustaría ver agua corriendo todo alrededor.
Entonces él cerró los ojos. Como siempre le pasaba cuando tomaba su mano, vio todo transfigurado. Las calles de Corinto, secas y amarillas, le parecieron arroyos. Los muros de las casas, pálidos, eran ahora bosques de olivos. Las ventanas cuadradas, para él, semejaban volantines de muchos colores que se elevan al cielo. Los techos, rojos de greda, se mostraban a sus párpados cerrados como prados verdes de pastos altos donde la brisa corría fresca y húmeda.
¿De dónde sacar agua? pensó entonces Sísifo. Por su ciudad no corrían manantiales. No había un canal que desviar, no había un pozo que pudiera convertirse en fuente, no había un torrente que transformar en juegos que saltan y gotas que vuelan para posarse en la cara de las gentes y que inundan el aire de pequeños arcoíris.
Entonces recordó lo que había visto en el bosque el día anterior. Mientras Mérope descansaba en el palacio —ese palacio que él consideraba una choza triste para su esposa, una de las hijas de Atlas, destinada a recorrer el cielo con su luz y, sin embargo, enamorada de él— había salido a recorrer el bosque. Caminó por horas, con el arco en la mano, las flechas en la espalda. Había visto un par de ciervos, pero eran tan jóvenes a sus ojos, apenas unas sorprendidas miradas que descubrían el mundo, que no se atrevió a tensar la cuerda, a curvar la madera, a lanzar la pluma y el bronce que cortaran esas vidas que comenzaban a palpitar. Se acercó al pequeño lago donde el río reposaba de su correr, donde tomaba nuevas fuerzas para otra vez lanzarse, cascadas abajo, hacia su amante el mar. Dejó el arco a un lado, puso una rodilla en la tierra, se inclinó con ambas manos juntas, recogió el agua y refrescó con ella su cara y su boca y su garganta. Entonces vio a Egina. La ninfa bailaba en el agua con sus pechos al sol. La ninfa cantaba la luz y el verde de los árboles. Su canto se confundía con el sonido del agua. Hasta que apareció Zeus. Sísifo recogió su arco y retrocedió a esconderse tras la primera fila de árboles. Del otro lado, el portador de rayos miraba a la ninfa con una sonrisa atravesando su barba, con sus manos abrazando las grebas. Entonces le habló a la ninfa. No fue posible, para Sísifo, oír las palabras y comprender su sentido. Pero vio que la siempre joven Egina se sonrojó. ¿Rabia, pudor, deseo? Se acercó ella al medio del lago, como queriendo huir. Zeus se levantó y le tendió la mano. La ninfa más se alejaba. La frente del dios se convirtió en líneas profundas y surcos aparecieron entre sus ojos. Sísifo pensó que la tormenta haría arder el bosque. Zeus, el acumulador de nubes, atravesó caminando el lago, tomó a Egina de su muñeca, y la alzó sobre la superficie del agua. La rodeó con sus brazos olímpicos, la apretó contra su pecho y luego volvió a la orilla. Y así, caminando entre los árboles con la ninfa trastabillando detrás de él, desapareció en la espesura.
Todo eso recordaba Sísifo mientras pensaba en el deseo de su mujer. Entonces la besó, acarició su pelo que se derramaba en cascadas ondulantes a ambos lados de su cabeza y le pidió que lo esperara, que pronto volvería.
Recorrió el bosque como el día anterior. Volvió a pisar los mismos senderos, volvió a internarse entre la hierba y los arbustos, esquivando los troncos que elevaban sus altos brazos al cielo.
Cuando llegó a la orilla del lago se arrodilló otra vez frente al espejo infinito, bebió de sus aguas calmando la sed, calmando el ardor que sentía en todo su cuerpo. Entonces gritó. El nombre de Asopo, dios de esas aguas, resonó por todo alrededor. ¿Cuántas veces repitió Sísifo el nombre del inmortal? Tantas veces como aparecía el rostro de su esposa en su memoria. Hasta que el dios se dejó ver. Sus cabellos y su barba se parecían a la blanca espuma que forma el agua en la orilla de los lagos. Sus ojos lucían profundos como se ve el mar al atardecer. Su coraza era del color de las algas que bailan incansables en el fondo del agua, acariciando a los peces que parecen ansiosos de recoger todo con sus bocas. Y, sin embargo, pesadas gotas atravesaban su cara.
–¡Asopo, señor de estas aguas! A ti te saludo –dijo Sísifo, mientras miraba la arena oscura y las suaves olas que llegaban a reposar bajo sus ojos.
–¿Qué quieres de mí, Sísifo, fértil en recursos? ¿Acaso vienes a regocijarte de mi desgracia, ahora que he perdido a la hija que era la alegría de mí y de estos ríos y estos lagos?
La voz parecía el rugido de las cascadas. La voz parecía el sonido de la pesada lluvia de invierno sobre la superficie calma del lago. La voz parecía un temblor en la tierra, el bramido de un toro puesto a correr sobre el agua, entre los árboles, sobre el camino que los hombres creen conocer.
Entonces Sísifo le habló de su hija disfrutando del agua del atardecer, le habló de su pérdida, de su ausencia que, por ser una ausencia amada, parecía eterna pese a las escasas horas que los hombres podían contar.
—Puedo decirte, oh, señor, quién ha raptado a Egina, alegría de estas fuentes.
Asopo se alzó más alto sobre las aguas. Las albas espumas anunciaban a Sísifo los pasos que se acercaban a él.
—Pero, mi señor, como sabrás, todo tiene su precio. Puedo decirte qué ha pasado con Egina, siempre y cuando mis condiciones se cumplan.
La tierra vibró. El lago pareció levantarse contra Sísifo. Una ola de esmeraldas y de algas que revolotean como mariposas se paró frente a él.
—¿Cuál es tu precio, Sísifo hijo de Eolo?
Recién entonces el rey de Corinto se atrevió a alzar la vista. Sabía que la partida ya estaba ganada. Tendría el regalo para su esposa.
—Quiero una fuente en medio de Corinto. Quiero que tus aguas salten alegres como la sonrisa de Mérope, quiero que canten mientras corren como si la voz de Mérope fuera recién escuchada por el mundo, quiero que su superficie brille con la profundidad de los ojos de Mérope. Eso quiero, señor.
Asopo levantó las aguas con su mano. Las hizo saltar y cantar y brillar y jugar entre sus dedos.
—Poco pides si conoces la desgracia de mi hija. Habla ahora y Mérope verá siempre en su patio el reflejo de su risa.
Entonces Sísifo le relató todo lo que había visto el día anterior. El baile de Egina entre las aguas, la mirada de Zeus y su mano terrible sosteniendo el brazo de la ninfa, la huida entre los árboles.
Asopo frunció el ceño aún más, si eso era posible. Con sus brazos hizo formar un remolino alrededor de sus pies, y comenzó a alejarse.
—Descansa esta noche en tu cama, y por ningún motivo salgas —fue lo último que Sísifo alcanzó a escuchar.
Luego que Asopo desapareciera remontando el río en dirección al Olimpo, un águila alzó su vuelo desde un árbol cercano. Era un águila enorme. Sus alas extendidas abarcaban el doble o quizás más que las alas de sus hermanas corrientes. Sísifo adivinó quién sería el dueño de esa mascota. Sabía que el portador de la égida sabría pronto quién lo había delatado con el padre de la ninfa.
Y pese a eso, pese a las desgracias que pudieran venir, de sólo imaginar la sonrisa de Mérope al amanecer, se disipaban las nubes en su frente y caminaba alegre y erguido cruzando el bosque.
Por la ventana escuchó ruidos en el patio, durante la noche. Miró a Mérope, que descansaba a su lado. La frente limpia, como si el mundo se hubiese diluido. Los labios apenas separados, dejando salir el aire que Sísifo se habría bebido. Recorrió con la mirada sus formas dibujadas por las mantas. Escuchó un suave rumor en el patio, un sonido ligero y calmo como el que escuchara en su excursión de la tarde. Sonrió. Posó la mano en la cadera de su esposa y se volvió a dormir.
La mañana los despertó con gritos de júbilo en el patio. Nadie sabía cómo ni de dónde había salido, pero allí estaba. Con sus cinco o seis metros de diámetro, con una columna al centro sobre la que descansaba una pálida reproducción de Mérope que, con una jarra, dejaba caer un abundante chorro que se convertía en música antes de caer en la fuente.
Sísifo tomó la mano de su mujer y la llevó al balcón. En el centro del patio estaba la recompensa de Asopo. Mérope rió. Y el sonido de su risa se confundió con el sonido del agua. El hijo de Eolo supo entonces que la hija de Atlas era feliz. Y que su risa le daba luz al agua, que destellaba en reflejos plateados bajo el sol temprano.
Pasaron días, semanas y algunos meses. En las tardes, al volver de la cacería o de resolver otros asuntos, Sísifo encontraba siempre a Mérope sentada en el borde de la fuente, paseando sus dedos en la superficie del agua, o bien cantando a las aves que se acercaban, o bien peinando sus largos cabellos que brillaban.
Hasta que un día hubo ruido en palacio. Las gentes corrían a esconderse. Sísifo se asomó al patio, se paró frente al portal y vio llegar a un hombre oscuro de manto negro como la más negra noche, como esas noches en soledad en que ni los recuerdos parecen escapar de la negrura. Sabía el rey quien era su visitante. Sabía que la espada que sostenía estaba de más. La guardó, se acercó y saludo con una ligera reverencia.
—¿Qué buscas en mis dominios, oscuro Tánatos?
La muerte levantó un dedo largo y huesudo para apuntar a Sísifo. A ti, contestó. Acusado por el mismísimo padre de los dioses de ser un traidor.
Sísifo miró el dedo.
—¡Qué delgado se te ve! Se nota que no has comido bien, últimamente. Supongo que no tienes prisa. Pasa, come, bebe y descansa un poco antes que emprendamos la marcha.
Tánatos quedó desconcertado. Acostumbrado a recibir quejas y llantos a su llegada, acostumbrado a recibir insultos y reclamos, no sabía qué responder ante la invitación de su próxima víctima.
Pero Sísifo ya caminaba hacia el salón, empujándolo suavemente por el hombro, con la mayor cortesía, mientras conversaba con una sonrisa.
La muerte se sentó frente al rey. Este hizo que trajeran comida y bebida. Al llegar el vino, lo probó y lo devolvió.
—¿Es que no se dan cuenta el honor que tenemos al recibir a este invitado? ¿Quieren hacer quedar mal a todo Corinto frente a Tánatos, sentado en nuestra mesa? ¡Traigan el mejor vino!
Los sirvientes corrieron, alegres de alejarse. Luego volvieron, arrastrando los pies como quien se dirige a un destino que no desea. Llenaron las copas, dejaron la jarra y se alejaron corriendo.
Sísifo hizo un brindis alabando a su visita. La muerte bebió. Hacía tanto tiempo que nadie le ofrecía una copa, hacía tanto tiempo que no probaba el vino, que ya casi había olvidado su sabor.
Bebió entonces, con alegría juvenil mientras el hijo de Eolo hablaba sin parar. Le contó cientos de historias que la muerte ya sabía, le habló de cosas que eran misterio para los hombres, pero no para ella. Preguntó por Mérope, la muerte, pero Sísifo no quiso hablar de ella frente a su invitado. Pidió que volvieran a llenar la jarra. Varias veces. La muerte cabeceaba. Parecía escuchar con la cabeza inclinada, que sólo erguía para volver a llevar la copa a sus labios siempre secos y descarnados.
Sísifo seguía con sus peroratas, dibujando formas en el aire con sus manos. Hasta que la negra muerte cruzó sus brazos sobre la cubierta de la mesa y, apoyando en ellos su cabeza cubierta con el manto oscuro, se durmió.
Sísifo esperó unos minutos. Se bebió una copa, la primera desde la llegada de su invitado y salió rumbo a la herrería. Hizo detener los martillazos del corpulento hombre cubierto con un delantal manchado. Lo hizo tomar los grilletes y las cadenas más fuertes que tuviera y le pidió que lo acompañara, en el más completo silencio.
El herrero, hombre de ánimo fuerte, vio a la muerte dormida. Su estómago quiso salir huyendo, perderse en los bosques cercanos y no volver hasta que el visitante se hubiera alejado. Pero empujó a su voluntad y siguió las instrucciones de su señor.
Cubrieron los tobillos de la muerte con grilletes. Enrollaron cadenas en su pecho. Y allí la dejaron, entre sueños negros y rabiosos.
Sísifo reía. Ahora tendría todos los amaneceres en el balcón con Mérope, escuchando su risa de fuente, mirando el agua saltando como su alegría.
Cuando Tánatos despertó, llamó a gritos a su anfitrión. Sísifo, absorto en la belleza y en la conversación de Mérope, no lo escuchó. Tuvieron que correr a avisarle unos sirvientes, asustados ante los terribles bramidos del visitante.
La furia de la muerte cambió en desesperación al ver que no podía desatarse. La risa de Sísifo aumentaba. Los gritos de furia mudaron a súplicas y ruegos. El hijo de Eolo escuchó imperturbable.
Pasaron días y semanas y algunos meses con la muerte encadenada en el salón de Corinto. Se le dio comida y bebida.
Hasta que Hades llegó al Olimpo, a quejarse con su hermano, el que amontona las nubes. Nadie estaba muriendo en la tierra, nadie llegaba al reino del inframundo. Caronte no tenía pasajeros para su barca y Cancerbero se pasaba los días durmiendo, roncando por sus tres narices y sus tres bocas.
Supo Zeus entonces de las artimañas de Sísifo. Furioso como si los rayos fueran a salir de sus ojos, envío a su hijo Ares a rescatar a la muerte.
Retumbó el Olimpo bajo las sandalias de Ares, negro como la muerte, iluminado sólo por el brillo de su espada que parecía guiarlo y empujarlo a la casa de Corinto.
Mérope lloraba, desconsolada. Sísifo veía la separación eterna y hacía hervir su cabeza en planes e ideas para postergarla.
La espada de Ares cortó las cadenas y grilletes como si fueran de papel. La muerte se levantó. La pareja se abrazó.
Todos en el salón sabían el final antes que Ares lo rugiera. Ahora, la muerte liberada debía llevar a Sísifo a los reinos de Hades. Los esposos se besaron y se abrazaron. Se besaron y se abrazaron como la primera vez en el bosque, bajo las ramas de un árbol cuya imagen recuerdan, pero cuyo nombre han olvidado.
Entonces Sísifo susurró pidiendo a su reina que no hiciera las exequias ni ritos fúnebres. Él no estaba muerto, todavía. Él volvería.
Se vio a la muerte salir de Corinto con Sísifo atado a su lado. Se vio a Ares subir al Olimpo, de regreso a los banquetes que no tienen fin. Se vio a Mérope llorando en el balcón, como si sus ojos fueran la fuente con la que comenzó esta historia.
Largos meses caviló Sísifo en el reino de los muertos. A veces hablaba con Hades y su esposa. A veces hablaba con algún otro hombre cuyo espectro se cruzaba en su camino. Pero siempre había una sola imagen en sus pensamientos. Mérope, bailando y sonriendo junto a la fuente de Corinto. Sus pechos pequeños y levantados, su cuello grácil, su cintura que tantas veces abrazó, sus caderas delgadas y firmes que parecían buscarlo, sus piernas alargadas y torneadas. Sentía, durante los largos días y las largas noches, un cosquilleo en la yema de los dedos, como si la piel de Mérope lo llamara. Sentía, cuando a veces lograba dormir, la voz susurrante de su mujer que le pedía que la abrazara. Todo su día era recordar a Mérope. Toda su noche era soñar a Mérope.
Comenzó a hablar con Perséfone, un día. Comentaron las exequias de algún muerto recién llegado. Así habla el amor de una esposa, dijo la reina del inframundo, así habla el deber de una esposa.
Sísifo, sin mirarla, le dijo que esa sería su última voluntad: ascender una vez más a la tierra de los vivos, sólo una vez, para castigar a su esposa por no haber hecho los rituales, por haberlo enviado al Hades sin una despedida, sin una flor, sin una hoguera. De no haber sido por Tánatos, que no quería volver a verlo y se hizo cargo del pasaje, ni siquiera habría tenido con qué pagar al barquero.
Perséfone, ante la pena dibujada en el rostro de Sísifo, sólo apretaba los labios.
Cada vez que veía a la reina, Sísifo se encargaba de volver a hablar, de alguna manera, de la impiedad de su esposa. Perséfone callaba y pensaba.
En el lecho real, la reina pidió la opinión de su rey. Hades estaba de acuerdo con Sísifo. Una esposa impía debía ser castigada. Si Mérope no había cumplido con los rituales, debía ser castigada. Pero luego se durmió. Perséfone concluyó que su plan era el correcto.
Al día siguiente se acercó a Sísifo. Le entregó un salvoconducto para llegar a la superficie, le dio las indicaciones del camino a seguir.
El rey de Corinto caminó alegre y ligero por todos los caminos. Las cosas monstruosas que vio le parecían ridículas pensando en su reina, a la que volvería a ver, cuya sonrisa bebería una vez más, en cuyos ojos se perdería cada día. Podía sentir, mientras ascendía, el calor de su piel en sus manos, el calor de su abrazo, el calor de su vientre pegado al suyo. Y así llegó a las puertas de su ciudad.
Algunos se alegraron de verlo. Otros se alejaban mirando el cielo, esperando ver algún otro prodigio que anunciara la catástrofe y el fin del mundo.
Pero nada de eso ocurrió.
Todo el pueblo los vio junto a la fuente. Mérope fundida con Sísifo en un abrazo que parecía más fuerte que las cadenas que habían detenido a la muerte, meses atrás.
La reina sonreía, con sus ojos brillantes y húmedos; brillantes y húmedos como corría el agua en la fuente que había sido la felicidad y la desgracia de esa casa.
Cuando Hades se enteró, miró a su esposa con el ceño fruncido. Pero luego la abrazó y le sonrió. ¿Quién podría enojarse con la verde primavera? Esperó pacientemente que Sísifo cumpliera su palabra y regresara a sus dominios.
Pero los días pasaron.
Y mientras Hades esperaba sombrío en su trono, Sísifo y Mérope caminaban por las calles de Corinto, recorrían los bosques alrededor, dormían abrazados en las noches y cumplían con los rituales. No con los rituales de la muerte que el rey había vuelto a castigar. No. Cumplían con los rituales de la vida, que en lugar de incienso tienen el aroma de la piel, que en lugar de plegarias tienen suspiros, que en lugar de cantos tienen gemidos y blasfemias, que en el lugar de velas y hogueras tienen el ardor eterno de los cuerpos.
Así fueron felices Mérope y Sísifo, por largos años.
El pelo cano de Sísifo se apoyaba en el de Mérope, junto a la fuente, al atardecer. El tiempo no había tocado el cuerpo de Mérope, que seguía danzando grácil junto a la fuente. Sólo se veían los años en su pelo, que relucía blanco y liso cayendo sobre sus hombros, como si la estrella que en realidad era, la menor de las Pléyades, comenzara a mostrarse.
Pero el cuerpo de Sísifo sí mostraba el paso de los años, las caminatas por el bosque, las batallas de su juventud, los meses en el inframundo. El cayado ya no lo sostenía. El fin comenzaba a llamarlo.
Mérope lloraba junto a la cama.
— No llores, le pedía el rey. Hemos sido felices, en esta tierra. Nos hemos amado y hemos florecido como la primavera, hemos dado frutos como el verano. Es hora ya que nos alcance el invierno. Cierto que habría sido mejor que la primavera durara para siempre, como se cree que dura la dicha de los dioses inmortales. Pero ¿quién conoce los pesares de sus almas? Celebremos lo vivido, guardemos los recuerdos, bendigamos la vida juntos. Es hora de partir.
Mérope, entre sollozos, besó la frente de Sísifo, besó sus labios acariciando su mejilla.
Le dijo, antes del final, que ya no quería la vida entre los hombres y que volvería junto a sus hermanas a navegar el cielo.
Así fue como, luego de las ceremonias fúnebres, nadie volvió a ver a Mérope sobre la tierra, la hermosa Mérope, la de la sonrisa de fuente, la de ojos como lagos.
Sísifo cruzó el Estigia. Caminó por el inframundo y terminó compareciendo ante Hades. El dios rugía. Llamas negras salían de sus ojos. Insultos, gritos, la rabia formando espuma en la comisura de sus negros labios. Entonces señaló una montaña. Y apuntó a una roca redonda que reposaba en su base. Señaló el castigo, el terrible castigo. El rey de Corinto debía llevar, cada día, la roca hasta la cima. Y, puesto que volvería a caer, debía repetir la tarea siempre, sin detenerse nunca, hasta el fin de los tiempos, hasta que el mundo cambiara su forma, hasta que la montaña se convirtiera en valle, hasta que el Hades se convirtiera en fiesta.
Sísifo caminó hasta su trabajo con pesar. Pero sabía que no había sido en vano. Si esa eternidad arrastrando una roca era el precio por haber vivido y gozado y reído junto a Mérope, volvería a hacerlo tantas veces como fuera posible.
Inclinó su cuerpo. Apoyó las manos y el hombro en la roca, y comenzó a empujar.
Al atardecer llegó a la cumbre, fatigado y cansado. Mientras la roca comenzaba lentamente a descender, se sentó. Suspiró mirando el horizonte.
Entonces vio. Entonces entendió.
Sobre el horizonte, en la noche, vio alzarse en el cielo una línea de siete estrellas. La última, la menor, apenas comenzaba a fulgurar, como si recién estuviese aprendiendo su papel.
Eran las hijas de Pléyone, ninfa de las aguas, y del titán Atlas, que sostiene el mundo entero en sus hombros. La séptima, la menor, parpadeó en el cielo. Sísifo supo que Mérope le sonreía.
Ante el desconcierto de Hades, bajo la sonrisa de Perséfone, cada día Sísifo reemprendía su tarea con una alegría que no se había visto en el inframundo. Empujaba y empujaba, sin pausa, sin detención. Ni el hambre ni la fatiga hacían mella en su sonrisa. Y al final del día, sobre el horizonte, siempre veía una séptima estrella, Mérope, la menor de las Pléyades, que le sonreía desde el cielo.
Entonces dejaba que la piedra descendiera.