El arte de aguantar

Había convertido el aguantar en su arte.
Pedro, el boxeador, alguna vez considerado el púgil más torpe e inútil de la historia, había terminado por convertirse en una leyenda.
Al comienzo, nadie quería medirse con él.
Había intentado, como todos los boxeadores, pelear hasta el agotamiento para ser campeón del mundo en su categoría. Pero un día se aburrió. Estaba en el ring, su oponente caminaba de lado, dibujando círculos a su alrededor, pensando si sería mejor llegar a su rostro por la izquierda o por la derecha. Pedro tenía las manos levantadas a la altura de las mejillas y miraba a su rival por debajo de las cejas, con las rodillas apenas dobladas. Y de pronto, había sentido una especie de cansancio. No de sus miembros, no de sus músculos. Algo parecía haber dicho basta, en un susurro inaudible. Bajó los brazos. El hombre que hacía unos segundos lo estudiaba con detalle, se sorprendió. Miró hacia su esquina, pensando que quizás no había escuchado la campana. Pero no, la pelea continuaba. Se acercó a Pedro y le conectó un gancho izquierdo. Pedro giró la cabeza. En sus ojos, el público parecía un tren que pasaba raudamente en una dirección y luego de vuelta. Volvió a fijar los ojos en su rival. Y este seguía sin comprender.
Pasaron tres asaltos así. El público abucheaba a ratos. Algunos le gritaban que se defendiera. En las pausas, su entrenador le preguntaba qué hacía, si se había vuelto loco. Y Pedro sólo respondía que iba a aguantar.
Cuando el público ya se aburría y su rival se cansaba, la pelea terminó. Pero Pedro no cayó. Ni siquiera se tambaleó. Recibió los golpes como si hubiera decidido hacerle honor a su nombre; como si hubiera decidido ser, aunque sólo fuera por esa noche, su propio nombre.
A partir de ese minuto, nadie quería pelear con él. Pensaban que estaba loco. Los pocos que aceptaban eran novatos cuyos representantes creían que así tendrían un buen entrenamiento. Además, como a nadie le interesaban mucho sus peleas, las ponían como anticipo de los combates que sí atraían al público. Peleas insulsas que servían para rellenar el tiempo en que la gente aún se acomodaba en sus asientos, aprovechaba de comprar algo de comer, hacía las últimas apuestas o iba al baño.
En ese intertanto, con el público yendo y viniendo, Pedro se mantenía de pie, en medio del cuadrilátero, recibiendo golpes de derecha, golpes de izquierda, un gancho, un uppercut, un swing. Todos los recibía. Su cabeza se bamboleaba un poco, pero luego volvía a mirar desafiante a su rival de turno.
Estos, en ocasiones, no sabían qué hacer. Si no hubiera sido boxeo, lo habrían pateado tratando de derribarlo. Alguno quiso, una vez, empujarlo con su cuerpo contra una esquina, para poder golpearlo apoyado en el poste, pensando que así lo podría derribar. Entonces Pedro recordaba que era boxeador y no sólo el mejor recibidor de golpes de la historia, y devolvía los empujones con golpes de sus puños. Sus guantes hacían un sonido sordo contra las mandíbulas del oponente, contra sus pómulos o sus cejas, y entonces entendían que Pedro quería estar al centro del ring y allí recibir las olas de puños que buscaban hacerlo caer. Pero él no caía.
De pronto la gente comenzó a interesarse. Algunos llegaban al estadio más atraídos por Pedro que por la pelea de fondo. Comenzaron a hacerse apuestas. ¿Caería o no caería? ¿Hasta qué round aguantaría?
Siempre perdía, pero siempre perdía por puntos. Y poco a poco su nombre iba convirtiéndose en leyenda.
Pasó de ser Pedro, el peor púgil de la historia, a ser Pedro “La Piedra”, el-que-no-puede-ser-derrotado, el-que-no-puede-ser-noqueado.
Cuando algún rival se cansaba o parecía sentir algo parecido a la lástima, Pedro se encargaba de despertarlo. Cinco o seis golpes. Con la izquierda en las costillas, con la derecha en las mandíbulas. El rival comprendía que no era un juego, que no era un tarado que no supiera pelear, sino simplemente un hombre que quería aguantar.
Aguantar. Resistir. Sobrellevar. Soportar. Tolerar. Faltaban sinónimos para los periodistas que cubrían las peleas. Faltaban palabras para los relatores de sus peleas. Así que apelaban a las metáforas obvias. Jugaban con el supuesto significado de su nombre, piedra. Decían que parecía un acantilado resistiendo las olas. Que los golpes de sus rivales parecían gruesas gotas de lluvia cayendo sobre los muros de un edificio. Pero por muy gruesas que fueran las gotas, el edificio las agradecía como si descansara del verano.
En sus momentos de mayor gloria, hasta los campeones del mundo comenzaron a fijarse en él. Pedro, el peor púgil de la historia, se convirtió en el mayor desafío para todos ellos. Todos querían noquearlo. Todos querían derribarlo. Todos querían verlo tendido en la lona mientras el referee contaba al ritmo de algún corazón desfalleciente. Pero ninguno lo conseguía.
Empezaron a llegar ofertas interesantes. Teatros en Las Vegas. Su representante contaba los billetes con un brillo de delirio en los ojos. Pedro perdía siempre —por puntos— pero comenzaba a amasar una pequeña fortuna.
Y, sin embargo, eso no le importaba. Miraba con desdén las cifras que le mostraba su representante. Miraba con desdén a las mujeres que se le acercaban buscando seducirlo. Miraba con desdén las marcas que querían vender sus productos colgados de la imagen de invencible resistencia.
En cambio, sonreía cuando en el diario aparecía su foto y al lado la palabra “imbatible”. Leía con avidez las crónicas que hablaban de su sobrehumana tolerancia, de su capacidad heroica de aguantar golpe tras golpe.
Y así está, hasta hoy. Parado siempre en medio de un ring. De pie en el centro de un cuadrilátero, con sus puños envueltos en los guantes rojos, al lado de sus muslos, con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a su rival por debajo de las cejas, recibiendo un golpe y luego otro y luego otro más, con una sonrisa que apenas se dibuja en sus labios.

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