Bajo mi casa tiene sus dominios el Rey Rata. En una bifurcación de las tuberías subterráneas tiene instalado su trono. Lo componen trozos de cartón, restos de tela y otros residuos que él y sus súbditos han ido recolectando con el tiempo. Su cetro es un resto de madera a medio tallar que alguna vez dejé tirado en el patio. Dudo que use capa: debe bastarle con su manto de pelos del color de la tierra, pegoteados por las aguas sucias que invaden su reino.
Toda la red de tubos compone su territorio. Debajo de mi casa, en comunicación con la calle y, a través de la calle, las casas de los vecinos. Toda esa vasta red de caminos forma su dominio. Para mí, es como si fuese infinito, puesto que cualquier intento de destruir al maldito monarca nunca surte efecto: traslada temporalmente su trono a otro lugar, sus súbditos huyen como ratas —no puede ser de otra manera — y después de unos días, cuando yo he abandonado mis intentos por destruirlos, vuelven a habitar el subsuelo de mi hogar.
Su pueblo recorre la casa en mi ausencia. Seguramente buscan comida que ha quedado a la vista, migas de pan botadas en el piso, en la orilla de algún mueble, y que yo he olvidado recoger. Se alimentan de esos restos y deben llevar una parte importante también para dar de comer a su señor. Pero aún no se aventuran a recorrer los muebles y abrir los envases de comida que están cerrados.
Como yo he aumentado las precauciones, cada vez encuentran menos comida disponible. Pero los vecinos deben estar alimentándolos, porque pese a la escasez que hay en mi casa, los súbditos del Rey Rata siguen multiplicándose y gozan de buena salud. Lo comprobé hace un tiempo, cuando escuché un ligero e irregular chillido en medio de la noche. Era casi inaudible y, sin embargo, me levanté, recorrí la casa buscando el origen y en la bodega, detrás de unas viejas maletas, cientos de pequeños seres peludos que no eran más grandes que mi meñique, se retorcían en un informe montículo contra la pared, bajo la luz de mi linterna. Su madre no se veía por ningún lado. El Rey Rata tampoco estaba. Con el escobillón y la pala deposité el montículo dentro de una bolsa negra, y salí al patio para echarlos al contenedor de la basura. Aseguré bien la tapa para no escuchar sus chillidos y volví a mi cama. Fue la peor noche en mucho tiempo. Escuché o creí escuchar o imaginé que escuchaba o inventaba en mi cabeza los cien chillidos de esos gusanos cubiertos de pelos, con ojos cerrados y colas que se retorcían como bestias agonizantes.
Por las noches los escucho caminar en el entretecho y ya han perdido todo el pudor. Sus ligeros pasos y el arrastrarse de sus pesados vientres se sienten sobre mi cabeza mientras intento dormir. Trato de adivinar por el sonido si son ratas macho o hembra, si son adultos o pequeñas ratitas. Sin embargo, pese a mis esfuerzos, no he logrado formar un catálogo de sonidos y significados, porque no tengo forma de comprobar si lo que pienso es correcto. Así transcurren mis noches insomnes, esperando en vano oír el más leve indicio que me permita atraparlos en la cocina, con sus pequeñas patitas en mi comida.
Sé que el Rey Rata me odia. Cree que mis muy humanos desechos son insultos que lanzo a las alcantarillas sólo para ofenderlo. Cree que el asco que siento frente a sus súbditos es una muestra de desprecio hacia su inferioridad, considerándolos pequeños animalejos incapaces de razonar. Cree que mis esfuerzos por alejarlos de mi comida es señal inequívoca de mi tacañería, que no desea compartir con ellos la mísera pobreza de la que no logro salir. Cree que haberme desecho de sus cien hijos fue un acto placentero que disfruté como hace años no disfruto.
Por eso sigue juntando mis desechos, para demostrarme que pese a mi soberbia soy pobre, y que todo aquello que yo boto él puede aprovecharlo y convertirlo en parte del decorado de sus salones.
Por eso sigue husmeando por mi casa cuando yo no estoy, y en el entretecho por las noches, para demostrarme que aquello que yo arrojo a la basura desdeñosamente, en realidad para él es fuente de joyas, alhajas y riquezas.
Y con los años, su odio hacia mí, como su gordura, ha ido aumentando. Ya no es capaz de salir de su gran salón, a través de los tubos. Y sin embargo mira hacia arriba con desprecio, imaginándome caminar sobre su cabeza y mascullando insultos inaudibles que hablan del asalto final a mi casa, la que en sus sueños de gran rata café será convertida en la Gran Sede de su Imperio, donde todas las ratas disfrutarán de mis comodidades.
Son esas imágenes en su cabeza lo único que lo hace reír, mostrando sus grandes dientes frontales y haciendo que sus bigotes se agiten al mismo ritmo con el que baila su panza sobre su trono.
Por ese mismo odio obligó a uno de sus súbditos a poetizar. Cuando se encuentra melancólico, o cuando me escucha recitar en voz alta, manda a llamar a su súbdito poeta y lo obliga a declamar versos que para mí no son más que lejanos chillidos que interrumpen mis versos, pero que para sus cortesanos y para las ratas que componen su harem, son obras equiparables a Kavafis o a Rimbaud o a Rilke.
Y así transcurren los días del Rey Rata, alimentados con sus sueños de venganza.
Y así transcurren mis noches, alimentadas sólo con la certeza que un día mi cama se verá rodeada de sus súbditos, mientras él sube a mi pecho para matarme, alimentar con mi cuerpo a su pueblo y luego usurpar mi lugar.