(el nihilismo que vino después)
Así decidió, sin más, ponerse a dormir.
No se echó a dormir y se olvidó del mundo, como un hombre que ha perdido la cordura por la trágica muerte de su familia, por la pérdida sorpresiva de su fortuna o por cualquier otro accidente del destino que le hiciera replantearse su lugar y se lanzara a dormir en los portales de los edificios, por las noches, después que grises oficinistas abandonaban sus escritorios para acariciar a sus hijos, hablar de problemas domésticos con su esposa, ver televisión con una cerveza en la mano y, quizás de vez en cuando, hacer el amor y durante el día recorrer las calles vestido con harapos y recoger latas vacías y otras cosas que intentar vender. No.
Era una vocación. Pero distinto al sentido de llamado que algunos dan a esa palabra, como si una voz celestial, grave, lenta, estremecedora te despertara en la noche, te concediera una misión y entonces tu vida se convirtiera en un destino. Era, en cambio, una vocación en el sentido de ser lo que podías llegar a ser.
No quedaba nada por delante. Salvo, quizás, esperar la muerte. Pero la muerte podía tardar —su reloj nunca funcionaba según las expectativas.
Tal vez, como los señores jubilados, podría haber elegido pintar, quizás dibujar, escribir, aprender a tocar un instrumento. Pero él sabía que no tenía talento para nada de eso.
No podía pintar porque nunca había entendido los colores primarios, menos los complementarios. Nunca había entendido las capas, y tampoco cómo de una enorme mancha naranja aparecía de pronto una joven de piel tersa, vestida con coloridas telas, tendida en una cama, con una áspid mordiéndole el seno, enviándola a la muerte.
Tampoco había entendido nunca que dibujar no es trazar líneas, ni rectas ni curvas, sino solo manchas que se combinan con otras, que se combinan con el fondo blanco, que se funden en un gran marco.
Y menos había entendido las figuras literarias, las perífrasis, hipérboles, las repeticiones, y menos aún la diferencia entre una comparación y una metáfora. No tenía ritmo en sus palabras, escribía como hablaba, puntuaba como hablaba. Y hablaba mal.
Descartó todas las artes.
Descartó, también, los pasatiempos que se dan algunos. No tenía ganas de juntar sellos postales o servilletas o llaveros o entradas a conciertos. Tampoco le interesaban los discos raros, los libros con errores de impresión, las etiquetas de bebidas, artefactos como pipas, teléfonos antiguos, viejas máquinas de escribir, dados de distintas formas tamaños y colores, los rompecabezas de mil o dos mil piezas, la crianza de gatos naranja.
Le sedujo, por un momento, la idea de amontonar objetos que formaran simbólicas disonancias. Una replica de la Venus de Milo junto a una edición de lujo de la Divina Comedia. Una biblia medieval, con sus caracteres hechos a mano, con ilustraciones en los bordes, quizás envenenados, junto al busto de un sátiro. Las obras de Bach en vinilo, en la edición más rara y difícil de encontrar posible junto a un teléfono que reprodujera una única canción de Daddy Yanky en una repetición interminable.
Pero todo eso sonaba demasiado caro y difícil y, sobre todo, requería de un espacio del que su pequeño departamento de dos ambientes no disponía.
Así que optó por lo que mejor sabía hacer: dormir.
Sabía que eso, además, le aportaba una ventaja no pequeña. Una vez puesto el pijama, tienes excusa para cualquier cosa, para cualquiera. Si te invitan a una copa en el bar de moda de la ciudad, puedes decir que te encantaría, pero que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Si te invitan a salir a caminar, recorrer calles que parecen difuminarse en las penumbras de la noche, con luces en las farolas que parecen reventar de una felicidad blanca, dices que no, que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Si te llaman incluso para salvar el mundo, como si hubiera algún mundo para salvar, dices que no, que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Apagas la luz del velador, te das vuelta hacia el lado izquierdo, como si esperaras que alguien te abrazara la espalda y duermes con la conciencia en paz.
Pensó, con cierta tristeza, que no podía olvidarse del mundo. Eso habría lo ideal, lo soñado, lo que hubiera querido —pero ¿quién obtiene lo que sueña, lo que quiere?— Debía trabajar. Había cuentas por pagar, había comida que comprar, había que mantener ese simulacro de vida que llevaba, así que todos los días debía tratar de combinar la necesidad de ser el jefe de finanzas de una pequeña empresa con su arte, dormir. Así que se levantaba a las seis treinta, se metía en la ducha, se vestía, se tomaba un café con unas tostadas, tendía su cama y se iba a la oficina. Había descubierto que, para dormir mejor, se necesitaba de cierto cansancio. Así que en la oficina se movía con frenesí. Si tenía que hablar con alguien para solucionar un problema, recorría los pasillos con pasos acelerados, estirando sus músculos lo más posible, como si cada paso fuera dos. Hablaba. En las reuniones hablaba mucho y gesticulaba mucho. Discutía, se exaltaba. Pero siempre con un cierto desgano. Se paraba y dibujaba en la pizarra. Al final de la tarde, bajaba las escaleras a pie y se iba a su casa.
No quería terminar como el personaje de una película que había visto. Un hombre que, castigado por su pereza, terminaba atado a una cama y cuyos músculos, al cabo de un par de años, no eran más que un mísero puñado de hebras secas, ásperas, duras, y que terminaba por comerse lo que estaba a su alcance. Es decir, sus labios, sus mejillas, de adentro hacia afuera, hasta acabar con su lengua.
No. Él trataba de mantener, durante el día, su cuerpo en movimiento. Para cansarse y para que sus músculos no se convirtieran en madera vieja y seca. Siempre subía por las escaleras, nunca usando el ascensor. Caminaba todas las distancias que el tiempo y el esfuerzo permitían. Y, el resto, dormía.
Llegaba a su casa, comía algo, muy poco. Porque siempre había pensado que debes comer lo que consumes. Y, dado que él consumía poco, entonces comía poco. Luego ordenaba lo que hiciera falta, se fumaba un cigarrillo en el balcón mirando hacia el sur, esperando encontrar una estrella que nunca aparecía, y se iba a dormir.
Los fines de semana eran su pequeña dicha. Dormía sin que el despertador le dijera que eran las seis y treinta. Despertaba y, sin mirar la hora, iba al baño, tomaba agua, orinaba. Luego volvía a la cama y seguía durmiendo. Despertaba dos o tres horas más tarde. Entonces se levantaba, tomaba un café, comía algo, veía unos minutos de televisión, hasta las que noticias le hacían pensar que era mejor seguir durmiendo, y se iba a la cama.
A veces dormía profundamente. Otras veces caía en una duermevela donde veía cosas, personas, escenas. No sabía si eran cosas que fueron, cosas que serán, cosas que nunca podrán llegar a ser, delirios. Creía recordar a alguien que sabía con certeza si las cosas que veía fueron, eran o serán. Pero no estaba seguro. Quizás era otro sueño dentro de alguno de sus sueños.
Luego se levantaba, a la hora que fuera. Se sorprendía que su cuerpo siempre lo despertaba entre la una y las tres de la tarde. Almorzaba algo muy liviano, un atún con verduras o algo así, tomaba una o dos copas de vino, y luego se iba a la cama otra vez.
Dormía. A veces, despertaba. Habría un ojo, con timidez, como un niño que finge estar dormido y levanta un párpado para ver si lo espían, y descubría que aún no había caído la noche. Así que se daba la vuelta, abrazaba las sábanas, y trataba de volver a dormir.
Se levantaba en la oscuridad, tomaba un té, comía un par de galletas, se fumaba otro cigarrillo mirando por el balcón, mirando siempre al sur. A veces, cuando estaba especialmente triste o especialmente animado, se tomaba una o dos copas de vino. Trataba de demorarse lo menos posible en esas tareas. Levantarse, comer, beber.
Y entonces, cada noche, cuando estaba en la cama, cuando sentía que todo se hundía en el silencio, cuando la oscuridad lo rodeaba todo, él podía cerrar los ojos y respirar hondo, suspirar cuatro palabras temiendo que perdieran, poco a poco, su sentido, y luego dormir. Dormir.
Era todo lo que él sabía hacer.
Ese era su arte.