Un día en la vida de Juan Cartes

(parte de La Fiesta Terminó, proyecto inconcluso)

Se levanta arrastrando las piernas para llegar al baño. Se sienta y enciende el primer cigarro del día. Entre el humo y los párpados que apenas levanta, ve borroso, pero a pesar de eso toma el grueso libro que dejó la noche anterior sobre el estanque. “Estoy llegando al final. Hace exactamente un año, en el mes de mayo, se presentó —¿irán a tomar la prueba hoy? ¿y si no voy?— nuestro inquilino para anunciar a mi abuela que debía regresar a Moscú —Moscú… preferiría mil veces tirarme en las arenas de una playa cualquiera, pérdida en las islas griegas… pero para eso hay que ganarse el loto o el kino…— por un año, ya que había resuelto los asuntos que aquí le trajeron. Al oírlo, palidecí y me desplomé como muerta —como muerta, como muerto, como muerto… eso es canibalismo o necrofilia…— en una silla. Mi abuela no se dio cuenta de nada; y él, después de declarar que dejaba la casa libre, saludó y se fue. ¿Cuál debía ser mi actitud? Tras de pensarlo mucho y de sufrir todavía más, acabé por decidirme. Como él se iba…” —mejor ducharse de una vez por todas, piensa. Tira el resto del cigarro en la taza y corre la cortina. Abre la ducha y se saca la polera. Se mete en la tina y siente el chorro de agua caer sobre su cabeza. Se agacha para tomar el frasco del champú y siente mil agujas tibias en su espalda. Se queda así un momento, poniendo champú en su mano y luego echándolo en su cabeza. Cuando tiene bastante espuma se la esparce en las axilas, en la ingle, en todo el cuerpo y comienza a dar vueltas dentro de la tina para que el agua le recorra por todas partes mientras una melodía le da vueltas por la cabeza. Hace días que la tiene ahí, encerrada en su cabeza, y no es capaz de hacerla salir. No puede anotarla, ha intentado desde hace días ponerle una letra para cantar mientras camina hacia el metro, pero no puede. Así que comienza a tararear. Tararán- tararán- tararán- tararán- tararán. Imagina las cuerdas de un bajo —ese que nunca ha tenido— marcando el tararán hasta el infinito, mientras él canta la letra que todavía no es capaz de escribir… “el único error, el que cometí una vez”… no, no calza. Cierra la llave y comienza a secarse, rápido porque siente el frío en la espalda. Se pone la polera con que durmió y se va a su dormitorio. Abre el cajón y saca un par de calzoncillos limpios, calcetines. Abre el closet y saca sus pantalones negros, la camisa gris oscura y, a última hora, decide tomar una camiseta. Se viste y luego va a la cocina. Pone el hervidor, toma su taza negra del mueble que cuelga de la pared y sigue repitiéndose la melodía en la cabeza. “Sin música la vida sería un error”, cita mentalmente y sonríe. Con música la vida es peor, piensa para él. Se prepara un sándwich, se sirve el café y come apoyado en el lavaplatos. Sólo escucha el leve ronquido de su padre en el dormitorio. Daniela. ¿Irá a clases hoy? Si no va, será un día perdido, piensa. Ir a la universidad a dar una prueba que no quiere dar, para la que no ha estudiado ni dos líneas, sólo por verla… sería un día tirado a la basura. Así y todo, da el último sorbo rápido al café y deja la taza para ir a su pieza, tomar su chaqueta, su bolso con libros, su libreta, sus discos, y sale de la casa. Camina al metro con los audífonos puestos, con el volumen al máximo, y canta como si estuviera solo en su dormitorio. “I’ve been waiting for a guide to come and take me by the hand / Could this sensations make me feel the pleasures of a normal man?” Dentro del vagón se calla. Mira a la gente alrededor, siente el olor a pelo mojado en algunas mujeres. Siente el olor a larga noche en otros. Mira a la gente alrededor y sólo ve caras somnolientas. Unos escuchan música, como él. Otros pocos leen. Mueve la cabeza, fuerza los ojos tratando de ver las portadas de los libros. Nada interesante. Imbéciles, piensa, leen mierda como si fuera palabra sagrada. Mira el diario de un anciano que va sentado junto a él. Nada interesante una vez más. Choques, políticos idiotas. Todos los días lo mismo. Todos los días nada. Finalmente se baja y camina con pasos largos a la universidad. Entra en su sala y ve a todos sentados con cara de buenos niños somnolientos que miran al profesor. Se saca los audífonos y se sienta en la primera silla que ve vacía. Tiene que volver a pararse para tomar la hoja que le estira el profesor. “Mierda”, dice moviendo apenas los labios, cuando comienza a leer las preguntas. Al menos escribe el nombre, al principio de la hoja. “Juan Cartes”. “Algún día mi nombre irá ligado a algo grande” recuerda haber leído en algún libro. Pero esa frase no ayuda a contestar las preguntas que lo miran burlonas desde el papel. De a poco, sin embargo, comienza a tener pequeños destellos de lo que ha escuchado hablar en clases. Y comienza a escribir guiándose más por la melodía que aún le da vueltas por la cabeza que por la idea de saber algo. Escribe una hoja. Pide otra al profesor. La llena en un par de minutos. Siente un dolor un poco más arriba de la muñeca por lo rápido que ha escrito. Pide una tercera hoja. Estira los dedos un poco antes de tomar aire y volver a largarse. Cuando termina, cuando ya le parece que habría sido capaz de escribir una vez más la biblia entera, pone “JC” a modo de firma al final de la hoja, se levanta con sus cosas en la mano y le entrega los papeles al profesor. Mientras sale puede ver las caras de sus compañeros que lo miran desde los asientos con algo de sorpresa. En el quiosco que está al medio del patio pide un café. Prende un cigarro. Mira el cielo que está sin ninguna nube, pero siente un escalofrío porque el sol no calienta nada y el edificio parece hecho para conservar el conocimiento a la temperatura más baja posible. Dos suaves golpes en el hombro. Hola, Juan. Mira a Rodrigo y sonríe. No te vi en la sala, le contesta. Se nota que no viste a nadie. Parecías un poseso. Caminan hacia una banca. Se sientan al sol. ¿Qué es de Daniela? Pregunta Rodrigo. No lo sé, contesta Juan Cartes. No la he visto desde la semana pasada. No tengo su número, no sé su dirección. Nada. Rodrigo sólo lo mira y dice “mmm” como si fuera el Dr. Watson atando cabos sueltos. Dame un pucho. Juan Cartes saca su cajetilla y se la pasa junto al encendedor. ¡Qué frío de mierda que hace! dice Rodrigo, y Juan mirando hacia la entrada sólo contesta “la cagó”. Me voy mañana, dice de golpe Rodrigo. Con la Claudia. ¿Me estás hueviando? le pregunta Juan Cartes buscando la broma en su cara. No. Me voy en serio. Mira hacia el fondo del patio, de donde comienzan a aparecer de a uno, como migajas, sus compañeros, y a algunos los saluda a lo lejos con un movimiento de cabeza mientras piensa en el maldito Grial. Yo todavía no entiendo cómo alguien que no cree se larga a buscar el Grial, le dice a Rodrigo. Rodrigo sonríe como siempre, con sus dos mechones colgando encima de la frente, con su enorme nariz un poco arrugada, y mostrando todos los dientes de arriba, incluso un par de colmillos medio vampirezcos que se asoman. Lo que pasa, le dice, es que tú estás pensando en la copa de Jesús, en la última cena y en esas cosas. Yo voy a buscar una piedra. ¿Y de donde mierda sacas tú que esa piedra está de Farellones pa’rriba? A ver… el Grial pasó por muchas manos, hasta que llegó a Saint-Exupery… ¿El del Principito? ¿Conoces a otro? Bueno, cuando Saint-Exupery murió se lo entregó a un amigo que era aviador como él, y que terminó haciendo la ruta de correo entre Argentina y Chile. Hasta que se estrelló en la cordillera. Varios días después, un arriero lo encontró. Con barba, la ropa pa’la cagá, pero sano como una lechuga, sin cara de haber pasado hambre. Ese aviador tenía el Grial y el Grial lo cuidó mientras estaba arriba. Pero el arriero lo encontró sin una miserable mochila. ¿Por qué? Simple, porque dejó el Grial escondido en la cordillera, entre el lugar en que se estrelló el avión y el lugar en que lo encontró el arriero. Y el arriero lo encontró como cinco kilómetros más arriba de Farellones. Yaaa. ¿Y eso está documentado? Si lo estuviera, tendríamos la cordillera llena de huevones buscando como idiotas en cuatro patas. ¿Y entonces? Entonces nada, es una hipótesis interesante. Y hay que ver si es cierta. ¿Y te vas a llevar a la Claudia a la cordillera a caminar entre piedras y comer cactus por una huevada de hipótesis? Rodrigo de nuevo sonríe. No hay nada, dijo, que sirva más para estas cosas que una mujer. Por algo no creo en un mesías célibe. Nadie puede salvar el mundo sin una mujer al lado. Juan Cartes sonríe. Mira a Rodrigo y piensa que está chiflado, y piensa que, aunque se empeñe, aunque lo encadene a la banca donde están sentados, igual partiría a recorrer los cerros con la banca a la rastra. ¿Cuánto tiempo piensas estar allá arriba? Su cara se puso sombría. No creo que vuelva, contestó. Y me alargó un sobre. Si en diez días no vuelvo a aparecer por acá, puedes abrirla. Si he vuelto antes, te la pido de vuelta y la que te espera si la has abierto. Chao. Y Juan Cartes se quedó mirando como Rodrigo se alejaba. Tira el vaso a la basura y ve a Daniela que viene caminando hacia él. Se levanta, camina hasta ella, la toma de la cintura y la besa. ¿Qué le pasa? Tiene carita de pena, dice ella. Rodrigo se va mañana, y creo que no va a volver, le contestó metiéndose el sobre en el bolsillo de la chaqueta.

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