Contra el silencio

Me gustaba el silencio. Me gustaba esa ausencia que, paradójicamente, parecía llenarlo todo.

Quizás por eso llevaba tantos años viviendo solo. Quizás por eso salía tan poco. Quizás por eso había personas que se preocupaban.

Mi hermano, por ejemplo. A veces me invitaba a almorzar a su casa, con su mujer, sus hijos y los dos perros pequeños que tenía. Unas máquinas de chillidos agudos que parecían quedar resonando en los oídos. Siempre buscaba alguna excusa para no ir. Entonces la llamada, que yo pensaba debía llegar hasta ahí, se extendía. Me empezaba a preguntar qué había hecho últimamente. Y mi respuesta siempre era la misma. Aparte de trabajar, no mucho. Los sábados por la mañana, a veces también el domingo, salía a caminar. No me molestaba el sonido monocorde de la ciudad y del tráfico. Era tan soso que podía ignorarse. Excepto cuando pasaban esos idiotas en sus motos, deslizándose sobre el estruendo de sus tubos de escape. Pero lo peor eran los carros de bomberos. Se escuchaban desde lejos, y el sonido persistía cuando ya se habían distanciado bastante. Por lo general, volvía a la casa cuando veía que la gente comenzaba a llegar al parque, especialmente familias con perros y niños. Cuando mi hermano escuchaba que no hacía nada aparte de trabajar, preguntaba incrédulo si no se me ocurría salir a tomar algo, irme unos días a la playa… en fin, hacer algo “entretenido”. Siempre la respuesta era no.

¿Para qué? Salir a tomar algo, a un bar, era internarse en un torbellino de voces y risas y música; zambullirse en un pozo donde cada palabra que se pronunciaba rebotaba contra las paredes del mismo pozo y seguía resonando por mucho rato. En todo caso, lo intenté. Fui a un bar, algunas noches. Me sentaba en la barra y pedía una cerveza o algo así como gin o vodka con cualquier cosa. Desde mi asiento veía parejas en las mesas. Eran mis favoritas. Especialmente aquellas que se notaba que estaban en una de sus primeras citas. Hablaban entre susurros y sonrisas. Pequeñas coqueterías. Suaves caricias al pasar, apenas unos roces de sus dedos. Parecían hablar más con los movimientos de sus bocas, sus gestos, sus miradas. En cambio las familias eran terribles. Generalmente los padres desentendidos, esperando su trago o lo que habían pedido de comer. Los niños tratando de armar un pequeño desastre. Y las madres, agobiadas, mirando en todas direcciones, por si alguien había notado ese descalabro. “Quédate quieto”, “endereza la espalda”, “deja ese teléfono, por dios”. No se veían personas solas. Ni hombres ni mujeres. Y cuando llegaba a ocurrir, era porque estaban esperando a alguien. Entonces las caras de hastío cambiaban y se convertían en risas y cacareos. Quizás por eso un día el barman me preguntó si esperaba yo también a alguien. No. Ah, anda solo. Afirmé con la cabeza. Bueno, si está esperando a las niñas que vienen por acá, le puedo presentar a un par que son bastante amorosas. Me guiñó un ojo con algo que trataba de parecer complicidad. En ese momento decidí que era preferible beber en casa.

Ir a la playa. Sí, podría haber sido interesante. Pero tendría que ser una playa desierta, donde sólo se escuchara el ir y venir de las olas, el sonido de la espuma lamiendo la arena, salpicando sus pequeñas gotas saladas, el sonido del agua recogiéndose, tomando impulso para un nuevo bramido grave y delicado. Como si fuera un reflejo del tiempo que avanza y luego retrocede y luego retorna, un reflejo de las cosas que fueron y que volverán a ser. Pero en un planeta con más de siete mil millones de personas, imagino que es casi imposible encontrar una playa así.

Mi hermano terminaba con una risa forzada para hacer su pregunta al pasar, como si fuera una broma. Le gustaba hacer eso cuando los temas eran complicados o cuando no tenía las bolas para preguntar de frente algo difícil. Lo decía como si fuera una broma. ¡Capaz que tengas depresión! Exclamaba entre risitas. Sí, probablemente, le respondía, imitando sus risas. Luego colgábamos.

No, creo que no se trataba de depresión. Era solamente mi gusto por el silencio.

Quizás por eso siempre quise aprender a bucear, aunque nunca lo intenté. De niño, cuando iba a la piscina, me gustaba hundirme en el agua y quedarme abajo tanto tiempo como soportara. Cuando me regalaron mi primer reloj sumergible, me entretenía midiendo el tiempo y tratando siempre de aumentar mi registro. Un minuto cincuenta segundos, fue una de las primeras mediciones. Luego de practicar un poco, llegué a rozar los dos minutos. Si mi memoria no falla lo máximo que logré fueron dos minutos con quince segundos. Pero más allá de los segundos, lo que me gustaba era esa sensación de falta de sonido. Los pocos que llegaban lo hacían amortiguados. No entendía cómo alguien no había inventado ya unos tapones o algo parecido que imitara ese efecto, que fueran como una pared de agua que provocara que los sonidos apenas te toquen, que no te empujen con la fuerza que siempre lo hacen, sino que apenas te rozaran, como una caricia hecha al pasar, como una mirada al atardecer, como los besos que imagino me manda la mujer que habita la luna, cuando la miro borracho desde el balcón.

Tal vez sólo se trataba de eso. De sentir que los sonidos te empujan. Como cuando alguien gritaba cerca de mí, su voz, su grito, se proyectaba desde su boca hasta mi cabeza haciéndola inclinarse para esquivar el golpe. Pero el golpe siempre llegaba. O tal vez sólo estoy confundiendo la causa con el efecto, y esa imagen de los sonidos que golpean me la inventé después, cuando las estridencias y esas destemplanzas ya me molestaban. Tal vez.

Debe ser esa una de las causas por las que soporte ir aún, todos los días, a la oficina. No me gusta la ubicación. No me gusta la gente con la que trabajo. Me entretiene lo que hago, pero sólo llega a eso. No siento la pasión que sentía cuando llegué allí y pensaba que, si movíamos algunas palancas, las cosas serían distintas y algo cambiaría. Sí, lo intenté unos pocos años. Luego me di cuenta que era imposible. Que las palabras eran sólo palabras. Que las declaraciones de los dueños eran sólo un intento de quedar bien con los que llenábamos sus bolsillos. Me comencé a encerrar en mi oficina, que estaba en otro piso, al final de un pasillo. Al comienzo, cuando me la asignaron, todos bromeaban con que era un castigo. Quedaba lejos de todo, lejos de todos. Pronto noté que era una bendición. Casi nunca entraba nadie. Casi nunca llegaba alguien a contarme lo que había hecho el fin de semana o a preguntar en qué había estado yo. Apenas me cruzaba con alguien cuando iba al baño o a la impresora a buscar un papel. Además, evitaba las llamadas. No contestaba, y luego enviaba un mensaje preguntando qué ocurría. Trasladaba la conversación de los sonidos a las letras.

Eso hacía también cuando estaba con ella, pero no podíamos vernos. No hablábamos por teléfono en el día, casi nunca. Comenzaba sus clases a las 8 y continuaba hasta las 6. Con intervalos de diez o quince minutos entre cada una. Como en esos espacios tenía que cambiar de sala, revisar cosas, buscar papeles, evitaba molestarla. Entonces le escribía cartas. Cartas de una o dos páginas. Le contaba lo que había pasado por mi cabeza desde la última vez que nos habíamos visto o desde la última vez que nos habíamos escrito. O le comentaba algo que había leído por ahí, alguna novela o un ensayo. O le hablaba de cómo escuchaba palpitar el mundo. Antes, y ahora que estaba con ella. Cuando no había mucho trabajo, podían ser dos o tres cartas en el mismo día.

A veces ella no respondía. Era obvio. No podía ponerse a contestar cartas en medio de una clase. Otras veces respondía con cinco frases. Pero esas cinco frases eran suficientes. Porque siempre tuvo el talento de resumir en cinco frases lo que yo decía en dos páginas, y me bastaban para saber que estaba escuchando los mismos latidos que yo. Otras veces contestaba con cartas más largas que las mías y entonces para mí era una embriaguez que repasaba desde la primera a la última letra, leyendo en silencio pero moviendo los labios, como si fuera un monje de rodillas en un monasterio, bajo la mirada de una divinidad que observaba sonriendo desde el techo.

Era agradable el silencio. Pero no el silencio impuesto, sino el silencio cotidiano. Ese silencio de la vida diaria, roto apenas por el sonido amortiguado de un corcho al salir de la botella o el ligero despegarse de la puerta del refrigerador al abrirla. O el imperceptible sonido de mis propios pasos por el pasillo. Recuerdo que a los doce o trece años tenía un amigo. Vivía a unas calles de mi casa. Nuestros padres se conocían, se saludaban al pasar y a veces se detenían a conversar. Yo era compañero de curso de su hermana, unos dos años menor que él. Por todo eso nos conocimos. Pasábamos algunas tardes en su casa, o en la mía. Así nos hicimos amigos, aunque algunas cosas no encajaban muy bien. A él le gustaban las películas de acción, con peleas y golpes de karate. Yo prefería las de ciencia ficción, con viajes espaciales o humanos viviendo lo que sería el sueño o la pesadilla por venir. Y como le gustaba el karate, estaba inscrito en unas clases en su colegio. Aprendía algunos movimientos que luego trataba de enseñarme. Yo lo escuchaba y lo miraba sin mucho interés por seguirlo. Un día su profesor le habló de la habilidad de ciertas personas para esconderse y caminar sin ser escuchados. Y le enseñó ciertos trucos. Eso sí me interesó. Lo escuché como nunca. Lo observé y lo imité. Y de una manera extraña, esos gestos se hicieron parte de mí. Apoyar el pie suavemente, distribuyendo el peso del cuerpo hacia la pierna que ya estaba firme, dejando que la pierna que va camino al piso esté lo más liviana posible. Apoyar en seguida la planta por partes, suavemente, como si se estuviera tanteando el piso, detectando posibles crujidos. Primero el borde externo de la planta, luego el resto. Y desde el talón hacia la punta, no al revés como hace todo el mundo cuando trata de caminar sin hacer ruido, porque lo aprendieron viendo dibujos animados. En un piso de cemento, de cerámica, de adoquines, funciona fácilmente. En mi casa, que tenía el piso de madera, era más difícil. Así que allí me entrenaba. Cuando estaba solo iba desde la cocina hasta mi dormitorio, atravesando el comedor, tratando de no hacer el más ligero ruido. Levantar la pierna izquierda, mover el peso del cuerpo hacia la pierna derecha, dejando la izquierda lo más liviana posible. Apoyar el pie izquierdo, con cuidado, sin despertar al espíritu que dormía entre las tablas y que, por tener el sueño liviano, al primer movimiento descuidado se agitaba en su sueño con crujideras y ligeros temblores. ¿Cuánto duró ese payaseo? Unos cuantos meses, creo. Luego dejé de encontrarle sentido, o me olvidé, o quizás con mi amigo nos dedicamos a otras cosas. Por esa época apareció la música. Tratar de aprender guitarra, tratar de aprender a tocar canciones que despertaran los brillos en los ojos de alguna chica que nos gustaba. Pero quizás de tanto practicar esos movimientos se quedaron en mí. Podía, cuando quería, caminar casi sin hacer ruido, a veces incluso sin darme cuenta. Ella tampoco hacía ruido al caminar. Podía dejarla en el sillón, sentada con un libro en la mano, para irme a la cocina a preparar algo de comer. Y de pronto tenerla atrás de mí, apoyada en la pared, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, mirándome debajo de sus cejas y con una sonrisa que apenas disimulaba la forma en que se mordía el labio.

La primera vez que salimos juntos, sin embargo, no caminamos. Nos subimos a mi auto y manejé. Ella me miraba, desde su asiento. Yo trataba de mirarla al mismo tiempo que miraba los autos adelante, los autos a los lados, los autos atrás. Hablamos muy poco. Y sin embargo, yo sentía que de sus ojos, de sus labios sonrientes, salían hilos o cables o cadenas que buscaban a los que salían de mí y se enredaban y formaban algo que no se podía ver, pero que ahí estaba. Yo manejaba. Por mirar sus ojos, no vi que el auto de adelante se había movido. El auto de la derecha comenzó a meterse en mi fila. Cuando quise avanzar alcancé a verlo de reojo y tuve que frenar en seco. Supongo que otro en mi lugar habría hundido la mano, o ambas, en la bocina, hasta que el mundo se cayera a pedazos. Yo sólo lo apunté con la mano, como preguntándole a ella o a un testigo invisible si podía creer eso. Ella se asustó un poco. Tendió sus manos hacia adelante, apoyándose en el tablero. Pero luego volvió a acomodarse y siguió mirándome, en silencio, con la misma sonrisa que tenía minutos atrás.

Días después vino por primera vez a mi casa. Me preguntó si podía poner un poco de música. Sí, claro, le contesté. Y sin embargo sentí una pequeña desazón. Imaginé sonidos extraños llenando la casa, ahogando cualquier asomo de conversación. Pero en cambio ella puso algo que apenas eran unos acordes, unas notas de piano, una cuerda, quizás un bajo, que casi no movía el aire alrededor, y que en lugar de expandirse empujando todo a su paso apenas parecía moverse, como una pluma flotando en el vacío. Me gustó. Desde ese momento, esa música se convirtió en el trasfondo de nuestras reuniones. Podíamos hablar largo rato, contarnos historias de infancia, disparates de juventud. Pero en algún momento nuestras miradas se cruzaban. Ambos callábamos. La historia ya estaba ahí, instalada entre nosotros, y cada uno parecía creer que el otro había entendido exactamente lo que tenía que entender.

Entonces sólo quedaba el silencio.

El silencio y nuestras miradas.

El silencio y esos acordes livianos que apenas rozaban nuestra piel, como una caricia que casi sin tocar te despierta de un largo sueño.

Me gustaba el silencio.

Me gustaba el silencio, pero ya no.

Ahora prefiero el estruendo. Ahora manejo con los vidrios arriba y la radio al máximo volumen. Canciones rabiosas. Canciones con voces que en cualquier momento se convertirán en aullidos o ladridos o bramidos de toros en medio de la plaza, hipnotizados por un paño rojo que los llama a pelear hasta caer rendidos, con espuma espesa escurriendo de la boca abierta, con sangre corriendo de las heridas abiertas.

Ahora la casa se ha llenado de sonidos. Guitarras con acordes punzantes y agudos. Bajos que parecen reventar los parlantes, y que se quedan en las paredes como si estuvieran vibrando. Con baterías que marcan un ritmo que más se parece al frenesí. O a una carrera en que alguien huye y otro la persigue, despiadadamente, sin tregua, sin pausa.

Ahora busco los momentos en que los parques estén más llenos. Con niños que saltan entre risas sobre una cama elástica, con madres que gritan advertencias o llamadas para volver a casa, con los navegantes de tubos de escape, con carros de bomberos y sus sirenas que me llaman, que me invitan, que me dicen que las ame a ellas, porque el silencio ya no volverá.

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