Discursos sobre el tiempo – 2

Miró su reloj. La una con cuatro minutos. Le quedaban todavía casi siete horas de turno. Decidió tomar un poco de aire. Salió de la urgencia, recorrió la sala de espera, donde la madre de un niño que parecía desfallecer le miró con los ojos duros y los labios crispados, y llegó a la puerta. Caminó hasta la terraza de la cafetería, que a esa hora estaba cerrada, y quiso encender un cigarrillo. Lamentó haber dejado el hábito hacía ya tantos años. Hacía bien, pensó, huir de entre las camillas, los pitidos cansinos de las máquinas, gente que corría con objetos cuyo nombre él conocía desde demasiado tiempo, o gente que apenas podía levantar un pie del suelo para ponerlo delante del otro, las lágrimas de algún acompañante, las admoniciones de algún padre, y dejar que el humo se elevara de su boca hacia el cielo, como si con él se fuera el cansancio, el hartazgo, todas las horas entregadas entre esas paredes hostiles.

Sintió que algo parecido a un peso insoportable le aplastaba los hombros haciendo que sus brazos colgaran inertes junto a su torso, mientras sus piernas se sentían desconectadas, sordas a cualquier orden que quisiera darles.

Vio su reflejo en la ventana de la cafetería y pensó que era la imagen de un soldado derrotado. Mejor entregarse al enemigo. Al menos ellos le darían algo de comer y un rincón donde tumbarse a descansar. Aunque luego lo torturaran. Aunque luego jugaran con su cuerpo para conocer secretos que él no poseía.

Miró su reloj. La una con seis minutos.

El reloj. Concentró todo su cansancio y su desprecio en el reloj. Las agujas metálicas, la esfera que dejaba ver parte del mecanismo. Le pareció un insecto de metal que se alimentaba de él, de su vida, y que crecería sin parar hasta devorarlo por completo.

Era por ese reloj que su vida estaba como estaba, donde estaba. Se levantaba en las mañanas porque era la hora de levantarse. Dejaba la bata y tomaba las llaves de su auto para ir a casa porque era la hora de hacerlo. Comía porque era hora de comer. Descorchaba una botella y se servía una copa porque en una hora más sería la hora de dormir. El guion de sus días y sus noches lo dictaba su reloj.

Lo sacó de su muñeca, lo miró por última vez, recordó su alegría cuando lo recibió como regalo y lo arrojó con no mucha rabia a los matorrales cercanos. Ni de eso era capaz ya.

Entonces se dio cuenta de que no sólo eran las horas. También eran los días de la semana y las fechas. Día por medio, regar las plantas. Sábado, lavar la ropa y llevar a lavar el auto. Domingo, salir a caminar, comer en una terraza con un pisco sour, planchar las camisas, ver una película. Lunes a viernes, trabajar. El día 15 pagar los gastos comunes de su departamento. El día 5 pagar las cuentas del teléfono, la luz, el gas, el agua. El día de pagar impuestos, el día de ir al dentista, el día del supermercado, el día del… menos mal que no tenía pareja, sino quizás habrían consensuado, también, un día para el sexo.

Le habría encantado que fuera igual el 5 de octubre al 28 de marzo. O el 19 de abril al 16 de septiembre.

Pero para que fuera igual, para que diera lo mismo el calendario y el reloj, la agenda de la semana y la planificación del mes, tendría que dejar de vivir en su departamento, dejar el teléfono, olvidarse de las plantas, nunca más encender la luz del pasillo ni el tocadiscos, nunca más tomar un libro que fuera suyo, nunca más sentarse en una terraza ante un vaso lleno de jarabe de pisco y limón con una costra de espuma.

Miró al piso. Vio sus zapatos, el pantalón y la polera del uniforme de la urgencia. Miró su corte de pelo en el reflejo de la ventana. Su cara recién afeitada.

Habría querido verse distinto. Quizás unas zapatillas viejas, una de ellas sin cordones. Unos jeans gastados, con manchas de suciedad y aceite. Una camisa de un color indescifrable bajo una chaqueta de bolsillos rotos y solapa rasgada. Una barba de meses, de años. Una melena mezcla de café oscuro y líneas blancas, con un aire de animal salvaje acorralado.

Entonces comenzó a caminar.

Sentía una curiosa levedad. Inútil, innecesario, prescindible. Una libertad hecha de puro azar, hecha de una historia desconocida incluso para él y un futuro indecible incluso para las Moiras.

Y así caminó.

Por calles oscuras en medio de la noche. Atravesando un silencio apenas interrumpido, a ratos, por el suave deslizarse de un auto sobre el pavimento.

Ante un basurero se detuvo. Sentía hambre. Hurgó entre los restos y no encontró nada. Excepto un lápiz. Un lápiz rojo, con el nombre de alguna empresa y un botón en el extremo que hacía aparecer y desaparecer la punta. Lo probó en su mano y vio una línea de tinta imponiéndose a las manchas oscuras, a las costras, al borde negro de las uñas. Con una sonrisa lo guardó en su bolsillo y siguió caminando.

Encontró a un hombre que dejaba en la vereda bolsas de basura. Miró y entendió que había salido de un restorán ya cerrado. Esperó que el hombre se alejara y abrió una de las bolsas. Un vaso de cartón con restos de bebida, o quizás el agua del hielo derretido. Lo dejó a un lado. Siguió buscando. La mitad de un sándwich, un resto de carne y le pareció que eso era suficiente. Se sentó en la vereda, comió, bebió. Se levantó y volvió a caminar.

Llegó hasta los lindes del parque y vio el portal cerrado de una universidad. Le pareció un buen lugar. Se tendió bajo el arco de cemento y se acomodó para dormir. Tenía ganas de dormir, como si su cansancio no se pudiera medir.

Recién comido, recién bebido, tendido allí, sintiendo el aire fresco y verde de los árboles y el rumor de la brisa en las hojas, sintió una especie de satisfacción en todos sus músculos, en sus pulmones, en sus ojos. Una sonrisa parecía dibujada bajo la barba.

Había dormido muy poco cuando escuchó el alboroto. Cinco o seis jóvenes caminaban por el parque, con botellas de cerveza en las manos. Los escuchó reír, celebrar con gritos de júbilo dios sabría qué. Uno de los muchachos se detuvo a mirarlo. Entre gritos llamó a los otros. No entendía bien lo que se decían entre ellos, parados a su alrededor, como ángeles que guardaran su lecho rezando letanías en un idioma ya extinto.

Pero cuando sintió la primera patada en sus costillas pensó que los ángeles eran negros, ángeles de caos y muerte.

 Sus oídos, zumbando como abejas en primavera, no lograban distinguir los insultos, los discursos, las risotadas. Apenas percibieron las zancadas apresuradas que se alejaban. Entonces pudo dormir un poco más.

Vio una luz mientras sentía su cuerpo sostenido en vilo por cuatro o seis manos. Vio destellos rojos y amarillos y un ulular de extraño animal en celo. Vio un tren de luces sobre su cara, avanzando desde su cabeza a sus pies. Vio un foco enceguecedor sobre sus ojos que apenas podía abrir. Suspiró. Se durmió otra vez.

El médico lo encontró cuando volvía de un descanso que le pareció demasiado breve. Vio ese montón de harapos cubiertos de sangre, la barba y el pelo pegoteados con una brea oscura y brillante. Pidió ayuda para desnudarlo.

Preguntó a una enfermera si podía afeitarlo y rasurarlo para poder examinar su cara, su cuello, su cráneo.

Mientras escuchaba el sonido de la afeitadora, mientras veía de reojo las matas de pelo encanecido que caían al piso pareciendo querer demorarse, examinó el resto del cuerpo. Cortes por todos lados, moretones entre las manchas de mugre, evidentes fracturas en los brazos y en las piernas. Como si un dios adolescente y rabioso se hubiese descargado sobre el vagabundo. Al escuchar la afeitadora detenerse, al escuchar a la enfermera decir “listo, doctor”, se volvió para examinar la cabeza.

Cuando vio las facciones se detuvo.

Cuando vio las facciones que la ventana de la cafetería le había mostrado apenas unos minutos atrás, entendió que no había forma de salvar a ese hombre.

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