Barba

Sonrió cuando miró su reloj. Le alegraba llegar diez minutos antes de la hora acordada. Porque a ella le molestaba la impuntualidad. Y a él le molestaba que ella se molestara.

Y, sin embargo, allí la vio, sentada en una mesa contemplando la cajetilla de cigarros que acababa de sacar de la cartera, como si no lograra decidirse entre fumar ahora o esperarlo a él.

Se sentó en la silla frente a ella, sonriéndole. Ella lo miró con una calma que él no sentía.

Sus cejas quisieron juntarse. Quizás a comentar lo que sus ojos veían. Inclinó un poco la cabeza hacia un lado. Después de una pausa, hacia el otro.

—Te afeitaste.

Por fin, pensó él, alguien que no lo pregunta. El día anterior, en la oficina, todos quienes se lo cruzaron en el pasillo le preguntaban, con asombro, con extrañeza, “¿te afeitaste?”. Y él, en más de una ocasión, quiso contestar con sarcasmo que no, que eran seguramente alucinaciones o delirios, que el aire viciado de esa oficina que es sólo vidrio sin ventanas de verdad, les tenía el juicio perturbado, pero que él si sentía su barba, la había visto en la mañana en el espejo, la había sentido en el viaje mientras sostenía su barbilla, leyendo a la luz de la mañana. Pero se había contenido. Sólo había contestado con una sonrisa y una ligera afirmación con la cabeza.

—Sí, me afeité.

Habría querido preguntarle, además, si le gustaba más así o le gustaba más antes, con los duros vellos cubriéndole el espacio entre la boca y la nariz, el mentón y, a veces, también las mejillas bajas. Pero era mejor darle tiempo, que se acostumbrara.

—Es raro.

No había ninguna expresión en su cara. No parecía agradarle ni molestarle. O estaba en otro lugar, quizás.

—¿Pediste algo ya? ¿Tienes hambre?

—No, no he pedido nada. Llegué dos minutos antes que tú —y luego insistió —Es raro.

Él sonrió. Ahora le parecía curioso sonreírle así, con sus dos labios a la vista, mostrando las líneas que se formaban en la comisura de su boca.

—¿Qué es lo raro?

Hizo un gesto vago con la mano. Luego tomó la cajetilla, sacó un cigarrillo y lo puso en su boca. Él metió la mano en el bolsillo derecho, donde siempre llevaba el encendedor y estiró el brazo por encima de la mesa.

—No te preocupes —le contestó con el cigarro cimbrándose arriba y abajo. Le mostró su encendedor. —Gracias.

Él sacó también sus cigarrillos y encendió uno. Como si no quisiera que el gesto de sacar el encendedor del bolsillo hubiera sido en vano.

—¿Qué es lo raro?

—Es que te conocí con barba y bigote. Son varios años viéndote así. Es raro ver tu cara desnuda, ahora. Me había acostumbrado, supongo.

Entonces no le gusta, pensó.

—Pero si tú misma te quejabas a veces de los pinchazos de mi bigote o de algún pelo que había ido a parar a tu boca —lo dijo entre risas, como si fuera algo sin importancia. Porque así lo veía él: algo sin importancia.

—Sí, me quejó siempre. Del hambre, del frío, del calor. De tu bigote, también. ¿En qué estabas pensando?

—En nada muy profundo. Pensé que casi treinta años eran suficientes. Recordé por qué me había dejado la barba y pensé en cómo me habría visto todos estos años con la cara que tenía de joven. Así que me afeité. No es gran cosa.

Recordaba ahora las exclamaciones en el pasillo de la oficina. ¡Qué raro te ves! ¡Casi no te reconozco! ¡Es extraño! Opiniones que no había pedido, que no le importaban, pero que había tenido que escuchar todo el día, además de las bromas sobre el compañero nuevo, el alumno en práctica, que quizás quería apuntar al “mercado” de las menores de treinta. Bromas que no devolvía porque sentía que no eran para él. Pero todas volvían a lo mismo. Pareciera que no eres tú.

—Pareciera que, en cierto modo, no eres tú.

Le molestó escuchar en ella esas palabras.

—¡Pero sí sigo siendo yo!

—Sí, pero ahora no voy a sentir tus pelos hirsutos cuando te acaricie la cara —tenía una sonrisa, sí, pero sus ojos y sus cejas la contradecían. Era una sonrisa triste.

Tomó la carta y se puso a elegir lo que quería beber.

Él hizo lo mismo.

Lo hacía sólo para no mirarla: hacía rato que había decidido que tomaría una cerveza.

Pensaba, mientras recorría nombres de cocteles que jamás probaría, que él prefería como estaba ahora. Alguna vez, hacía muchos años, antes de conocerla, estando en una fiesta con algunas personas disfrazadas, había visto a una mujer vestida de hombre. Chaqueta, corbata, el pelo pegado al cráneo y, por supuesto, una barba falsa. La barba es un disfraz, pensó al ver a la mujer. Y sospechó si él no se estaría disfrazando, si no se estaría escondiendo detrás de esa capa de pelo. Pero luego esos pensamientos se habían perdido en el ajetreo de los días y los años, y luego en el ardor del amor, y luego los olvidó.

Pero, un par de noches atrás, solo en su casa frente al espejo del baño, volvió a aparecer la idea. Pensó entonces que él no tenía nada que esconder. Y, después de todo, no estaría mal cambiar después de tantos años. Mientras buscaba la máquina de afeitar bajo el lavamanos, pensaba en todos los comentarios y las bromas que recibiría en el trabajo. Había escuchado, en su momento, las bromas y comentarios pesados entre los hombres ante un nuevo peinado de algún compañero. Eran implacables. Atribuían el cambio a las razones más insólitas y luego venían unos pocos días donde las mismas bromas se repetían sin cansancio. Pensó en ella. A ella le gustaría. A ella le gustaría ese nuevo él, con su cara limpia, aunque mostrara las viejas cicatrices de una adolescencia llena de acné. Ella sí le acariciaría ahora su mentón despejado, sin púas, sin sentir esas cerdas que parecían raspar sus manos suaves. Echó a andar la afeitadora y mientras miraba su trabajo en el espejo, veía de reojo caer los copos oscuros al lavamanos.

Pero a ella no le había gustado. A sus amigos tampoco.

Todos parecían echar de menos los pelos, aunque estuvieran clareando ya de canas.

Todos, menos él.

Pidieron el almuerzo. Conversaron un rato con los platos vacíos entre ellos. Pagaron y se pusieron a caminar. En una esquina, esperando el semáforo en rojo, ella le tomó la cara, la acarició y le dio un suave beso en los labios. Pero se separó de él con un temblor, como si una corriente de aire helado le hubiera besado la espalda.

—Me quiero ir a mi casa —le dijo cuando pasaron fuera de una estación de metro.

—Te acompaño y después me devuelvo a mi casa.

—No te preocupes, no me va a pasar nada. Estoy un poco cansada. No soy buena compañía ahora.

Se estiró, le dio un beso en los labios, tan breve que él no alcanzó a atrapar su cintura, y se alejó por las escaleras. Él vio la gracia de siempre en los pequeños saltitos que daba entre peldaños, tan pequeños que casi no se veían.

Caminó de regreso a su casa. En el camino, ante las vitrinas, se miraba. Sí, pensó, es raro. Hasta a mí me cuesta reconocerme.

En cada vitrina, el mismo pensamiento.

Llegó a su casa. El gato naranja salió a recibirlo. Pero, como todos los demás, pareció no reconocerlo.

Se quitó la ropa, fue al baño, y mientras se lavaba los dientes se miró en el espejo. Soy yo. O quizás no. O sí. Tal vez un poco menos yo. Tal vez un poco más.

Era confuso. Cuando se metió en la cama y apagó la luz, pensó que quizás en una semana el problema estaría resuelto. Tal vez, en dos.

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