Incipit

[Hace muchos años, tantos que ya no recuerdo, dibujé un castillo al amanecer, sobre un peñasco de zarzas y rocas. Cuando terminé el bosquejo, imaginé a una especie de monje o brujo que saltaba desde las altas almenas para probar que su pócima para la inmortalidad funcionaba. Entonces imaginé una historia para la cual escribí esta introducción y proyecté una novela que luego me pareció un plagio descarado de una novela que había leído en la juventud y que anoche, por caminos misteriosos recorridos por mis hijas, llegó a mí]

1
Luego de apagar el hornillo me quedé mirando el hirviente azul que poco a poco iba perdiendo su agitación para pasar a un verde oscuro. O al menos eso pensaba yo en las penumbras de mi estudio. Esperé con una paciencia inventada a que el contenido de la marmita se enfriara y luego lo traspasé a una pequeña botella. Antes de poner el tapón busqué entre papeles y lienzos cubiertos de fórmulas y símbolos el gotario, lo llené y guardé la botella en un discreto cajón tras el estante. Fui a la sala adyacente, sosteniendo la vela que a cada momento amenazaba apagarse. En la oscuridad, los animales embalsamados, los restos de esqueletos, las calaveras de pequeñas bestias que recordaba haber limpiado yo mismo me miraban con expresiones lastimeras y siniestras. En el rincón estaba la jaula de las ratas. Cinco o seis se hacían compañía, moviéndose en silencio en el poco espacio de que disponían, agitando sus narices y sus bigotes al percibir mi presencia. Tomé una jaula pequeña que estaba vacía y dejé la vela en el piso, junto a la jaula grande. Me arrodillé, abrí la puerta, y con una repulsión que me costó vencer, introduje mi mano y logré atrapar una rata mediana, de larga cola, que agitaba sus patas traseras al sentir la presión de mis dedos. 

Sentí los músculos de mi brazo agarrotarse, sentí mis dedos crispados en un gesto que se obligaba a no hacer presión al ratón, al mismo tiempo que luchaba por no dejarlo ir. Logré con mucho esfuerzo controlarme y dejar la rata dentro de la jaula pequeña. Volví a mi mesa de trabajo mientras era fijamente observado por el animalejo. Puse la jaula a un lado, mientras buscaba el gotario. Ahora tendría que repetir el esfuerzo. Si no hubiera despedido a mi asistente cuando comencé a estudiar estos asuntos, ahora sería él quien estaría ocupado con la rata. Pero mi Señor no quería a nadie cerca, no quería más narices husmeando en mi trabajo que las de estas alimañas asquerosas. Con repulsión sostuve al animal por la parte alta de su espalda. Con repulsión logré hacer presión sobre sus mandíbulas con mis dedos índice y pulgar, y con mayor repulsión aún logré acercar el gotario a su oscuro hocico. Vertí todo el contenido y luego aflojé la presión de mis dedos. Volví a meter a la rata en la jaula, y alcancé a ver de reojo que se relamía y rascaba sus bigotes. Me asomé a la alta ventana. Miré las estrellas en el cielo que apenas comenzaban a palidecer. Ya se acerca el amanecer, pensé. Lavé mis manos en la palangana y me acomodé en mi cama. ¿Cuánto tiempo dormí? No lo sé. Pero pese a los lamentos de mi estómago que no recibía alimentos hacía ya demasiadas horas, mis primeros pensamientos fueron para la rata. Me acerqué a la mesa y allí estaba, enrollada en un rincón de su prisión. Pensé que había muerto, que todo el trabajo había sido un fracaso, y que una vez más debía recomenzar. Pero no. Al mirar con mayor detención vi su vientre cubierto de hirsutos pelos del color del barro agitarse con cada respiración. Salí de mi sala de trabajo y recorrí los pasillos de piedra hasta llegar a la cocina. Respondí con cortesía a los saludos de las sirvientas, y me senté ante un plato de caldo caliente. ¿Y si hacía la prueba ahora? Mejor esperar para estar seguro. La noche sería un buen momento. Volví a mi habitación, y como queriendo recuperar las horas de sueño derrochadas en estériles intentos los últimos meses, me volví a dormir. 

Cuando desperté todo estaba a oscuras. Tuve que ir al pasillo a encender una vela, y con eso volver a iluminar la sala y encender la chimenea. La rata se movía nerviosamente. Tomé un saco, envolví con él mi mano, como un guante rústico, y abrí la jaula. Cuando tuve la rata en mi mano enrollé el guante a su alrededor. El animal se agitaba dentro del saco sostenido por mi mano. Lo apoyé en la mesa y luego, quizás recordando toda la repulsión que me producían sus congéneres, alcé mi mano y azoté el saco sobre la mesa una, dos, tres veces. Cuando lo solté, todavía se pudieron percibir un par de agitaciones de sus patas. Luego la calma, el silencio, la muerte. Metí el saco dentro de la jaula, lavé mis manos, y me volví a la cama, con la incertidumbre agitando mi cabeza. 

No recuerdo con precisión lo que soñé durante esas horas. Sólo tengo imágenes sueltas de espadas y muertes, de persecuciones a caballo, las risas estruendosas de mi Señor, lamentos de mujeres, desgarros de ropas. Pero luego todo daba paso a risas femeninas, al sonido del vino llenando las copas, al metal de las copas rodando sobre el piso de piedra. Y a cada risa aparecía, en el cielo oscuro, una línea brillante que unía las estrellas en constelaciones delirantes. Una cabeza de medusa, un minotauro, un cíclope, una virgen que sostenía un niño de tres cabezas. Luego nuevamente las risas de las mujeres, el choque de las copas, las ropas desgarradas. 

Desperté y corrí descalzo a la jaula. El saco se veía como lo había dejado. Suspiré lentamente el fracaso. Volví a vestirme, y antes de arrojar el contenido de la jaula a la basura, percibí los pequeños movimientos. La rata corría por todo el interior. Su expresión era la de siempre, como si las horas de mis sueños febriles hubieran sido las horas de su reposo. Busqué en la mesa de trabajo y encontré un plato donde quedaba algo de carne seca. Corté un trozo y lo lancé al interior de la jaula. Con sus pequeños dientes, terminó en segundos con la comida. Entonces corrí al estante, saqué la botella, y vertí la mitad de su contenido en una copa. Me bebí todo el líquido y subí corriendo a las habitaciones de mi Señor. Llegué casi sin respiración a su puerta. Los guardias dormían, pero despertaron con sobresalto al ver la extraña imagen que seguramente yo debía proyectar: vestido apenas con una sucia túnica blanca, con el largo pelo gris, con la barba blanca creciendo en desorden sobre el pecho.

— Necesito ver a mi Señor, les dije. 

— El Señor ha dado orden de no ser molestado en toda la noche, me replicó el más joven de los guardias.

— Este asunto es de la más alta importancia para él— Quise hablar como si realmente fuera el sabio consejero del Señor Conde y no un fantasma de pordiosero. Ante su cara de total desconcierto, me atreví a dar dos fuertes golpes en la puerta. Me obligaron a retroceder con los mástiles de sus lanzas. 

La puerta se abrió desde el interior. El Señor Conde nos miró a los tres, alternadamente. ¿Qué ocurre, Alvar? ¿Qué es todo este alboroto? 

Los guardias se apresuraron a responder.

— Le dijimos, Señor Conde, que nadie debía molestaros en toda la noche, pero él insistió en llamar a vuestra puerta. 

— Mi Señor, tengo grandes noticias, necesito que me acompañéis. 

Don Ildefonso III, Señor de todas estas tierras, simplemente me miró en silencio. Volvió a su recamara, y luego apareció con su pesada capa sobre los hombros. Caminó tras de mí con su calma habitual. Yo lo guie por los pasillos y escaleras, hasta llegar a la torre que mira al oriente. El aire frío del amanecer nos recibió. Mi señor se arrebujó en su capa, mientras seguía caminando a mi espalda. Cuando llegamos a las almenas, me miró interrogativamente, creo que queriendo hacer notar que su paciencia, siempre breve, estaba llegando al límite que por las mañanas era todavía menor. Me asomé al borde, miré hacia abajo. Las rocas y las zarzas se amontonaban en esa parte del castillo. Nunca supe si eso era natural o había sido hecho así para evitar que invasores trataran de escalar por este lado. Miré al oriente, y vi la aurora despuntando a lo lejos.

— Es un hermoso amanecer, mi Señor Ildefonso.

— Así es, viejo Alvar, me contestó. Pero más te vale que me hayas despertado por algo más que un amanecer.

— Espero que sí, mi Señor— Entonces trepé con dificultad a la almena, miré el sol que apenas asomaba, y salté. 

*** 

Cuando logré llegar de vuelta a la torre, con mis ropas hechas andrajos, mi señor don Ildefonso ya no estaba. Bajé de regreso a sus aposentos y los guardias de la puerta me miraron con una mezcla de sorpresa y reprobación. Déjenme pasar, les dije. 

Don Ildefonso miraba por la ventana al sol redondo recostado en el horizonte. Dos mujeres dormían en su amplia cama. Cuando me vio se levantó, caminó hacia mí y me abrazó riendo. 


Luego del abrazo, el señor Ildefonso quiso bajar a mis habitaciones. Hablamos largo rato de mis intentos, de mis esfuerzos frustrados, de mis noches de insomnio, de la rata que rondaba todavía en la jaula, alimentándose de los jirones de carne que le arrojaba. 

— ¿Dónde está? —me preguntó de golpe. 

Fui al estante donde los rollos acumulaban polvo y metí mi brazo entre la madera tibia y la piedra fría. Le extendí la pequeña botella. 

Ildefonso miró a la rata un momento, con el frasco en la mano. Luego me miró a mí, miró mis ropas convertidas en andrajos, arrojó la tapa y se bebió de un trago el contenido de la botella. 

Entonces tomó los papeles de la mesa y los arrojó al fuego. 

— ¡Pero, señor! ¿qué hacéis? —le gritaba mientras él seguía buscando material para alimentar la chimenea. 

— ¡Guardias! —gritó, y sus dos escoltas aparecieron en mi puerta —¡Quémenlo todo! 

Ante mi resistencia uno de ellos me tomó de los brazos y me arrojó sobre la cama maloliente. El otro arrojó al fuego todo cuanto encontró. Hasta las obras de Heráclito, que un monje benedictino había copiado para mí, ardieron en el fuego, como quizás habría deseado su autor. 

Cuando las lágrimas aún bañaban mi cara, Ildefonso se me acercó. 

— Nadie más puede saber de esto. ¿Entiendes? Tu bálsamo es sólo tuyo y mío, de nadie más— Y abandonó la habitación seguido de sus guardias. 

— Y de la rata— alcancé a murmurar entre sollozos, sin que él me escuchara. 

Unos días después nos separamos en la puerta del castillo. Él montaba con sus mejores ropas. Yo sólo llevaba unas mantas y la jaula con la rata. Acordamos reunirnos en cierto lugar cada 30 años, hasta el fin de los tiempos, de nuestros tiempos. Me preguntó qué haría con mi inmortalidad.

— Buscar el conocimiento, le respondí. ¿Y usted, mi Señor?

— No lo sé aún, contestó. Supongo que buscaré guerras, mujeres. Sobre todo, guerra. Ahora que nada puede dañarme, recorreré los campos de batalla como un león hambriento— Y espoleando su caballo, se alejó seguido de sus dos guardias. 

Barba

Sonrió cuando miró su reloj. Le alegraba llegar diez minutos antes de la hora acordada. Porque a ella le molestaba la impuntualidad. Y a él le molestaba que ella se molestara.

Y, sin embargo, allí la vio, sentada en una mesa contemplando la cajetilla de cigarros que acababa de sacar de la cartera, como si no lograra decidirse entre fumar ahora o esperarlo a él.

Se sentó en la silla frente a ella, sonriéndole. Ella lo miró con una calma que él no sentía.

Sus cejas quisieron juntarse. Quizás a comentar lo que sus ojos veían. Inclinó un poco la cabeza hacia un lado. Después de una pausa, hacia el otro.

—Te afeitaste.

Por fin, pensó él, alguien que no lo pregunta. El día anterior, en la oficina, todos quienes se lo cruzaron en el pasillo le preguntaban, con asombro, con extrañeza, “¿te afeitaste?”. Y él, en más de una ocasión, quiso contestar con sarcasmo que no, que eran seguramente alucinaciones o delirios, que el aire viciado de esa oficina que es sólo vidrio sin ventanas de verdad, les tenía el juicio perturbado, pero que él si sentía su barba, la había visto en la mañana en el espejo, la había sentido en el viaje mientras sostenía su barbilla, leyendo a la luz de la mañana. Pero se había contenido. Sólo había contestado con una sonrisa y una ligera afirmación con la cabeza.

—Sí, me afeité.

Habría querido preguntarle, además, si le gustaba más así o le gustaba más antes, con los duros vellos cubriéndole el espacio entre la boca y la nariz, el mentón y, a veces, también las mejillas bajas. Pero era mejor darle tiempo, que se acostumbrara.

—Es raro.

No había ninguna expresión en su cara. No parecía agradarle ni molestarle. O estaba en otro lugar, quizás.

—¿Pediste algo ya? ¿Tienes hambre?

—No, no he pedido nada. Llegué dos minutos antes que tú —y luego insistió —Es raro.

Él sonrió. Ahora le parecía curioso sonreírle así, con sus dos labios a la vista, mostrando las líneas que se formaban en la comisura de su boca.

—¿Qué es lo raro?

Hizo un gesto vago con la mano. Luego tomó la cajetilla, sacó un cigarrillo y lo puso en su boca. Él metió la mano en el bolsillo derecho, donde siempre llevaba el encendedor y estiró el brazo por encima de la mesa.

—No te preocupes —le contestó con el cigarro cimbrándose arriba y abajo. Le mostró su encendedor. —Gracias.

Él sacó también sus cigarrillos y encendió uno. Como si no quisiera que el gesto de sacar el encendedor del bolsillo hubiera sido en vano.

—¿Qué es lo raro?

—Es que te conocí con barba y bigote. Son varios años viéndote así. Es raro ver tu cara desnuda, ahora. Me había acostumbrado, supongo.

Entonces no le gusta, pensó.

—Pero si tú misma te quejabas a veces de los pinchazos de mi bigote o de algún pelo que había ido a parar a tu boca —lo dijo entre risas, como si fuera algo sin importancia. Porque así lo veía él: algo sin importancia.

—Sí, me quejó siempre. Del hambre, del frío, del calor. De tu bigote, también. ¿En qué estabas pensando?

—En nada muy profundo. Pensé que casi treinta años eran suficientes. Recordé por qué me había dejado la barba y pensé en cómo me habría visto todos estos años con la cara que tenía de joven. Así que me afeité. No es gran cosa.

Recordaba ahora las exclamaciones en el pasillo de la oficina. ¡Qué raro te ves! ¡Casi no te reconozco! ¡Es extraño! Opiniones que no había pedido, que no le importaban, pero que había tenido que escuchar todo el día, además de las bromas sobre el compañero nuevo, el alumno en práctica, que quizás quería apuntar al “mercado” de las menores de treinta. Bromas que no devolvía porque sentía que no eran para él. Pero todas volvían a lo mismo. Pareciera que no eres tú.

—Pareciera que, en cierto modo, no eres tú.

Le molestó escuchar en ella esas palabras.

—¡Pero sí sigo siendo yo!

—Sí, pero ahora no voy a sentir tus pelos hirsutos cuando te acaricie la cara —tenía una sonrisa, sí, pero sus ojos y sus cejas la contradecían. Era una sonrisa triste.

Tomó la carta y se puso a elegir lo que quería beber.

Él hizo lo mismo.

Lo hacía sólo para no mirarla: hacía rato que había decidido que tomaría una cerveza.

Pensaba, mientras recorría nombres de cocteles que jamás probaría, que él prefería como estaba ahora. Alguna vez, hacía muchos años, antes de conocerla, estando en una fiesta con algunas personas disfrazadas, había visto a una mujer vestida de hombre. Chaqueta, corbata, el pelo pegado al cráneo y, por supuesto, una barba falsa. La barba es un disfraz, pensó al ver a la mujer. Y sospechó si él no se estaría disfrazando, si no se estaría escondiendo detrás de esa capa de pelo. Pero luego esos pensamientos se habían perdido en el ajetreo de los días y los años, y luego en el ardor del amor, y luego los olvidó.

Pero, un par de noches atrás, solo en su casa frente al espejo del baño, volvió a aparecer la idea. Pensó entonces que él no tenía nada que esconder. Y, después de todo, no estaría mal cambiar después de tantos años. Mientras buscaba la máquina de afeitar bajo el lavamanos, pensaba en todos los comentarios y las bromas que recibiría en el trabajo. Había escuchado, en su momento, las bromas y comentarios pesados entre los hombres ante un nuevo peinado de algún compañero. Eran implacables. Atribuían el cambio a las razones más insólitas y luego venían unos pocos días donde las mismas bromas se repetían sin cansancio. Pensó en ella. A ella le gustaría. A ella le gustaría ese nuevo él, con su cara limpia, aunque mostrara las viejas cicatrices de una adolescencia llena de acné. Ella sí le acariciaría ahora su mentón despejado, sin púas, sin sentir esas cerdas que parecían raspar sus manos suaves. Echó a andar la afeitadora y mientras miraba su trabajo en el espejo, veía de reojo caer los copos oscuros al lavamanos.

Pero a ella no le había gustado. A sus amigos tampoco.

Todos parecían echar de menos los pelos, aunque estuvieran clareando ya de canas.

Todos, menos él.

Pidieron el almuerzo. Conversaron un rato con los platos vacíos entre ellos. Pagaron y se pusieron a caminar. En una esquina, esperando el semáforo en rojo, ella le tomó la cara, la acarició y le dio un suave beso en los labios. Pero se separó de él con un temblor, como si una corriente de aire helado le hubiera besado la espalda.

—Me quiero ir a mi casa —le dijo cuando pasaron fuera de una estación de metro.

—Te acompaño y después me devuelvo a mi casa.

—No te preocupes, no me va a pasar nada. Estoy un poco cansada. No soy buena compañía ahora.

Se estiró, le dio un beso en los labios, tan breve que él no alcanzó a atrapar su cintura, y se alejó por las escaleras. Él vio la gracia de siempre en los pequeños saltitos que daba entre peldaños, tan pequeños que casi no se veían.

Caminó de regreso a su casa. En el camino, ante las vitrinas, se miraba. Sí, pensó, es raro. Hasta a mí me cuesta reconocerme.

En cada vitrina, el mismo pensamiento.

Llegó a su casa. El gato naranja salió a recibirlo. Pero, como todos los demás, pareció no reconocerlo.

Se quitó la ropa, fue al baño, y mientras se lavaba los dientes se miró en el espejo. Soy yo. O quizás no. O sí. Tal vez un poco menos yo. Tal vez un poco más.

Era confuso. Cuando se metió en la cama y apagó la luz, pensó que quizás en una semana el problema estaría resuelto. Tal vez, en dos.

Discursos sobre el tiempo – 2

Miró su reloj. La una con cuatro minutos. Le quedaban todavía casi siete horas de turno. Decidió tomar un poco de aire. Salió de la urgencia, recorrió la sala de espera, donde la madre de un niño que parecía desfallecer le miró con los ojos duros y los labios crispados, y llegó a la puerta. Caminó hasta la terraza de la cafetería, que a esa hora estaba cerrada, y quiso encender un cigarrillo. Lamentó haber dejado el hábito hacía ya tantos años. Hacía bien, pensó, huir de entre las camillas, los pitidos cansinos de las máquinas, gente que corría con objetos cuyo nombre él conocía desde demasiado tiempo, o gente que apenas podía levantar un pie del suelo para ponerlo delante del otro, las lágrimas de algún acompañante, las admoniciones de algún padre, y dejar que el humo se elevara de su boca hacia el cielo, como si con él se fuera el cansancio, el hartazgo, todas las horas entregadas entre esas paredes hostiles.

Sintió que algo parecido a un peso insoportable le aplastaba los hombros haciendo que sus brazos colgaran inertes junto a su torso, mientras sus piernas se sentían desconectadas, sordas a cualquier orden que quisiera darles.

Vio su reflejo en la ventana de la cafetería y pensó que era la imagen de un soldado derrotado. Mejor entregarse al enemigo. Al menos ellos le darían algo de comer y un rincón donde tumbarse a descansar. Aunque luego lo torturaran. Aunque luego jugaran con su cuerpo para conocer secretos que él no poseía.

Miró su reloj. La una con seis minutos.

El reloj. Concentró todo su cansancio y su desprecio en el reloj. Las agujas metálicas, la esfera que dejaba ver parte del mecanismo. Le pareció un insecto de metal que se alimentaba de él, de su vida, y que crecería sin parar hasta devorarlo por completo.

Era por ese reloj que su vida estaba como estaba, donde estaba. Se levantaba en las mañanas porque era la hora de levantarse. Dejaba la bata y tomaba las llaves de su auto para ir a casa porque era la hora de hacerlo. Comía porque era hora de comer. Descorchaba una botella y se servía una copa porque en una hora más sería la hora de dormir. El guion de sus días y sus noches lo dictaba su reloj.

Lo sacó de su muñeca, lo miró por última vez, recordó su alegría cuando lo recibió como regalo y lo arrojó con no mucha rabia a los matorrales cercanos. Ni de eso era capaz ya.

Entonces se dio cuenta de que no sólo eran las horas. También eran los días de la semana y las fechas. Día por medio, regar las plantas. Sábado, lavar la ropa y llevar a lavar el auto. Domingo, salir a caminar, comer en una terraza con un pisco sour, planchar las camisas, ver una película. Lunes a viernes, trabajar. El día 15 pagar los gastos comunes de su departamento. El día 5 pagar las cuentas del teléfono, la luz, el gas, el agua. El día de pagar impuestos, el día de ir al dentista, el día del supermercado, el día del… menos mal que no tenía pareja, sino quizás habrían consensuado, también, un día para el sexo.

Le habría encantado que fuera igual el 5 de octubre al 28 de marzo. O el 19 de abril al 16 de septiembre.

Pero para que fuera igual, para que diera lo mismo el calendario y el reloj, la agenda de la semana y la planificación del mes, tendría que dejar de vivir en su departamento, dejar el teléfono, olvidarse de las plantas, nunca más encender la luz del pasillo ni el tocadiscos, nunca más tomar un libro que fuera suyo, nunca más sentarse en una terraza ante un vaso lleno de jarabe de pisco y limón con una costra de espuma.

Miró al piso. Vio sus zapatos, el pantalón y la polera del uniforme de la urgencia. Miró su corte de pelo en el reflejo de la ventana. Su cara recién afeitada.

Habría querido verse distinto. Quizás unas zapatillas viejas, una de ellas sin cordones. Unos jeans gastados, con manchas de suciedad y aceite. Una camisa de un color indescifrable bajo una chaqueta de bolsillos rotos y solapa rasgada. Una barba de meses, de años. Una melena mezcla de café oscuro y líneas blancas, con un aire de animal salvaje acorralado.

Entonces comenzó a caminar.

Sentía una curiosa levedad. Inútil, innecesario, prescindible. Una libertad hecha de puro azar, hecha de una historia desconocida incluso para él y un futuro indecible incluso para las Moiras.

Y así caminó.

Por calles oscuras en medio de la noche. Atravesando un silencio apenas interrumpido, a ratos, por el suave deslizarse de un auto sobre el pavimento.

Ante un basurero se detuvo. Sentía hambre. Hurgó entre los restos y no encontró nada. Excepto un lápiz. Un lápiz rojo, con el nombre de alguna empresa y un botón en el extremo que hacía aparecer y desaparecer la punta. Lo probó en su mano y vio una línea de tinta imponiéndose a las manchas oscuras, a las costras, al borde negro de las uñas. Con una sonrisa lo guardó en su bolsillo y siguió caminando.

Encontró a un hombre que dejaba en la vereda bolsas de basura. Miró y entendió que había salido de un restorán ya cerrado. Esperó que el hombre se alejara y abrió una de las bolsas. Un vaso de cartón con restos de bebida, o quizás el agua del hielo derretido. Lo dejó a un lado. Siguió buscando. La mitad de un sándwich, un resto de carne y le pareció que eso era suficiente. Se sentó en la vereda, comió, bebió. Se levantó y volvió a caminar.

Llegó hasta los lindes del parque y vio el portal cerrado de una universidad. Le pareció un buen lugar. Se tendió bajo el arco de cemento y se acomodó para dormir. Tenía ganas de dormir, como si su cansancio no se pudiera medir.

Recién comido, recién bebido, tendido allí, sintiendo el aire fresco y verde de los árboles y el rumor de la brisa en las hojas, sintió una especie de satisfacción en todos sus músculos, en sus pulmones, en sus ojos. Una sonrisa parecía dibujada bajo la barba.

Había dormido muy poco cuando escuchó el alboroto. Cinco o seis jóvenes caminaban por el parque, con botellas de cerveza en las manos. Los escuchó reír, celebrar con gritos de júbilo dios sabría qué. Uno de los muchachos se detuvo a mirarlo. Entre gritos llamó a los otros. No entendía bien lo que se decían entre ellos, parados a su alrededor, como ángeles que guardaran su lecho rezando letanías en un idioma ya extinto.

Pero cuando sintió la primera patada en sus costillas pensó que los ángeles eran negros, ángeles de caos y muerte.

 Sus oídos, zumbando como abejas en primavera, no lograban distinguir los insultos, los discursos, las risotadas. Apenas percibieron las zancadas apresuradas que se alejaban. Entonces pudo dormir un poco más.

Vio una luz mientras sentía su cuerpo sostenido en vilo por cuatro o seis manos. Vio destellos rojos y amarillos y un ulular de extraño animal en celo. Vio un tren de luces sobre su cara, avanzando desde su cabeza a sus pies. Vio un foco enceguecedor sobre sus ojos que apenas podía abrir. Suspiró. Se durmió otra vez.

El médico lo encontró cuando volvía de un descanso que le pareció demasiado breve. Vio ese montón de harapos cubiertos de sangre, la barba y el pelo pegoteados con una brea oscura y brillante. Pidió ayuda para desnudarlo.

Preguntó a una enfermera si podía afeitarlo y rasurarlo para poder examinar su cara, su cuello, su cráneo.

Mientras escuchaba el sonido de la afeitadora, mientras veía de reojo las matas de pelo encanecido que caían al piso pareciendo querer demorarse, examinó el resto del cuerpo. Cortes por todos lados, moretones entre las manchas de mugre, evidentes fracturas en los brazos y en las piernas. Como si un dios adolescente y rabioso se hubiese descargado sobre el vagabundo. Al escuchar la afeitadora detenerse, al escuchar a la enfermera decir “listo, doctor”, se volvió para examinar la cabeza.

Cuando vio las facciones se detuvo.

Cuando vio las facciones que la ventana de la cafetería le había mostrado apenas unos minutos atrás, entendió que no había forma de salvar a ese hombre.

Contra el silencio

Me gustaba el silencio. Me gustaba esa ausencia que, paradójicamente, parecía llenarlo todo.

Quizás por eso llevaba tantos años viviendo solo. Quizás por eso salía tan poco. Quizás por eso había personas que se preocupaban.

Mi hermano, por ejemplo. A veces me invitaba a almorzar a su casa, con su mujer, sus hijos y los dos perros pequeños que tenía. Unas máquinas de chillidos agudos que parecían quedar resonando en los oídos. Siempre buscaba alguna excusa para no ir. Entonces la llamada, que yo pensaba debía llegar hasta ahí, se extendía. Me empezaba a preguntar qué había hecho últimamente. Y mi respuesta siempre era la misma. Aparte de trabajar, no mucho. Los sábados por la mañana, a veces también el domingo, salía a caminar. No me molestaba el sonido monocorde de la ciudad y del tráfico. Era tan soso que podía ignorarse. Excepto cuando pasaban esos idiotas en sus motos, deslizándose sobre el estruendo de sus tubos de escape. Pero lo peor eran los carros de bomberos. Se escuchaban desde lejos, y el sonido persistía cuando ya se habían distanciado bastante. Por lo general, volvía a la casa cuando veía que la gente comenzaba a llegar al parque, especialmente familias con perros y niños. Cuando mi hermano escuchaba que no hacía nada aparte de trabajar, preguntaba incrédulo si no se me ocurría salir a tomar algo, irme unos días a la playa… en fin, hacer algo “entretenido”. Siempre la respuesta era no.

¿Para qué? Salir a tomar algo, a un bar, era internarse en un torbellino de voces y risas y música; zambullirse en un pozo donde cada palabra que se pronunciaba rebotaba contra las paredes del mismo pozo y seguía resonando por mucho rato. En todo caso, lo intenté. Fui a un bar, algunas noches. Me sentaba en la barra y pedía una cerveza o algo así como gin o vodka con cualquier cosa. Desde mi asiento veía parejas en las mesas. Eran mis favoritas. Especialmente aquellas que se notaba que estaban en una de sus primeras citas. Hablaban entre susurros y sonrisas. Pequeñas coqueterías. Suaves caricias al pasar, apenas unos roces de sus dedos. Parecían hablar más con los movimientos de sus bocas, sus gestos, sus miradas. En cambio las familias eran terribles. Generalmente los padres desentendidos, esperando su trago o lo que habían pedido de comer. Los niños tratando de armar un pequeño desastre. Y las madres, agobiadas, mirando en todas direcciones, por si alguien había notado ese descalabro. “Quédate quieto”, “endereza la espalda”, “deja ese teléfono, por dios”. No se veían personas solas. Ni hombres ni mujeres. Y cuando llegaba a ocurrir, era porque estaban esperando a alguien. Entonces las caras de hastío cambiaban y se convertían en risas y cacareos. Quizás por eso un día el barman me preguntó si esperaba yo también a alguien. No. Ah, anda solo. Afirmé con la cabeza. Bueno, si está esperando a las niñas que vienen por acá, le puedo presentar a un par que son bastante amorosas. Me guiñó un ojo con algo que trataba de parecer complicidad. En ese momento decidí que era preferible beber en casa.

Ir a la playa. Sí, podría haber sido interesante. Pero tendría que ser una playa desierta, donde sólo se escuchara el ir y venir de las olas, el sonido de la espuma lamiendo la arena, salpicando sus pequeñas gotas saladas, el sonido del agua recogiéndose, tomando impulso para un nuevo bramido grave y delicado. Como si fuera un reflejo del tiempo que avanza y luego retrocede y luego retorna, un reflejo de las cosas que fueron y que volverán a ser. Pero en un planeta con más de siete mil millones de personas, imagino que es casi imposible encontrar una playa así.

Mi hermano terminaba con una risa forzada para hacer su pregunta al pasar, como si fuera una broma. Le gustaba hacer eso cuando los temas eran complicados o cuando no tenía las bolas para preguntar de frente algo difícil. Lo decía como si fuera una broma. ¡Capaz que tengas depresión! Exclamaba entre risitas. Sí, probablemente, le respondía, imitando sus risas. Luego colgábamos.

No, creo que no se trataba de depresión. Era solamente mi gusto por el silencio.

Quizás por eso siempre quise aprender a bucear, aunque nunca lo intenté. De niño, cuando iba a la piscina, me gustaba hundirme en el agua y quedarme abajo tanto tiempo como soportara. Cuando me regalaron mi primer reloj sumergible, me entretenía midiendo el tiempo y tratando siempre de aumentar mi registro. Un minuto cincuenta segundos, fue una de las primeras mediciones. Luego de practicar un poco, llegué a rozar los dos minutos. Si mi memoria no falla lo máximo que logré fueron dos minutos con quince segundos. Pero más allá de los segundos, lo que me gustaba era esa sensación de falta de sonido. Los pocos que llegaban lo hacían amortiguados. No entendía cómo alguien no había inventado ya unos tapones o algo parecido que imitara ese efecto, que fueran como una pared de agua que provocara que los sonidos apenas te toquen, que no te empujen con la fuerza que siempre lo hacen, sino que apenas te rozaran, como una caricia hecha al pasar, como una mirada al atardecer, como los besos que imagino me manda la mujer que habita la luna, cuando la miro borracho desde el balcón.

Tal vez sólo se trataba de eso. De sentir que los sonidos te empujan. Como cuando alguien gritaba cerca de mí, su voz, su grito, se proyectaba desde su boca hasta mi cabeza haciéndola inclinarse para esquivar el golpe. Pero el golpe siempre llegaba. O tal vez sólo estoy confundiendo la causa con el efecto, y esa imagen de los sonidos que golpean me la inventé después, cuando las estridencias y esas destemplanzas ya me molestaban. Tal vez.

Debe ser esa una de las causas por las que soporte ir aún, todos los días, a la oficina. No me gusta la ubicación. No me gusta la gente con la que trabajo. Me entretiene lo que hago, pero sólo llega a eso. No siento la pasión que sentía cuando llegué allí y pensaba que, si movíamos algunas palancas, las cosas serían distintas y algo cambiaría. Sí, lo intenté unos pocos años. Luego me di cuenta que era imposible. Que las palabras eran sólo palabras. Que las declaraciones de los dueños eran sólo un intento de quedar bien con los que llenábamos sus bolsillos. Me comencé a encerrar en mi oficina, que estaba en otro piso, al final de un pasillo. Al comienzo, cuando me la asignaron, todos bromeaban con que era un castigo. Quedaba lejos de todo, lejos de todos. Pronto noté que era una bendición. Casi nunca entraba nadie. Casi nunca llegaba alguien a contarme lo que había hecho el fin de semana o a preguntar en qué había estado yo. Apenas me cruzaba con alguien cuando iba al baño o a la impresora a buscar un papel. Además, evitaba las llamadas. No contestaba, y luego enviaba un mensaje preguntando qué ocurría. Trasladaba la conversación de los sonidos a las letras.

Eso hacía también cuando estaba con ella, pero no podíamos vernos. No hablábamos por teléfono en el día, casi nunca. Comenzaba sus clases a las 8 y continuaba hasta las 6. Con intervalos de diez o quince minutos entre cada una. Como en esos espacios tenía que cambiar de sala, revisar cosas, buscar papeles, evitaba molestarla. Entonces le escribía cartas. Cartas de una o dos páginas. Le contaba lo que había pasado por mi cabeza desde la última vez que nos habíamos visto o desde la última vez que nos habíamos escrito. O le comentaba algo que había leído por ahí, alguna novela o un ensayo. O le hablaba de cómo escuchaba palpitar el mundo. Antes, y ahora que estaba con ella. Cuando no había mucho trabajo, podían ser dos o tres cartas en el mismo día.

A veces ella no respondía. Era obvio. No podía ponerse a contestar cartas en medio de una clase. Otras veces respondía con cinco frases. Pero esas cinco frases eran suficientes. Porque siempre tuvo el talento de resumir en cinco frases lo que yo decía en dos páginas, y me bastaban para saber que estaba escuchando los mismos latidos que yo. Otras veces contestaba con cartas más largas que las mías y entonces para mí era una embriaguez que repasaba desde la primera a la última letra, leyendo en silencio pero moviendo los labios, como si fuera un monje de rodillas en un monasterio, bajo la mirada de una divinidad que observaba sonriendo desde el techo.

Era agradable el silencio. Pero no el silencio impuesto, sino el silencio cotidiano. Ese silencio de la vida diaria, roto apenas por el sonido amortiguado de un corcho al salir de la botella o el ligero despegarse de la puerta del refrigerador al abrirla. O el imperceptible sonido de mis propios pasos por el pasillo. Recuerdo que a los doce o trece años tenía un amigo. Vivía a unas calles de mi casa. Nuestros padres se conocían, se saludaban al pasar y a veces se detenían a conversar. Yo era compañero de curso de su hermana, unos dos años menor que él. Por todo eso nos conocimos. Pasábamos algunas tardes en su casa, o en la mía. Así nos hicimos amigos, aunque algunas cosas no encajaban muy bien. A él le gustaban las películas de acción, con peleas y golpes de karate. Yo prefería las de ciencia ficción, con viajes espaciales o humanos viviendo lo que sería el sueño o la pesadilla por venir. Y como le gustaba el karate, estaba inscrito en unas clases en su colegio. Aprendía algunos movimientos que luego trataba de enseñarme. Yo lo escuchaba y lo miraba sin mucho interés por seguirlo. Un día su profesor le habló de la habilidad de ciertas personas para esconderse y caminar sin ser escuchados. Y le enseñó ciertos trucos. Eso sí me interesó. Lo escuché como nunca. Lo observé y lo imité. Y de una manera extraña, esos gestos se hicieron parte de mí. Apoyar el pie suavemente, distribuyendo el peso del cuerpo hacia la pierna que ya estaba firme, dejando que la pierna que va camino al piso esté lo más liviana posible. Apoyar en seguida la planta por partes, suavemente, como si se estuviera tanteando el piso, detectando posibles crujidos. Primero el borde externo de la planta, luego el resto. Y desde el talón hacia la punta, no al revés como hace todo el mundo cuando trata de caminar sin hacer ruido, porque lo aprendieron viendo dibujos animados. En un piso de cemento, de cerámica, de adoquines, funciona fácilmente. En mi casa, que tenía el piso de madera, era más difícil. Así que allí me entrenaba. Cuando estaba solo iba desde la cocina hasta mi dormitorio, atravesando el comedor, tratando de no hacer el más ligero ruido. Levantar la pierna izquierda, mover el peso del cuerpo hacia la pierna derecha, dejando la izquierda lo más liviana posible. Apoyar el pie izquierdo, con cuidado, sin despertar al espíritu que dormía entre las tablas y que, por tener el sueño liviano, al primer movimiento descuidado se agitaba en su sueño con crujideras y ligeros temblores. ¿Cuánto duró ese payaseo? Unos cuantos meses, creo. Luego dejé de encontrarle sentido, o me olvidé, o quizás con mi amigo nos dedicamos a otras cosas. Por esa época apareció la música. Tratar de aprender guitarra, tratar de aprender a tocar canciones que despertaran los brillos en los ojos de alguna chica que nos gustaba. Pero quizás de tanto practicar esos movimientos se quedaron en mí. Podía, cuando quería, caminar casi sin hacer ruido, a veces incluso sin darme cuenta. Ella tampoco hacía ruido al caminar. Podía dejarla en el sillón, sentada con un libro en la mano, para irme a la cocina a preparar algo de comer. Y de pronto tenerla atrás de mí, apoyada en la pared, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, mirándome debajo de sus cejas y con una sonrisa que apenas disimulaba la forma en que se mordía el labio.

La primera vez que salimos juntos, sin embargo, no caminamos. Nos subimos a mi auto y manejé. Ella me miraba, desde su asiento. Yo trataba de mirarla al mismo tiempo que miraba los autos adelante, los autos a los lados, los autos atrás. Hablamos muy poco. Y sin embargo, yo sentía que de sus ojos, de sus labios sonrientes, salían hilos o cables o cadenas que buscaban a los que salían de mí y se enredaban y formaban algo que no se podía ver, pero que ahí estaba. Yo manejaba. Por mirar sus ojos, no vi que el auto de adelante se había movido. El auto de la derecha comenzó a meterse en mi fila. Cuando quise avanzar alcancé a verlo de reojo y tuve que frenar en seco. Supongo que otro en mi lugar habría hundido la mano, o ambas, en la bocina, hasta que el mundo se cayera a pedazos. Yo sólo lo apunté con la mano, como preguntándole a ella o a un testigo invisible si podía creer eso. Ella se asustó un poco. Tendió sus manos hacia adelante, apoyándose en el tablero. Pero luego volvió a acomodarse y siguió mirándome, en silencio, con la misma sonrisa que tenía minutos atrás.

Días después vino por primera vez a mi casa. Me preguntó si podía poner un poco de música. Sí, claro, le contesté. Y sin embargo sentí una pequeña desazón. Imaginé sonidos extraños llenando la casa, ahogando cualquier asomo de conversación. Pero en cambio ella puso algo que apenas eran unos acordes, unas notas de piano, una cuerda, quizás un bajo, que casi no movía el aire alrededor, y que en lugar de expandirse empujando todo a su paso apenas parecía moverse, como una pluma flotando en el vacío. Me gustó. Desde ese momento, esa música se convirtió en el trasfondo de nuestras reuniones. Podíamos hablar largo rato, contarnos historias de infancia, disparates de juventud. Pero en algún momento nuestras miradas se cruzaban. Ambos callábamos. La historia ya estaba ahí, instalada entre nosotros, y cada uno parecía creer que el otro había entendido exactamente lo que tenía que entender.

Entonces sólo quedaba el silencio.

El silencio y nuestras miradas.

El silencio y esos acordes livianos que apenas rozaban nuestra piel, como una caricia que casi sin tocar te despierta de un largo sueño.

Me gustaba el silencio.

Me gustaba el silencio, pero ya no.

Ahora prefiero el estruendo. Ahora manejo con los vidrios arriba y la radio al máximo volumen. Canciones rabiosas. Canciones con voces que en cualquier momento se convertirán en aullidos o ladridos o bramidos de toros en medio de la plaza, hipnotizados por un paño rojo que los llama a pelear hasta caer rendidos, con espuma espesa escurriendo de la boca abierta, con sangre corriendo de las heridas abiertas.

Ahora la casa se ha llenado de sonidos. Guitarras con acordes punzantes y agudos. Bajos que parecen reventar los parlantes, y que se quedan en las paredes como si estuvieran vibrando. Con baterías que marcan un ritmo que más se parece al frenesí. O a una carrera en que alguien huye y otro la persigue, despiadadamente, sin tregua, sin pausa.

Ahora busco los momentos en que los parques estén más llenos. Con niños que saltan entre risas sobre una cama elástica, con madres que gritan advertencias o llamadas para volver a casa, con los navegantes de tubos de escape, con carros de bomberos y sus sirenas que me llaman, que me invitan, que me dicen que las ame a ellas, porque el silencio ya no volverá.

Un día en la vida de Juan Cartes

(parte de La Fiesta Terminó, proyecto inconcluso)

Se levanta arrastrando las piernas para llegar al baño. Se sienta y enciende el primer cigarro del día. Entre el humo y los párpados que apenas levanta, ve borroso, pero a pesar de eso toma el grueso libro que dejó la noche anterior sobre el estanque. “Estoy llegando al final. Hace exactamente un año, en el mes de mayo, se presentó —¿irán a tomar la prueba hoy? ¿y si no voy?— nuestro inquilino para anunciar a mi abuela que debía regresar a Moscú —Moscú… preferiría mil veces tirarme en las arenas de una playa cualquiera, pérdida en las islas griegas… pero para eso hay que ganarse el loto o el kino…— por un año, ya que había resuelto los asuntos que aquí le trajeron. Al oírlo, palidecí y me desplomé como muerta —como muerta, como muerto, como muerto… eso es canibalismo o necrofilia…— en una silla. Mi abuela no se dio cuenta de nada; y él, después de declarar que dejaba la casa libre, saludó y se fue. ¿Cuál debía ser mi actitud? Tras de pensarlo mucho y de sufrir todavía más, acabé por decidirme. Como él se iba…” —mejor ducharse de una vez por todas, piensa. Tira el resto del cigarro en la taza y corre la cortina. Abre la ducha y se saca la polera. Se mete en la tina y siente el chorro de agua caer sobre su cabeza. Se agacha para tomar el frasco del champú y siente mil agujas tibias en su espalda. Se queda así un momento, poniendo champú en su mano y luego echándolo en su cabeza. Cuando tiene bastante espuma se la esparce en las axilas, en la ingle, en todo el cuerpo y comienza a dar vueltas dentro de la tina para que el agua le recorra por todas partes mientras una melodía le da vueltas por la cabeza. Hace días que la tiene ahí, encerrada en su cabeza, y no es capaz de hacerla salir. No puede anotarla, ha intentado desde hace días ponerle una letra para cantar mientras camina hacia el metro, pero no puede. Así que comienza a tararear. Tararán- tararán- tararán- tararán- tararán. Imagina las cuerdas de un bajo —ese que nunca ha tenido— marcando el tararán hasta el infinito, mientras él canta la letra que todavía no es capaz de escribir… “el único error, el que cometí una vez”… no, no calza. Cierra la llave y comienza a secarse, rápido porque siente el frío en la espalda. Se pone la polera con que durmió y se va a su dormitorio. Abre el cajón y saca un par de calzoncillos limpios, calcetines. Abre el closet y saca sus pantalones negros, la camisa gris oscura y, a última hora, decide tomar una camiseta. Se viste y luego va a la cocina. Pone el hervidor, toma su taza negra del mueble que cuelga de la pared y sigue repitiéndose la melodía en la cabeza. “Sin música la vida sería un error”, cita mentalmente y sonríe. Con música la vida es peor, piensa para él. Se prepara un sándwich, se sirve el café y come apoyado en el lavaplatos. Sólo escucha el leve ronquido de su padre en el dormitorio. Daniela. ¿Irá a clases hoy? Si no va, será un día perdido, piensa. Ir a la universidad a dar una prueba que no quiere dar, para la que no ha estudiado ni dos líneas, sólo por verla… sería un día tirado a la basura. Así y todo, da el último sorbo rápido al café y deja la taza para ir a su pieza, tomar su chaqueta, su bolso con libros, su libreta, sus discos, y sale de la casa. Camina al metro con los audífonos puestos, con el volumen al máximo, y canta como si estuviera solo en su dormitorio. “I’ve been waiting for a guide to come and take me by the hand / Could this sensations make me feel the pleasures of a normal man?” Dentro del vagón se calla. Mira a la gente alrededor, siente el olor a pelo mojado en algunas mujeres. Siente el olor a larga noche en otros. Mira a la gente alrededor y sólo ve caras somnolientas. Unos escuchan música, como él. Otros pocos leen. Mueve la cabeza, fuerza los ojos tratando de ver las portadas de los libros. Nada interesante. Imbéciles, piensa, leen mierda como si fuera palabra sagrada. Mira el diario de un anciano que va sentado junto a él. Nada interesante una vez más. Choques, políticos idiotas. Todos los días lo mismo. Todos los días nada. Finalmente se baja y camina con pasos largos a la universidad. Entra en su sala y ve a todos sentados con cara de buenos niños somnolientos que miran al profesor. Se saca los audífonos y se sienta en la primera silla que ve vacía. Tiene que volver a pararse para tomar la hoja que le estira el profesor. “Mierda”, dice moviendo apenas los labios, cuando comienza a leer las preguntas. Al menos escribe el nombre, al principio de la hoja. “Juan Cartes”. “Algún día mi nombre irá ligado a algo grande” recuerda haber leído en algún libro. Pero esa frase no ayuda a contestar las preguntas que lo miran burlonas desde el papel. De a poco, sin embargo, comienza a tener pequeños destellos de lo que ha escuchado hablar en clases. Y comienza a escribir guiándose más por la melodía que aún le da vueltas por la cabeza que por la idea de saber algo. Escribe una hoja. Pide otra al profesor. La llena en un par de minutos. Siente un dolor un poco más arriba de la muñeca por lo rápido que ha escrito. Pide una tercera hoja. Estira los dedos un poco antes de tomar aire y volver a largarse. Cuando termina, cuando ya le parece que habría sido capaz de escribir una vez más la biblia entera, pone “JC” a modo de firma al final de la hoja, se levanta con sus cosas en la mano y le entrega los papeles al profesor. Mientras sale puede ver las caras de sus compañeros que lo miran desde los asientos con algo de sorpresa. En el quiosco que está al medio del patio pide un café. Prende un cigarro. Mira el cielo que está sin ninguna nube, pero siente un escalofrío porque el sol no calienta nada y el edificio parece hecho para conservar el conocimiento a la temperatura más baja posible. Dos suaves golpes en el hombro. Hola, Juan. Mira a Rodrigo y sonríe. No te vi en la sala, le contesta. Se nota que no viste a nadie. Parecías un poseso. Caminan hacia una banca. Se sientan al sol. ¿Qué es de Daniela? Pregunta Rodrigo. No lo sé, contesta Juan Cartes. No la he visto desde la semana pasada. No tengo su número, no sé su dirección. Nada. Rodrigo sólo lo mira y dice “mmm” como si fuera el Dr. Watson atando cabos sueltos. Dame un pucho. Juan Cartes saca su cajetilla y se la pasa junto al encendedor. ¡Qué frío de mierda que hace! dice Rodrigo, y Juan mirando hacia la entrada sólo contesta “la cagó”. Me voy mañana, dice de golpe Rodrigo. Con la Claudia. ¿Me estás hueviando? le pregunta Juan Cartes buscando la broma en su cara. No. Me voy en serio. Mira hacia el fondo del patio, de donde comienzan a aparecer de a uno, como migajas, sus compañeros, y a algunos los saluda a lo lejos con un movimiento de cabeza mientras piensa en el maldito Grial. Yo todavía no entiendo cómo alguien que no cree se larga a buscar el Grial, le dice a Rodrigo. Rodrigo sonríe como siempre, con sus dos mechones colgando encima de la frente, con su enorme nariz un poco arrugada, y mostrando todos los dientes de arriba, incluso un par de colmillos medio vampirezcos que se asoman. Lo que pasa, le dice, es que tú estás pensando en la copa de Jesús, en la última cena y en esas cosas. Yo voy a buscar una piedra. ¿Y de donde mierda sacas tú que esa piedra está de Farellones pa’rriba? A ver… el Grial pasó por muchas manos, hasta que llegó a Saint-Exupery… ¿El del Principito? ¿Conoces a otro? Bueno, cuando Saint-Exupery murió se lo entregó a un amigo que era aviador como él, y que terminó haciendo la ruta de correo entre Argentina y Chile. Hasta que se estrelló en la cordillera. Varios días después, un arriero lo encontró. Con barba, la ropa pa’la cagá, pero sano como una lechuga, sin cara de haber pasado hambre. Ese aviador tenía el Grial y el Grial lo cuidó mientras estaba arriba. Pero el arriero lo encontró sin una miserable mochila. ¿Por qué? Simple, porque dejó el Grial escondido en la cordillera, entre el lugar en que se estrelló el avión y el lugar en que lo encontró el arriero. Y el arriero lo encontró como cinco kilómetros más arriba de Farellones. Yaaa. ¿Y eso está documentado? Si lo estuviera, tendríamos la cordillera llena de huevones buscando como idiotas en cuatro patas. ¿Y entonces? Entonces nada, es una hipótesis interesante. Y hay que ver si es cierta. ¿Y te vas a llevar a la Claudia a la cordillera a caminar entre piedras y comer cactus por una huevada de hipótesis? Rodrigo de nuevo sonríe. No hay nada, dijo, que sirva más para estas cosas que una mujer. Por algo no creo en un mesías célibe. Nadie puede salvar el mundo sin una mujer al lado. Juan Cartes sonríe. Mira a Rodrigo y piensa que está chiflado, y piensa que, aunque se empeñe, aunque lo encadene a la banca donde están sentados, igual partiría a recorrer los cerros con la banca a la rastra. ¿Cuánto tiempo piensas estar allá arriba? Su cara se puso sombría. No creo que vuelva, contestó. Y me alargó un sobre. Si en diez días no vuelvo a aparecer por acá, puedes abrirla. Si he vuelto antes, te la pido de vuelta y la que te espera si la has abierto. Chao. Y Juan Cartes se quedó mirando como Rodrigo se alejaba. Tira el vaso a la basura y ve a Daniela que viene caminando hacia él. Se levanta, camina hasta ella, la toma de la cintura y la besa. ¿Qué le pasa? Tiene carita de pena, dice ella. Rodrigo se va mañana, y creo que no va a volver, le contestó metiéndose el sobre en el bolsillo de la chaqueta.

El arte de dormir

(el nihilismo que vino después)

Así decidió, sin más, ponerse a dormir.

No se echó a dormir y se olvidó del mundo, como un hombre que ha perdido la cordura por la trágica muerte de su familia, por la pérdida sorpresiva de su fortuna o por cualquier otro accidente del destino que le hiciera replantearse su lugar y se lanzara a dormir en los portales de los edificios, por las noches, después que grises oficinistas abandonaban sus escritorios para acariciar a sus hijos, hablar de problemas domésticos con su esposa, ver televisión con una cerveza en la mano y, quizás de vez en cuando, hacer el amor y durante el día recorrer las calles vestido con harapos y recoger latas vacías y otras cosas que intentar vender. No.

Era una vocación. Pero distinto al sentido de llamado que algunos dan a esa palabra, como si una voz celestial, grave, lenta, estremecedora te despertara en la noche, te concediera una misión y entonces tu vida se convirtiera en un destino. Era, en cambio, una vocación en el sentido de ser lo que podías llegar a ser.

No quedaba nada por delante. Salvo, quizás, esperar la muerte. Pero la muerte podía tardar —su reloj nunca funcionaba según las expectativas.

Tal vez, como los señores jubilados, podría haber elegido pintar, quizás dibujar, escribir, aprender a tocar un instrumento. Pero él sabía que no tenía talento para nada de eso.

No podía pintar porque nunca había entendido los colores primarios, menos los complementarios. Nunca había entendido las capas, y tampoco cómo de una enorme mancha naranja aparecía de pronto una joven de piel tersa, vestida con coloridas telas, tendida en una cama, con una áspid mordiéndole el seno, enviándola a la muerte.

Tampoco había entendido nunca que dibujar no es trazar líneas, ni rectas ni curvas, sino solo manchas que se combinan con otras, que se combinan con el fondo blanco, que se funden en un gran marco.

Y menos había entendido las figuras literarias, las perífrasis, hipérboles, las repeticiones, y menos aún la diferencia entre una comparación y una metáfora. No tenía ritmo en sus palabras, escribía como hablaba, puntuaba como hablaba. Y hablaba mal.

Descartó todas las artes.

Descartó, también, los pasatiempos que se dan algunos. No tenía ganas de juntar sellos postales o servilletas o llaveros o entradas a conciertos. Tampoco le interesaban los discos raros, los libros con errores de impresión, las etiquetas de bebidas, artefactos como pipas, teléfonos antiguos, viejas máquinas de escribir, dados de distintas formas tamaños y colores, los rompecabezas de mil o dos mil piezas, la crianza de gatos naranja.

Le sedujo, por un momento, la idea de amontonar objetos que formaran simbólicas disonancias. Una replica de la Venus de Milo junto a una edición de lujo de la Divina Comedia. Una biblia medieval, con sus caracteres hechos a mano, con ilustraciones en los bordes, quizás envenenados, junto al busto de un sátiro. Las obras de Bach en vinilo, en la edición más rara y difícil de encontrar posible junto a un teléfono que reprodujera una única canción de Daddy Yanky en una repetición interminable.

Pero todo eso sonaba demasiado caro y difícil y, sobre todo, requería de un espacio del que su pequeño departamento de dos ambientes no disponía.

Así que optó por lo que mejor sabía hacer: dormir.

Sabía que eso, además, le aportaba una ventaja no pequeña. Una vez puesto el pijama, tienes excusa para cualquier cosa, para cualquiera. Si te invitan a una copa en el bar de moda de la ciudad, puedes decir que te encantaría, pero que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Si te invitan a salir a caminar, recorrer calles que parecen difuminarse en las penumbras de la noche, con luces en las farolas que parecen reventar de una felicidad blanca, dices que no, que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Si te llaman incluso para salvar el mundo, como si hubiera algún mundo para salvar, dices que no, que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Apagas la luz del velador, te das vuelta hacia el lado izquierdo, como si esperaras que alguien te abrazara la espalda y duermes con la conciencia en paz.

Pensó, con cierta tristeza, que no podía olvidarse del mundo. Eso habría lo ideal, lo soñado, lo que hubiera querido —pero ¿quién obtiene lo que sueña, lo que quiere?— Debía trabajar. Había cuentas por pagar, había comida que comprar, había que mantener ese simulacro de vida que llevaba, así que todos los días debía tratar de combinar la necesidad de ser el jefe de finanzas de una pequeña empresa con su arte, dormir. Así que se levantaba a las seis treinta, se metía en la ducha, se vestía, se tomaba un café con unas tostadas, tendía su cama y se iba a la oficina. Había descubierto que, para dormir mejor, se necesitaba de cierto cansancio. Así que en la oficina se movía con frenesí. Si tenía que hablar con alguien para solucionar un problema, recorría los pasillos con pasos acelerados, estirando sus músculos lo más posible, como si cada paso fuera dos. Hablaba. En las reuniones hablaba mucho y gesticulaba mucho. Discutía, se exaltaba. Pero siempre con un cierto desgano. Se paraba y dibujaba en la pizarra. Al final de la tarde, bajaba las escaleras a pie y se iba a su casa.

No quería terminar como el personaje de una película que había visto. Un hombre que, castigado por su pereza, terminaba atado a una cama y cuyos músculos, al cabo de un par de años, no eran más que un mísero puñado de hebras secas, ásperas, duras, y que terminaba por comerse lo que estaba a su alcance. Es decir, sus labios, sus mejillas, de adentro hacia afuera, hasta acabar con su lengua.

No. Él trataba de mantener, durante el día, su cuerpo en movimiento. Para cansarse y para que sus músculos no se convirtieran en madera vieja y seca. Siempre subía por las escaleras, nunca usando el ascensor. Caminaba todas las distancias que el tiempo y el esfuerzo permitían. Y, el resto, dormía.

Llegaba a su casa, comía algo, muy poco. Porque siempre había pensado que debes comer lo que consumes. Y, dado que él consumía poco, entonces comía poco. Luego ordenaba lo que hiciera falta, se fumaba un cigarrillo en el balcón mirando hacia el sur, esperando encontrar una estrella que nunca aparecía, y se iba a dormir.

Los fines de semana eran su pequeña dicha. Dormía sin que el despertador le dijera que eran las seis y treinta. Despertaba y, sin mirar la hora, iba al baño, tomaba agua, orinaba. Luego volvía a la cama y seguía durmiendo. Despertaba dos o tres horas más tarde. Entonces se levantaba, tomaba un café, comía algo, veía unos minutos de televisión, hasta las que noticias le hacían pensar que era mejor seguir durmiendo, y se iba a la cama.

A veces dormía profundamente. Otras veces caía en una duermevela donde veía cosas, personas, escenas. No sabía si eran cosas que fueron, cosas que serán, cosas que nunca podrán llegar a ser, delirios. Creía recordar a alguien que sabía con certeza si las cosas que veía fueron, eran o serán. Pero no estaba seguro. Quizás era otro sueño dentro de alguno de sus sueños.

Luego se levantaba, a la hora que fuera. Se sorprendía que su cuerpo siempre lo despertaba entre la una y las tres de la tarde. Almorzaba algo muy liviano, un atún con verduras o algo así, tomaba una o dos copas de vino, y luego se iba a la cama otra vez.

Dormía. A veces, despertaba. Habría un ojo, con timidez, como un niño que finge estar dormido y levanta un párpado para ver si lo espían, y descubría que aún no había caído la noche. Así que se daba la vuelta, abrazaba las sábanas, y trataba de volver a dormir.

Se levantaba en la oscuridad, tomaba un té, comía un par de galletas, se fumaba otro cigarrillo mirando por el balcón, mirando siempre al sur. A veces, cuando estaba especialmente triste o especialmente animado, se tomaba una o dos copas de vino. Trataba de demorarse lo menos posible en esas tareas. Levantarse, comer, beber.

Y entonces, cada noche, cuando estaba en la cama, cuando sentía que todo se hundía en el silencio, cuando la oscuridad lo rodeaba todo, él podía cerrar los ojos y respirar hondo, suspirar cuatro palabras temiendo que perdieran, poco a poco, su sentido, y luego dormir. Dormir.

Era todo lo que él sabía hacer.

Ese era su arte.

Poder de síntesis

Luego de leer por vigésima octava vez la carta que había enviado, se dio cuenta que se trataba de un exceso.

En lugar de los 31 párrafos y las 1.252 palabras que había escrito, llegó a la conclusión de que le habría bastado con 2 párrafos y apenas 89 palabras para lo importante, lo que en realidad quería decir, lo que esperaba, lo que soñaba.

Le habían sobrado 1.163 palabras. Se había sobrepasado en 29 párrafos. «En fin, pensó, ya está enviada».

Luego de dos semanas de esperar una respuesta —aunque fuese un único párrafo compuesto de una única palabra de una sola sílaba—, determinó que el derroche había llegado en realidad a 1.252 palabras en 31 párrafos. «Triste», pensó, mientras vaciaba el tintero en el desagüe, mientras intentaba que sus plumas volarán por la ventana, mientras convertía el papel blanco y limpio en pequeños trozos de volantines.

El Rey Rata

Bajo mi casa tiene sus dominios el Rey Rata. En una bifurcación de las tuberías subterráneas tiene instalado su trono. Lo componen trozos de cartón, restos de tela y otros residuos que él y sus súbditos han ido recolectando con el tiempo. Su cetro es un resto de madera a medio tallar que alguna vez dejé tirado en el patio. Dudo que use capa: debe bastarle con su manto de pelos del color de la tierra, pegoteados por las aguas sucias que invaden su reino.

Toda la red de tubos compone su territorio. Debajo de mi casa, en comunicación con la calle y, a través de la calle, las casas de los vecinos. Toda esa vasta red de caminos forma su dominio. Para mí, es como si fuese infinito, puesto que cualquier intento de destruir al maldito monarca nunca surte efecto: traslada temporalmente su trono a otro lugar, sus súbditos huyen como ratas —no puede ser de otra manera — y después de unos días, cuando yo he abandonado mis intentos por destruirlos, vuelven a habitar el subsuelo de mi hogar.

Su pueblo recorre la casa en mi ausencia. Seguramente buscan comida que ha quedado a la vista, migas de pan botadas en el piso, en la orilla de algún mueble, y que yo he olvidado recoger. Se alimentan de esos restos y deben llevar una parte importante también para dar de comer a su señor. Pero aún no se aventuran a recorrer los muebles y abrir los envases de comida que están cerrados.

Como yo he aumentado las precauciones, cada vez encuentran menos comida disponible. Pero los vecinos deben estar alimentándolos, porque pese a la escasez que hay en mi casa, los súbditos del Rey Rata siguen multiplicándose y gozan de buena salud. Lo comprobé hace un tiempo, cuando escuché un ligero e irregular chillido en medio de la noche. Era casi inaudible y, sin embargo, me levanté, recorrí la casa buscando el origen y en la bodega, detrás de unas viejas maletas, cientos de pequeños seres peludos que no eran más grandes que mi meñique, se retorcían en un informe montículo contra la pared, bajo la luz de mi linterna. Su madre no se veía por ningún lado. El Rey Rata tampoco estaba. Con el escobillón y la pala deposité el montículo dentro de una bolsa negra, y salí al patio para echarlos al contenedor de la basura. Aseguré bien la tapa para no escuchar sus chillidos y volví a mi cama. Fue la peor noche en mucho tiempo. Escuché o creí escuchar o imaginé que escuchaba o inventaba en mi cabeza los cien chillidos de esos gusanos cubiertos de pelos, con ojos cerrados y colas que se retorcían como bestias agonizantes.

Por las noches los escucho caminar en el entretecho y ya han perdido todo el pudor. Sus ligeros pasos y el arrastrarse de sus pesados vientres se sienten sobre mi cabeza mientras intento dormir. Trato de adivinar por el sonido si son ratas macho o hembra, si son adultos o pequeñas ratitas. Sin embargo, pese a mis esfuerzos, no he logrado formar un catálogo de sonidos y significados, porque no tengo forma de comprobar si lo que pienso es correcto. Así transcurren mis noches insomnes, esperando en vano oír el más leve indicio que me permita atraparlos en la cocina, con sus pequeñas patitas en mi comida.

Sé que el Rey Rata me odia. Cree que mis muy humanos desechos son insultos que lanzo a las alcantarillas sólo para ofenderlo. Cree que el asco que siento frente a sus súbditos es una muestra de desprecio hacia su inferioridad, considerándolos pequeños animalejos incapaces de razonar. Cree que mis esfuerzos por alejarlos de mi comida es señal inequívoca de mi tacañería, que no desea compartir con ellos la mísera pobreza de la que no logro salir. Cree que haberme desecho de sus cien hijos fue un acto placentero que disfruté como hace años no disfruto.

Por eso sigue juntando mis desechos, para demostrarme que pese a mi soberbia soy pobre, y que todo aquello que yo boto él puede aprovecharlo y convertirlo en parte del decorado de sus salones.

Por eso sigue husmeando por mi casa cuando yo no estoy, y en el entretecho por las noches, para demostrarme que aquello que yo arrojo a la basura desdeñosamente, en realidad para él es fuente de joyas, alhajas y riquezas.

Y con los años, su odio hacia mí, como su gordura, ha ido aumentando. Ya no es capaz de salir de su gran salón, a través de los tubos. Y sin embargo mira hacia arriba con desprecio, imaginándome caminar sobre su cabeza y mascullando insultos inaudibles que hablan del asalto final a mi casa, la que en sus sueños de gran rata café será convertida en la Gran Sede de su Imperio, donde todas las ratas disfrutarán de mis comodidades.

Son esas imágenes en su cabeza lo único que lo hace reír, mostrando sus grandes dientes frontales y haciendo que sus bigotes se agiten al mismo ritmo con el que baila su panza sobre su trono.

Por ese mismo odio obligó a uno de sus súbditos a poetizar. Cuando se encuentra melancólico, o cuando me escucha recitar en voz alta, manda a llamar a su súbdito poeta y lo obliga a declamar versos que para mí no son más que lejanos chillidos que interrumpen mis versos, pero que para sus cortesanos y para las ratas que componen su harem, son obras equiparables a Kavafis o a Rimbaud o a Rilke.

Y así transcurren los días del Rey Rata, alimentados con sus sueños de venganza.

Y así transcurren mis noches, alimentadas sólo con la certeza que un día mi cama se verá rodeada de sus súbditos, mientras él sube a mi pecho para matarme, alimentar con mi cuerpo a su pueblo y luego usurpar mi lugar.

El arte de aguantar

Había convertido el aguantar en su arte.
Pedro, el boxeador, alguna vez considerado el púgil más torpe e inútil de la historia, había terminado por convertirse en una leyenda.
Al comienzo, nadie quería medirse con él.
Había intentado, como todos los boxeadores, pelear hasta el agotamiento para ser campeón del mundo en su categoría. Pero un día se aburrió. Estaba en el ring, su oponente caminaba de lado, dibujando círculos a su alrededor, pensando si sería mejor llegar a su rostro por la izquierda o por la derecha. Pedro tenía las manos levantadas a la altura de las mejillas y miraba a su rival por debajo de las cejas, con las rodillas apenas dobladas. Y de pronto, había sentido una especie de cansancio. No de sus miembros, no de sus músculos. Algo parecía haber dicho basta, en un susurro inaudible. Bajó los brazos. El hombre que hacía unos segundos lo estudiaba con detalle, se sorprendió. Miró hacia su esquina, pensando que quizás no había escuchado la campana. Pero no, la pelea continuaba. Se acercó a Pedro y le conectó un gancho izquierdo. Pedro giró la cabeza. En sus ojos, el público parecía un tren que pasaba raudamente en una dirección y luego de vuelta. Volvió a fijar los ojos en su rival. Y este seguía sin comprender.
Pasaron tres asaltos así. El público abucheaba a ratos. Algunos le gritaban que se defendiera. En las pausas, su entrenador le preguntaba qué hacía, si se había vuelto loco. Y Pedro sólo respondía que iba a aguantar.
Cuando el público ya se aburría y su rival se cansaba, la pelea terminó. Pero Pedro no cayó. Ni siquiera se tambaleó. Recibió los golpes como si hubiera decidido hacerle honor a su nombre; como si hubiera decidido ser, aunque sólo fuera por esa noche, su propio nombre.
A partir de ese minuto, nadie quería pelear con él. Pensaban que estaba loco. Los pocos que aceptaban eran novatos cuyos representantes creían que así tendrían un buen entrenamiento. Además, como a nadie le interesaban mucho sus peleas, las ponían como anticipo de los combates que sí atraían al público. Peleas insulsas que servían para rellenar el tiempo en que la gente aún se acomodaba en sus asientos, aprovechaba de comprar algo de comer, hacía las últimas apuestas o iba al baño.
En ese intertanto, con el público yendo y viniendo, Pedro se mantenía de pie, en medio del cuadrilátero, recibiendo golpes de derecha, golpes de izquierda, un gancho, un uppercut, un swing. Todos los recibía. Su cabeza se bamboleaba un poco, pero luego volvía a mirar desafiante a su rival de turno.
Estos, en ocasiones, no sabían qué hacer. Si no hubiera sido boxeo, lo habrían pateado tratando de derribarlo. Alguno quiso, una vez, empujarlo con su cuerpo contra una esquina, para poder golpearlo apoyado en el poste, pensando que así lo podría derribar. Entonces Pedro recordaba que era boxeador y no sólo el mejor recibidor de golpes de la historia, y devolvía los empujones con golpes de sus puños. Sus guantes hacían un sonido sordo contra las mandíbulas del oponente, contra sus pómulos o sus cejas, y entonces entendían que Pedro quería estar al centro del ring y allí recibir las olas de puños que buscaban hacerlo caer. Pero él no caía.
De pronto la gente comenzó a interesarse. Algunos llegaban al estadio más atraídos por Pedro que por la pelea de fondo. Comenzaron a hacerse apuestas. ¿Caería o no caería? ¿Hasta qué round aguantaría?
Siempre perdía, pero siempre perdía por puntos. Y poco a poco su nombre iba convirtiéndose en leyenda.
Pasó de ser Pedro, el peor púgil de la historia, a ser Pedro “La Piedra”, el-que-no-puede-ser-derrotado, el-que-no-puede-ser-noqueado.
Cuando algún rival se cansaba o parecía sentir algo parecido a la lástima, Pedro se encargaba de despertarlo. Cinco o seis golpes. Con la izquierda en las costillas, con la derecha en las mandíbulas. El rival comprendía que no era un juego, que no era un tarado que no supiera pelear, sino simplemente un hombre que quería aguantar.
Aguantar. Resistir. Sobrellevar. Soportar. Tolerar. Faltaban sinónimos para los periodistas que cubrían las peleas. Faltaban palabras para los relatores de sus peleas. Así que apelaban a las metáforas obvias. Jugaban con el supuesto significado de su nombre, piedra. Decían que parecía un acantilado resistiendo las olas. Que los golpes de sus rivales parecían gruesas gotas de lluvia cayendo sobre los muros de un edificio. Pero por muy gruesas que fueran las gotas, el edificio las agradecía como si descansara del verano.
En sus momentos de mayor gloria, hasta los campeones del mundo comenzaron a fijarse en él. Pedro, el peor púgil de la historia, se convirtió en el mayor desafío para todos ellos. Todos querían noquearlo. Todos querían derribarlo. Todos querían verlo tendido en la lona mientras el referee contaba al ritmo de algún corazón desfalleciente. Pero ninguno lo conseguía.
Empezaron a llegar ofertas interesantes. Teatros en Las Vegas. Su representante contaba los billetes con un brillo de delirio en los ojos. Pedro perdía siempre —por puntos— pero comenzaba a amasar una pequeña fortuna.
Y, sin embargo, eso no le importaba. Miraba con desdén las cifras que le mostraba su representante. Miraba con desdén a las mujeres que se le acercaban buscando seducirlo. Miraba con desdén las marcas que querían vender sus productos colgados de la imagen de invencible resistencia.
En cambio, sonreía cuando en el diario aparecía su foto y al lado la palabra “imbatible”. Leía con avidez las crónicas que hablaban de su sobrehumana tolerancia, de su capacidad heroica de aguantar golpe tras golpe.
Y así está, hasta hoy. Parado siempre en medio de un ring. De pie en el centro de un cuadrilátero, con sus puños envueltos en los guantes rojos, al lado de sus muslos, con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a su rival por debajo de las cejas, recibiendo un golpe y luego otro y luego otro más, con una sonrisa que apenas se dibuja en sus labios.

Mérope y Sísifo

«Hay que imaginar a Sísifo feliz» — Albert Camus

— Quisiera ver agua, dijo Mérope — me gustaría ver agua corriendo todo alrededor.

Entonces él cerró los ojos. Como siempre le pasaba cuando tomaba su mano, vio todo transfigurado. Las calles de Corinto, secas y amarillas, le parecieron arroyos. Los muros de las casas, pálidos, eran ahora bosques de olivos. Las ventanas cuadradas, para él, semejaban volantines de muchos colores que se elevan al cielo. Los techos, rojos de greda, se mostraban a sus párpados cerrados como prados verdes de pastos altos donde la brisa corría fresca y húmeda.

¿De dónde sacar agua? pensó entonces Sísifo. Por su ciudad no corrían manantiales. No había un canal que desviar, no había un pozo que pudiera convertirse en fuente, no había un torrente que transformar en juegos que saltan y gotas que vuelan para posarse en la cara de las gentes y que inundan el aire de pequeños arcoíris.

Entonces recordó lo que había visto en el bosque el día anterior. Mientras Mérope descansaba en el palacio —ese palacio que él consideraba una choza triste para su esposa, una de las hijas de Atlas, destinada a recorrer el cielo con su luz y, sin embargo, enamorada de él— había salido a recorrer el bosque. Caminó por horas, con el arco en la mano, las flechas en la espalda. Había visto un par de ciervos, pero eran tan jóvenes a sus ojos, apenas unas sorprendidas miradas que descubrían el mundo, que no se atrevió a tensar la cuerda, a curvar la madera, a lanzar la pluma y el bronce que cortaran esas vidas que comenzaban a palpitar. Se acercó al pequeño lago donde el río reposaba de su correr, donde tomaba nuevas fuerzas para otra vez lanzarse, cascadas abajo, hacia su amante el mar. Dejó el arco a un lado, puso una rodilla en la tierra, se inclinó con ambas manos juntas, recogió el agua y refrescó con ella su cara y su boca y su garganta. Entonces vio a Egina. La ninfa bailaba en el agua con sus pechos al sol. La ninfa cantaba la luz y el verde de los árboles. Su canto se confundía con el sonido del agua. Hasta que apareció Zeus. Sísifo recogió su arco y retrocedió a esconderse tras la primera fila de árboles. Del otro lado, el portador de rayos miraba a la ninfa con una sonrisa atravesando su barba, con sus manos abrazando las grebas. Entonces le habló a la ninfa. No fue posible, para Sísifo, oír las palabras y comprender su sentido. Pero vio que la siempre joven Egina se sonrojó. ¿Rabia, pudor, deseo? Se acercó ella al medio del lago, como queriendo huir. Zeus se levantó y le tendió la mano. La ninfa más se alejaba. La frente del dios se convirtió en líneas profundas y surcos aparecieron entre sus ojos. Sísifo pensó que la tormenta haría arder el bosque. Zeus, el acumulador de nubes, atravesó caminando el lago, tomó a Egina de su muñeca, y la alzó sobre la superficie del agua. La rodeó con sus brazos olímpicos, la apretó contra su pecho y luego volvió a la orilla. Y así, caminando entre los árboles con la ninfa trastabillando detrás de él, desapareció en la espesura.

Todo eso recordaba Sísifo mientras pensaba en el deseo de su mujer. Entonces la besó, acarició su pelo que se derramaba en cascadas ondulantes a ambos lados de su cabeza y le pidió que lo esperara, que pronto volvería.

Recorrió el bosque como el día anterior. Volvió a pisar los mismos senderos, volvió a internarse entre la hierba y los arbustos, esquivando los troncos que elevaban sus altos brazos al cielo.

Cuando llegó a la orilla del lago se arrodilló otra vez frente al espejo infinito, bebió de sus aguas calmando la sed, calmando el ardor que sentía en todo su cuerpo. Entonces gritó. El nombre de Asopo, dios de esas aguas, resonó por todo alrededor. ¿Cuántas veces repitió Sísifo el nombre del inmortal? Tantas veces como aparecía el rostro de su esposa en su memoria. Hasta que el dios se dejó ver. Sus cabellos y su barba se parecían a la blanca espuma que forma el agua en la orilla de los lagos. Sus ojos lucían profundos como se ve el mar al atardecer. Su coraza era del color de las algas que bailan incansables en el fondo del agua, acariciando a los peces que parecen ansiosos de recoger todo con sus bocas.  Y, sin embargo, pesadas gotas atravesaban su cara.

–¡Asopo, señor de estas aguas! A ti te saludo –dijo Sísifo, mientras miraba la arena oscura y las suaves olas que llegaban a reposar bajo sus ojos.

–¿Qué quieres de mí, Sísifo, fértil en recursos? ¿Acaso vienes a regocijarte de mi desgracia, ahora que he perdido a la hija que era la alegría de mí y de estos ríos y estos lagos?

La voz parecía el rugido de las cascadas. La voz parecía el sonido de la pesada lluvia de invierno sobre la superficie calma del lago. La voz parecía un temblor en la tierra, el bramido de un toro puesto a correr sobre el agua, entre los árboles, sobre el camino que los hombres creen conocer.

Entonces Sísifo le habló de su hija disfrutando del agua del atardecer, le habló de su pérdida, de su ausencia que, por ser una ausencia amada, parecía eterna pese a las escasas horas que los hombres podían contar.

—Puedo decirte, oh, señor, quién ha raptado a Egina, alegría de estas fuentes.

Asopo se alzó más alto sobre las aguas. Las albas espumas anunciaban a Sísifo los pasos que se acercaban a él.

—Pero, mi señor, como sabrás, todo tiene su precio. Puedo decirte qué ha pasado con Egina, siempre y cuando mis condiciones se cumplan.

La tierra vibró. El lago pareció levantarse contra Sísifo. Una ola de esmeraldas y de algas que revolotean como mariposas se paró frente a él.

—¿Cuál es tu precio, Sísifo hijo de Eolo?

Recién entonces el rey de Corinto se atrevió a alzar la vista. Sabía que la partida ya estaba ganada. Tendría el regalo para su esposa.

—Quiero una fuente en medio de Corinto. Quiero que tus aguas salten alegres como la sonrisa de Mérope, quiero que canten mientras corren como si la voz de Mérope fuera recién escuchada por el mundo, quiero que su superficie brille con la profundidad de los ojos de Mérope. Eso quiero, señor.

Asopo levantó las aguas con su mano. Las hizo saltar y cantar y brillar y jugar entre sus dedos.

—Poco pides si conoces la desgracia de mi hija. Habla ahora y Mérope verá siempre en su patio el reflejo de su risa.

Entonces Sísifo le relató todo lo que había visto el día anterior. El baile de Egina entre las aguas, la mirada de Zeus y su mano terrible sosteniendo el brazo de la ninfa, la huida entre los árboles.

Asopo frunció el ceño aún más, si eso era posible. Con sus brazos hizo formar un remolino alrededor de sus pies, y comenzó a alejarse.

—Descansa esta noche en tu cama, y por ningún motivo salgas —fue lo último que Sísifo alcanzó a escuchar.

Luego que Asopo desapareciera remontando el río en dirección al Olimpo, un águila alzó su vuelo desde un árbol cercano. Era un águila enorme. Sus alas extendidas abarcaban el doble o quizás más que las alas de sus hermanas corrientes. Sísifo adivinó quién sería el dueño de esa mascota. Sabía que el portador de la égida sabría pronto quién lo había delatado con el padre de la ninfa.

Y pese a eso, pese a las desgracias que pudieran venir, de sólo imaginar la sonrisa de Mérope al amanecer, se disipaban las nubes en su frente y caminaba alegre y erguido cruzando el bosque.

Por la ventana escuchó ruidos en el patio, durante la noche. Miró a Mérope, que descansaba a su lado. La frente limpia, como si el mundo se hubiese diluido. Los labios apenas separados, dejando salir el aire que Sísifo se habría bebido. Recorrió con la mirada sus formas dibujadas por las mantas. Escuchó un suave rumor en el patio, un sonido ligero y calmo como el que escuchara en su excursión de la tarde. Sonrió. Posó la mano en la cadera de su esposa y se volvió a dormir.

La mañana los despertó con gritos de júbilo en el patio. Nadie sabía cómo ni de dónde había salido, pero allí estaba. Con sus cinco o seis metros de diámetro, con una columna al centro sobre la que descansaba una pálida reproducción de Mérope que, con una jarra, dejaba caer un abundante chorro que se convertía en música antes de caer en la fuente.

Sísifo tomó la mano de su mujer y la llevó al balcón. En el centro del patio estaba la recompensa de Asopo. Mérope rió. Y el sonido de su risa se confundió con el sonido del agua. El hijo de Eolo supo entonces que la hija de Atlas era feliz. Y que su risa le daba luz al agua, que destellaba en reflejos plateados bajo el sol temprano.

Pasaron días, semanas y algunos meses. En las tardes, al volver de la cacería o de resolver otros asuntos, Sísifo encontraba siempre a Mérope sentada en el borde de la fuente, paseando sus dedos en la superficie del agua, o bien cantando a las aves que se acercaban, o bien peinando sus largos cabellos que brillaban.

Hasta que un día hubo ruido en palacio. Las gentes corrían a esconderse. Sísifo se asomó al patio, se paró frente al portal y vio llegar a un hombre oscuro de manto negro como la más negra noche, como esas noches en soledad en que ni los recuerdos parecen escapar de la negrura. Sabía el rey quien era su visitante. Sabía que la espada que sostenía estaba de más. La guardó, se acercó y saludo con una ligera reverencia.

—¿Qué buscas en mis dominios, oscuro Tánatos?

La muerte levantó un dedo largo y huesudo para apuntar a Sísifo. A ti, contestó. Acusado por el mismísimo padre de los dioses de ser un traidor.

Sísifo miró el dedo.

—¡Qué delgado se te ve! Se nota que no has comido bien, últimamente. Supongo que no tienes prisa. Pasa, come, bebe y descansa un poco antes que emprendamos la marcha.

Tánatos quedó desconcertado. Acostumbrado a recibir quejas y llantos a su llegada, acostumbrado a recibir insultos y reclamos, no sabía qué responder ante la invitación de su próxima víctima.

Pero Sísifo ya caminaba hacia el salón, empujándolo suavemente por el hombro, con la mayor cortesía, mientras conversaba con una sonrisa.

La muerte se sentó frente al rey. Este hizo que trajeran comida y bebida. Al llegar el vino, lo probó y lo devolvió.

—¿Es que no se dan cuenta el honor que tenemos al recibir a este invitado? ¿Quieren hacer quedar mal a todo Corinto frente a Tánatos, sentado en nuestra mesa? ¡Traigan el mejor vino!

Los sirvientes corrieron, alegres de alejarse. Luego volvieron, arrastrando los pies como quien se dirige a un destino que no desea. Llenaron las copas, dejaron la jarra y se alejaron corriendo.

Sísifo hizo un brindis alabando a su visita. La muerte bebió. Hacía tanto tiempo que nadie le ofrecía una copa, hacía tanto tiempo que no probaba el vino, que ya casi había olvidado su sabor.

Bebió entonces, con alegría juvenil mientras el hijo de Eolo hablaba sin parar. Le contó cientos de historias que la muerte ya sabía, le habló de cosas que eran misterio para los hombres, pero no para ella. Preguntó por Mérope, la muerte, pero Sísifo no quiso hablar de ella frente a su invitado. Pidió que volvieran a llenar la jarra. Varias veces. La muerte cabeceaba. Parecía escuchar con la cabeza inclinada, que sólo erguía para volver a llevar la copa a sus labios siempre secos y descarnados.

Sísifo seguía con sus peroratas, dibujando formas en el aire con sus manos. Hasta que la negra muerte cruzó sus brazos sobre la cubierta de la mesa y, apoyando en ellos su cabeza cubierta con el manto oscuro, se durmió.

Sísifo esperó unos minutos. Se bebió una copa, la primera desde la llegada de su invitado y salió rumbo a la herrería. Hizo detener los martillazos del corpulento hombre cubierto con un delantal manchado. Lo hizo tomar los grilletes y las cadenas más fuertes que tuviera y le pidió que lo acompañara, en el más completo silencio.

El herrero, hombre de ánimo fuerte, vio a la muerte dormida. Su estómago quiso salir huyendo, perderse en los bosques cercanos y no volver hasta que el visitante se hubiera alejado. Pero empujó a su voluntad y siguió las instrucciones de su señor.

Cubrieron los tobillos de la muerte con grilletes. Enrollaron cadenas en su pecho. Y allí la dejaron, entre sueños negros y rabiosos.

Sísifo reía. Ahora tendría todos los amaneceres en el balcón con Mérope, escuchando su risa de fuente, mirando el agua saltando como su alegría.

Cuando Tánatos despertó, llamó a gritos a su anfitrión. Sísifo, absorto en la belleza y en la conversación de Mérope, no lo escuchó. Tuvieron que correr a avisarle unos sirvientes, asustados ante los terribles bramidos del visitante.

La furia de la muerte cambió en desesperación al ver que no podía desatarse. La risa de Sísifo aumentaba. Los gritos de furia mudaron a súplicas y ruegos. El hijo de Eolo escuchó imperturbable.

Pasaron días y semanas y algunos meses con la muerte encadenada en el salón de Corinto. Se le dio comida y bebida.

Hasta que Hades llegó al Olimpo, a quejarse con su hermano, el que amontona las nubes. Nadie estaba muriendo en la tierra, nadie llegaba al reino del inframundo. Caronte no tenía pasajeros para su barca y Cancerbero se pasaba los días durmiendo, roncando por sus tres narices y sus tres bocas.

Supo Zeus entonces de las artimañas de Sísifo. Furioso como si los rayos fueran a salir de sus ojos, envío a su hijo Ares a rescatar a la muerte.

Retumbó el Olimpo bajo las sandalias de Ares, negro como la muerte, iluminado sólo por el brillo de su espada que parecía guiarlo y empujarlo a la casa de Corinto.

Mérope lloraba, desconsolada. Sísifo veía la separación eterna y hacía hervir su cabeza en planes e ideas para postergarla.

La espada de Ares cortó las cadenas y grilletes como si fueran de papel. La muerte se levantó. La pareja se abrazó.

Todos en el salón sabían el final antes que Ares lo rugiera. Ahora, la muerte liberada debía llevar a Sísifo a los reinos de Hades. Los esposos se besaron y se abrazaron. Se besaron y se abrazaron como la primera vez en el bosque, bajo las ramas de un árbol cuya imagen recuerdan, pero cuyo nombre han olvidado.

Entonces Sísifo susurró pidiendo a su reina que no hiciera las exequias ni ritos fúnebres. Él no estaba muerto, todavía. Él volvería.

Se vio a la muerte salir de Corinto con Sísifo atado a su lado. Se vio a Ares subir al Olimpo, de regreso a los banquetes que no tienen fin. Se vio a Mérope llorando en el balcón, como si sus ojos fueran la fuente con la que comenzó esta historia.

Largos meses caviló Sísifo en el reino de los muertos. A veces hablaba con Hades y su esposa. A veces hablaba con algún otro hombre cuyo espectro se cruzaba en su camino. Pero siempre había una sola imagen en sus pensamientos. Mérope, bailando y sonriendo junto a la fuente de Corinto. Sus pechos pequeños y levantados, su cuello grácil, su cintura que tantas veces abrazó, sus caderas delgadas y firmes que parecían buscarlo, sus piernas alargadas y torneadas. Sentía, durante los largos días y las largas noches, un cosquilleo en la yema de los dedos, como si la piel de Mérope lo llamara. Sentía, cuando a veces lograba dormir, la voz susurrante de su mujer que le pedía que la abrazara. Todo su día era recordar a Mérope. Toda su noche era soñar a Mérope.

Comenzó a hablar con Perséfone, un día. Comentaron las exequias de algún muerto recién llegado. Así habla el amor de una esposa, dijo la reina del inframundo, así habla el deber de una esposa.

Sísifo, sin mirarla, le dijo que esa sería su última voluntad: ascender una vez más a la tierra de los vivos, sólo una vez, para castigar a su esposa por no haber hecho los rituales, por haberlo enviado al Hades sin una despedida, sin una flor, sin una hoguera. De no haber sido por Tánatos, que no quería volver a verlo y se hizo cargo del pasaje, ni siquiera habría tenido con qué pagar al barquero.

Perséfone, ante la pena dibujada en el rostro de Sísifo, sólo apretaba los labios.

Cada vez que veía a la reina, Sísifo se encargaba de volver a hablar, de alguna manera, de la impiedad de su esposa. Perséfone callaba y pensaba.

En el lecho real, la reina pidió la opinión de su rey. Hades estaba de acuerdo con Sísifo. Una esposa impía debía ser castigada. Si Mérope no había cumplido con los rituales, debía ser castigada. Pero luego se durmió. Perséfone concluyó que su plan era el correcto.

Al día siguiente se acercó a Sísifo. Le entregó un salvoconducto para llegar a la superficie, le dio las indicaciones del camino a seguir.

El rey de Corinto caminó alegre y ligero por todos los caminos. Las cosas monstruosas que vio le parecían ridículas pensando en su reina, a la que volvería a ver, cuya sonrisa bebería una vez más, en cuyos ojos se perdería cada día. Podía sentir, mientras ascendía, el calor de su piel en sus manos, el calor de su abrazo, el calor de su vientre pegado al suyo. Y así llegó a las puertas de su ciudad.

Algunos se alegraron de verlo. Otros se alejaban mirando el cielo, esperando ver algún otro prodigio que anunciara la catástrofe y el fin del mundo.

Pero nada de eso ocurrió.

Todo el pueblo los vio junto a la fuente. Mérope fundida con Sísifo en un abrazo que parecía más fuerte que las cadenas que habían detenido a la muerte, meses atrás.

La reina sonreía, con sus ojos brillantes y húmedos; brillantes y húmedos como corría el agua en la fuente que había sido la felicidad y la desgracia de esa casa.

Cuando Hades se enteró, miró a su esposa con el ceño fruncido. Pero luego la abrazó y le sonrió. ¿Quién podría enojarse con la verde primavera? Esperó pacientemente que Sísifo cumpliera su palabra y regresara a sus dominios.

Pero los días pasaron.

Y mientras Hades esperaba sombrío en su trono, Sísifo y Mérope caminaban por las calles de Corinto, recorrían los bosques alrededor, dormían abrazados en las noches y cumplían con los rituales. No con los rituales de la muerte que el rey había vuelto a castigar. No. Cumplían con los rituales de la vida, que en lugar de incienso tienen el aroma de la piel, que en lugar de plegarias tienen suspiros, que en lugar de cantos tienen gemidos y blasfemias, que en el lugar de velas y hogueras tienen el ardor eterno de los cuerpos.

Así fueron felices Mérope y Sísifo, por largos años.

El pelo cano de Sísifo se apoyaba en el de Mérope, junto a la fuente, al atardecer. El tiempo no había tocado el cuerpo de Mérope, que seguía danzando grácil junto a la fuente. Sólo se veían los años en su pelo, que relucía blanco y liso cayendo sobre sus hombros, como si la estrella que en realidad era, la menor de las Pléyades, comenzara a mostrarse.

Pero el cuerpo de Sísifo sí mostraba el paso de los años, las caminatas por el bosque, las batallas de su juventud, los meses en el inframundo. El cayado ya no lo sostenía. El fin comenzaba a llamarlo.

Mérope lloraba junto a la cama.

— No llores, le pedía el rey. Hemos sido felices, en esta tierra. Nos hemos amado y hemos florecido como la primavera, hemos dado frutos como el verano. Es hora ya que nos alcance el invierno. Cierto que habría sido mejor que la primavera durara para siempre, como se cree que dura la dicha de los dioses inmortales. Pero ¿quién conoce los pesares de sus almas? Celebremos lo vivido, guardemos los recuerdos, bendigamos la vida juntos. Es hora de partir.

Mérope, entre sollozos, besó la frente de Sísifo, besó sus labios acariciando su mejilla.

Le dijo, antes del final, que ya no quería la vida entre los hombres y que volvería junto a sus hermanas a navegar el cielo.

Así fue como, luego de las ceremonias fúnebres, nadie volvió a ver a Mérope sobre la tierra, la hermosa Mérope, la de la sonrisa de fuente, la de ojos como lagos.

Sísifo cruzó el Estigia. Caminó por el inframundo y terminó compareciendo ante Hades. El dios rugía. Llamas negras salían de sus ojos. Insultos, gritos, la rabia formando espuma en la comisura de sus negros labios. Entonces señaló una montaña. Y apuntó a una roca redonda que reposaba en su base. Señaló el castigo, el terrible castigo. El rey de Corinto debía llevar, cada día, la roca hasta la cima. Y, puesto que volvería a caer, debía repetir la tarea siempre, sin detenerse nunca, hasta el fin de los tiempos, hasta que el mundo cambiara su forma, hasta que la montaña se convirtiera en valle, hasta que el Hades se convirtiera en fiesta.

Sísifo caminó hasta su trabajo con pesar. Pero sabía que no había sido en vano. Si esa eternidad arrastrando una roca era el precio por haber vivido y gozado y reído junto a Mérope, volvería a hacerlo tantas veces como fuera posible.

Inclinó su cuerpo. Apoyó las manos y el hombro en la roca, y comenzó a empujar.

Al atardecer llegó a la cumbre, fatigado y cansado. Mientras la roca comenzaba lentamente a descender, se sentó. Suspiró mirando el horizonte.

Entonces vio. Entonces entendió.

Sobre el horizonte, en la noche, vio alzarse en el cielo una línea de siete estrellas. La última, la menor, apenas comenzaba a fulgurar, como si recién estuviese aprendiendo su papel.

Eran las hijas de Pléyone, ninfa de las aguas, y del titán Atlas, que sostiene el mundo entero en sus hombros. La séptima, la menor, parpadeó en el cielo. Sísifo supo que Mérope le sonreía.

Ante el desconcierto de Hades, bajo la sonrisa de Perséfone, cada día Sísifo reemprendía su tarea con una alegría que no se había visto en el inframundo. Empujaba y empujaba, sin pausa, sin detención. Ni el hambre ni la fatiga hacían mella en su sonrisa. Y al final del día, sobre el horizonte, siempre veía una séptima estrella, Mérope, la menor de las Pléyades, que le sonreía desde el cielo.

Entonces dejaba que la piedra descendiera.