[Hace muchos años, tantos que ya no recuerdo, dibujé un castillo al amanecer, sobre un peñasco de zarzas y rocas. Cuando terminé el bosquejo, imaginé a una especie de monje o brujo que saltaba desde las altas almenas para probar que su pócima para la inmortalidad funcionaba. Entonces imaginé una historia para la cual escribí esta introducción y proyecté una novela que luego me pareció un plagio descarado de una novela que había leído en la juventud y que anoche, por caminos misteriosos recorridos por mis hijas, llegó a mí]
1
Luego de apagar el hornillo me quedé mirando el hirviente azul que poco a poco iba perdiendo su agitación para pasar a un verde oscuro. O al menos eso pensaba yo en las penumbras de mi estudio. Esperé con una paciencia inventada a que el contenido de la marmita se enfriara y luego lo traspasé a una pequeña botella. Antes de poner el tapón busqué entre papeles y lienzos cubiertos de fórmulas y símbolos el gotario, lo llené y guardé la botella en un discreto cajón tras el estante. Fui a la sala adyacente, sosteniendo la vela que a cada momento amenazaba apagarse. En la oscuridad, los animales embalsamados, los restos de esqueletos, las calaveras de pequeñas bestias que recordaba haber limpiado yo mismo me miraban con expresiones lastimeras y siniestras. En el rincón estaba la jaula de las ratas. Cinco o seis se hacían compañía, moviéndose en silencio en el poco espacio de que disponían, agitando sus narices y sus bigotes al percibir mi presencia. Tomé una jaula pequeña que estaba vacía y dejé la vela en el piso, junto a la jaula grande. Me arrodillé, abrí la puerta, y con una repulsión que me costó vencer, introduje mi mano y logré atrapar una rata mediana, de larga cola, que agitaba sus patas traseras al sentir la presión de mis dedos.
Sentí los músculos de mi brazo agarrotarse, sentí mis dedos crispados en un gesto que se obligaba a no hacer presión al ratón, al mismo tiempo que luchaba por no dejarlo ir. Logré con mucho esfuerzo controlarme y dejar la rata dentro de la jaula pequeña. Volví a mi mesa de trabajo mientras era fijamente observado por el animalejo. Puse la jaula a un lado, mientras buscaba el gotario. Ahora tendría que repetir el esfuerzo. Si no hubiera despedido a mi asistente cuando comencé a estudiar estos asuntos, ahora sería él quien estaría ocupado con la rata. Pero mi Señor no quería a nadie cerca, no quería más narices husmeando en mi trabajo que las de estas alimañas asquerosas. Con repulsión sostuve al animal por la parte alta de su espalda. Con repulsión logré hacer presión sobre sus mandíbulas con mis dedos índice y pulgar, y con mayor repulsión aún logré acercar el gotario a su oscuro hocico. Vertí todo el contenido y luego aflojé la presión de mis dedos. Volví a meter a la rata en la jaula, y alcancé a ver de reojo que se relamía y rascaba sus bigotes. Me asomé a la alta ventana. Miré las estrellas en el cielo que apenas comenzaban a palidecer. Ya se acerca el amanecer, pensé. Lavé mis manos en la palangana y me acomodé en mi cama. ¿Cuánto tiempo dormí? No lo sé. Pero pese a los lamentos de mi estómago que no recibía alimentos hacía ya demasiadas horas, mis primeros pensamientos fueron para la rata. Me acerqué a la mesa y allí estaba, enrollada en un rincón de su prisión. Pensé que había muerto, que todo el trabajo había sido un fracaso, y que una vez más debía recomenzar. Pero no. Al mirar con mayor detención vi su vientre cubierto de hirsutos pelos del color del barro agitarse con cada respiración. Salí de mi sala de trabajo y recorrí los pasillos de piedra hasta llegar a la cocina. Respondí con cortesía a los saludos de las sirvientas, y me senté ante un plato de caldo caliente. ¿Y si hacía la prueba ahora? Mejor esperar para estar seguro. La noche sería un buen momento. Volví a mi habitación, y como queriendo recuperar las horas de sueño derrochadas en estériles intentos los últimos meses, me volví a dormir.
Cuando desperté todo estaba a oscuras. Tuve que ir al pasillo a encender una vela, y con eso volver a iluminar la sala y encender la chimenea. La rata se movía nerviosamente. Tomé un saco, envolví con él mi mano, como un guante rústico, y abrí la jaula. Cuando tuve la rata en mi mano enrollé el guante a su alrededor. El animal se agitaba dentro del saco sostenido por mi mano. Lo apoyé en la mesa y luego, quizás recordando toda la repulsión que me producían sus congéneres, alcé mi mano y azoté el saco sobre la mesa una, dos, tres veces. Cuando lo solté, todavía se pudieron percibir un par de agitaciones de sus patas. Luego la calma, el silencio, la muerte. Metí el saco dentro de la jaula, lavé mis manos, y me volví a la cama, con la incertidumbre agitando mi cabeza.
No recuerdo con precisión lo que soñé durante esas horas. Sólo tengo imágenes sueltas de espadas y muertes, de persecuciones a caballo, las risas estruendosas de mi Señor, lamentos de mujeres, desgarros de ropas. Pero luego todo daba paso a risas femeninas, al sonido del vino llenando las copas, al metal de las copas rodando sobre el piso de piedra. Y a cada risa aparecía, en el cielo oscuro, una línea brillante que unía las estrellas en constelaciones delirantes. Una cabeza de medusa, un minotauro, un cíclope, una virgen que sostenía un niño de tres cabezas. Luego nuevamente las risas de las mujeres, el choque de las copas, las ropas desgarradas.
Desperté y corrí descalzo a la jaula. El saco se veía como lo había dejado. Suspiré lentamente el fracaso. Volví a vestirme, y antes de arrojar el contenido de la jaula a la basura, percibí los pequeños movimientos. La rata corría por todo el interior. Su expresión era la de siempre, como si las horas de mis sueños febriles hubieran sido las horas de su reposo. Busqué en la mesa de trabajo y encontré un plato donde quedaba algo de carne seca. Corté un trozo y lo lancé al interior de la jaula. Con sus pequeños dientes, terminó en segundos con la comida. Entonces corrí al estante, saqué la botella, y vertí la mitad de su contenido en una copa. Me bebí todo el líquido y subí corriendo a las habitaciones de mi Señor. Llegué casi sin respiración a su puerta. Los guardias dormían, pero despertaron con sobresalto al ver la extraña imagen que seguramente yo debía proyectar: vestido apenas con una sucia túnica blanca, con el largo pelo gris, con la barba blanca creciendo en desorden sobre el pecho.
— Necesito ver a mi Señor, les dije.
— El Señor ha dado orden de no ser molestado en toda la noche, me replicó el más joven de los guardias.
— Este asunto es de la más alta importancia para él— Quise hablar como si realmente fuera el sabio consejero del Señor Conde y no un fantasma de pordiosero. Ante su cara de total desconcierto, me atreví a dar dos fuertes golpes en la puerta. Me obligaron a retroceder con los mástiles de sus lanzas.
La puerta se abrió desde el interior. El Señor Conde nos miró a los tres, alternadamente. ¿Qué ocurre, Alvar? ¿Qué es todo este alboroto?
Los guardias se apresuraron a responder.
— Le dijimos, Señor Conde, que nadie debía molestaros en toda la noche, pero él insistió en llamar a vuestra puerta.
— Mi Señor, tengo grandes noticias, necesito que me acompañéis.
Don Ildefonso III, Señor de todas estas tierras, simplemente me miró en silencio. Volvió a su recamara, y luego apareció con su pesada capa sobre los hombros. Caminó tras de mí con su calma habitual. Yo lo guie por los pasillos y escaleras, hasta llegar a la torre que mira al oriente. El aire frío del amanecer nos recibió. Mi señor se arrebujó en su capa, mientras seguía caminando a mi espalda. Cuando llegamos a las almenas, me miró interrogativamente, creo que queriendo hacer notar que su paciencia, siempre breve, estaba llegando al límite que por las mañanas era todavía menor. Me asomé al borde, miré hacia abajo. Las rocas y las zarzas se amontonaban en esa parte del castillo. Nunca supe si eso era natural o había sido hecho así para evitar que invasores trataran de escalar por este lado. Miré al oriente, y vi la aurora despuntando a lo lejos.
— Es un hermoso amanecer, mi Señor Ildefonso.
— Así es, viejo Alvar, me contestó. Pero más te vale que me hayas despertado por algo más que un amanecer.
— Espero que sí, mi Señor— Entonces trepé con dificultad a la almena, miré el sol que apenas asomaba, y salté.
***
Cuando logré llegar de vuelta a la torre, con mis ropas hechas andrajos, mi señor don Ildefonso ya no estaba. Bajé de regreso a sus aposentos y los guardias de la puerta me miraron con una mezcla de sorpresa y reprobación. Déjenme pasar, les dije.
Don Ildefonso miraba por la ventana al sol redondo recostado en el horizonte. Dos mujeres dormían en su amplia cama. Cuando me vio se levantó, caminó hacia mí y me abrazó riendo.
2
Luego del abrazo, el señor Ildefonso quiso bajar a mis habitaciones. Hablamos largo rato de mis intentos, de mis esfuerzos frustrados, de mis noches de insomnio, de la rata que rondaba todavía en la jaula, alimentándose de los jirones de carne que le arrojaba.
— ¿Dónde está? —me preguntó de golpe.
Fui al estante donde los rollos acumulaban polvo y metí mi brazo entre la madera tibia y la piedra fría. Le extendí la pequeña botella.
Ildefonso miró a la rata un momento, con el frasco en la mano. Luego me miró a mí, miró mis ropas convertidas en andrajos, arrojó la tapa y se bebió de un trago el contenido de la botella.
Entonces tomó los papeles de la mesa y los arrojó al fuego.
— ¡Pero, señor! ¿qué hacéis? —le gritaba mientras él seguía buscando material para alimentar la chimenea.
— ¡Guardias! —gritó, y sus dos escoltas aparecieron en mi puerta —¡Quémenlo todo!
Ante mi resistencia uno de ellos me tomó de los brazos y me arrojó sobre la cama maloliente. El otro arrojó al fuego todo cuanto encontró. Hasta las obras de Heráclito, que un monje benedictino había copiado para mí, ardieron en el fuego, como quizás habría deseado su autor.
Cuando las lágrimas aún bañaban mi cara, Ildefonso se me acercó.
— Nadie más puede saber de esto. ¿Entiendes? Tu bálsamo es sólo tuyo y mío, de nadie más— Y abandonó la habitación seguido de sus guardias.
— Y de la rata— alcancé a murmurar entre sollozos, sin que él me escuchara.
Unos días después nos separamos en la puerta del castillo. Él montaba con sus mejores ropas. Yo sólo llevaba unas mantas y la jaula con la rata. Acordamos reunirnos en cierto lugar cada 30 años, hasta el fin de los tiempos, de nuestros tiempos. Me preguntó qué haría con mi inmortalidad.
— Buscar el conocimiento, le respondí. ¿Y usted, mi Señor?
— No lo sé aún, contestó. Supongo que buscaré guerras, mujeres. Sobre todo, guerra. Ahora que nada puede dañarme, recorreré los campos de batalla como un león hambriento— Y espoleando su caballo, se alejó seguido de sus dos guardias.
