El arte de aguantar

Había convertido el aguantar en su arte.
Pedro, el boxeador, alguna vez considerado el púgil más torpe e inútil de la historia, había terminado por convertirse en una leyenda.
Al comienzo, nadie quería medirse con él.
Había intentado, como todos los boxeadores, pelear hasta el agotamiento para ser campeón del mundo en su categoría. Pero un día se aburrió. Estaba en el ring, su oponente caminaba de lado, dibujando círculos a su alrededor, pensando si sería mejor llegar a su rostro por la izquierda o por la derecha. Pedro tenía las manos levantadas a la altura de las mejillas y miraba a su rival por debajo de las cejas, con las rodillas apenas dobladas. Y de pronto, había sentido una especie de cansancio. No de sus miembros, no de sus músculos. Algo parecía haber dicho basta, en un susurro inaudible. Bajó los brazos. El hombre que hacía unos segundos lo estudiaba con detalle, se sorprendió. Miró hacia su esquina, pensando que quizás no había escuchado la campana. Pero no, la pelea continuaba. Se acercó a Pedro y le conectó un gancho izquierdo. Pedro giró la cabeza. En sus ojos, el público parecía un tren que pasaba raudamente en una dirección y luego de vuelta. Volvió a fijar los ojos en su rival. Y este seguía sin comprender.
Pasaron tres asaltos así. El público abucheaba a ratos. Algunos le gritaban que se defendiera. En las pausas, su entrenador le preguntaba qué hacía, si se había vuelto loco. Y Pedro sólo respondía que iba a aguantar.
Cuando el público ya se aburría y su rival se cansaba, la pelea terminó. Pero Pedro no cayó. Ni siquiera se tambaleó. Recibió los golpes como si hubiera decidido hacerle honor a su nombre; como si hubiera decidido ser, aunque sólo fuera por esa noche, su propio nombre.
A partir de ese minuto, nadie quería pelear con él. Pensaban que estaba loco. Los pocos que aceptaban eran novatos cuyos representantes creían que así tendrían un buen entrenamiento. Además, como a nadie le interesaban mucho sus peleas, las ponían como anticipo de los combates que sí atraían al público. Peleas insulsas que servían para rellenar el tiempo en que la gente aún se acomodaba en sus asientos, aprovechaba de comprar algo de comer, hacía las últimas apuestas o iba al baño.
En ese intertanto, con el público yendo y viniendo, Pedro se mantenía de pie, en medio del cuadrilátero, recibiendo golpes de derecha, golpes de izquierda, un gancho, un uppercut, un swing. Todos los recibía. Su cabeza se bamboleaba un poco, pero luego volvía a mirar desafiante a su rival de turno.
Estos, en ocasiones, no sabían qué hacer. Si no hubiera sido boxeo, lo habrían pateado tratando de derribarlo. Alguno quiso, una vez, empujarlo con su cuerpo contra una esquina, para poder golpearlo apoyado en el poste, pensando que así lo podría derribar. Entonces Pedro recordaba que era boxeador y no sólo el mejor recibidor de golpes de la historia, y devolvía los empujones con golpes de sus puños. Sus guantes hacían un sonido sordo contra las mandíbulas del oponente, contra sus pómulos o sus cejas, y entonces entendían que Pedro quería estar al centro del ring y allí recibir las olas de puños que buscaban hacerlo caer. Pero él no caía.
De pronto la gente comenzó a interesarse. Algunos llegaban al estadio más atraídos por Pedro que por la pelea de fondo. Comenzaron a hacerse apuestas. ¿Caería o no caería? ¿Hasta qué round aguantaría?
Siempre perdía, pero siempre perdía por puntos. Y poco a poco su nombre iba convirtiéndose en leyenda.
Pasó de ser Pedro, el peor púgil de la historia, a ser Pedro “La Piedra”, el-que-no-puede-ser-derrotado, el-que-no-puede-ser-noqueado.
Cuando algún rival se cansaba o parecía sentir algo parecido a la lástima, Pedro se encargaba de despertarlo. Cinco o seis golpes. Con la izquierda en las costillas, con la derecha en las mandíbulas. El rival comprendía que no era un juego, que no era un tarado que no supiera pelear, sino simplemente un hombre que quería aguantar.
Aguantar. Resistir. Sobrellevar. Soportar. Tolerar. Faltaban sinónimos para los periodistas que cubrían las peleas. Faltaban palabras para los relatores de sus peleas. Así que apelaban a las metáforas obvias. Jugaban con el supuesto significado de su nombre, piedra. Decían que parecía un acantilado resistiendo las olas. Que los golpes de sus rivales parecían gruesas gotas de lluvia cayendo sobre los muros de un edificio. Pero por muy gruesas que fueran las gotas, el edificio las agradecía como si descansara del verano.
En sus momentos de mayor gloria, hasta los campeones del mundo comenzaron a fijarse en él. Pedro, el peor púgil de la historia, se convirtió en el mayor desafío para todos ellos. Todos querían noquearlo. Todos querían derribarlo. Todos querían verlo tendido en la lona mientras el referee contaba al ritmo de algún corazón desfalleciente. Pero ninguno lo conseguía.
Empezaron a llegar ofertas interesantes. Teatros en Las Vegas. Su representante contaba los billetes con un brillo de delirio en los ojos. Pedro perdía siempre —por puntos— pero comenzaba a amasar una pequeña fortuna.
Y, sin embargo, eso no le importaba. Miraba con desdén las cifras que le mostraba su representante. Miraba con desdén a las mujeres que se le acercaban buscando seducirlo. Miraba con desdén las marcas que querían vender sus productos colgados de la imagen de invencible resistencia.
En cambio, sonreía cuando en el diario aparecía su foto y al lado la palabra “imbatible”. Leía con avidez las crónicas que hablaban de su sobrehumana tolerancia, de su capacidad heroica de aguantar golpe tras golpe.
Y así está, hasta hoy. Parado siempre en medio de un ring. De pie en el centro de un cuadrilátero, con sus puños envueltos en los guantes rojos, al lado de sus muslos, con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a su rival por debajo de las cejas, recibiendo un golpe y luego otro y luego otro más, con una sonrisa que apenas se dibuja en sus labios.

Mérope y Sísifo

«Hay que imaginar a Sísifo feliz» — Albert Camus

— Quisiera ver agua, dijo Mérope — me gustaría ver agua corriendo todo alrededor.

Entonces él cerró los ojos. Como siempre le pasaba cuando tomaba su mano, vio todo transfigurado. Las calles de Corinto, secas y amarillas, le parecieron arroyos. Los muros de las casas, pálidos, eran ahora bosques de olivos. Las ventanas cuadradas, para él, semejaban volantines de muchos colores que se elevan al cielo. Los techos, rojos de greda, se mostraban a sus párpados cerrados como prados verdes de pastos altos donde la brisa corría fresca y húmeda.

¿De dónde sacar agua? pensó entonces Sísifo. Por su ciudad no corrían manantiales. No había un canal que desviar, no había un pozo que pudiera convertirse en fuente, no había un torrente que transformar en juegos que saltan y gotas que vuelan para posarse en la cara de las gentes y que inundan el aire de pequeños arcoíris.

Entonces recordó lo que había visto en el bosque el día anterior. Mientras Mérope descansaba en el palacio —ese palacio que él consideraba una choza triste para su esposa, una de las hijas de Atlas, destinada a recorrer el cielo con su luz y, sin embargo, enamorada de él— había salido a recorrer el bosque. Caminó por horas, con el arco en la mano, las flechas en la espalda. Había visto un par de ciervos, pero eran tan jóvenes a sus ojos, apenas unas sorprendidas miradas que descubrían el mundo, que no se atrevió a tensar la cuerda, a curvar la madera, a lanzar la pluma y el bronce que cortaran esas vidas que comenzaban a palpitar. Se acercó al pequeño lago donde el río reposaba de su correr, donde tomaba nuevas fuerzas para otra vez lanzarse, cascadas abajo, hacia su amante el mar. Dejó el arco a un lado, puso una rodilla en la tierra, se inclinó con ambas manos juntas, recogió el agua y refrescó con ella su cara y su boca y su garganta. Entonces vio a Egina. La ninfa bailaba en el agua con sus pechos al sol. La ninfa cantaba la luz y el verde de los árboles. Su canto se confundía con el sonido del agua. Hasta que apareció Zeus. Sísifo recogió su arco y retrocedió a esconderse tras la primera fila de árboles. Del otro lado, el portador de rayos miraba a la ninfa con una sonrisa atravesando su barba, con sus manos abrazando las grebas. Entonces le habló a la ninfa. No fue posible, para Sísifo, oír las palabras y comprender su sentido. Pero vio que la siempre joven Egina se sonrojó. ¿Rabia, pudor, deseo? Se acercó ella al medio del lago, como queriendo huir. Zeus se levantó y le tendió la mano. La ninfa más se alejaba. La frente del dios se convirtió en líneas profundas y surcos aparecieron entre sus ojos. Sísifo pensó que la tormenta haría arder el bosque. Zeus, el acumulador de nubes, atravesó caminando el lago, tomó a Egina de su muñeca, y la alzó sobre la superficie del agua. La rodeó con sus brazos olímpicos, la apretó contra su pecho y luego volvió a la orilla. Y así, caminando entre los árboles con la ninfa trastabillando detrás de él, desapareció en la espesura.

Todo eso recordaba Sísifo mientras pensaba en el deseo de su mujer. Entonces la besó, acarició su pelo que se derramaba en cascadas ondulantes a ambos lados de su cabeza y le pidió que lo esperara, que pronto volvería.

Recorrió el bosque como el día anterior. Volvió a pisar los mismos senderos, volvió a internarse entre la hierba y los arbustos, esquivando los troncos que elevaban sus altos brazos al cielo.

Cuando llegó a la orilla del lago se arrodilló otra vez frente al espejo infinito, bebió de sus aguas calmando la sed, calmando el ardor que sentía en todo su cuerpo. Entonces gritó. El nombre de Asopo, dios de esas aguas, resonó por todo alrededor. ¿Cuántas veces repitió Sísifo el nombre del inmortal? Tantas veces como aparecía el rostro de su esposa en su memoria. Hasta que el dios se dejó ver. Sus cabellos y su barba se parecían a la blanca espuma que forma el agua en la orilla de los lagos. Sus ojos lucían profundos como se ve el mar al atardecer. Su coraza era del color de las algas que bailan incansables en el fondo del agua, acariciando a los peces que parecen ansiosos de recoger todo con sus bocas.  Y, sin embargo, pesadas gotas atravesaban su cara.

–¡Asopo, señor de estas aguas! A ti te saludo –dijo Sísifo, mientras miraba la arena oscura y las suaves olas que llegaban a reposar bajo sus ojos.

–¿Qué quieres de mí, Sísifo, fértil en recursos? ¿Acaso vienes a regocijarte de mi desgracia, ahora que he perdido a la hija que era la alegría de mí y de estos ríos y estos lagos?

La voz parecía el rugido de las cascadas. La voz parecía el sonido de la pesada lluvia de invierno sobre la superficie calma del lago. La voz parecía un temblor en la tierra, el bramido de un toro puesto a correr sobre el agua, entre los árboles, sobre el camino que los hombres creen conocer.

Entonces Sísifo le habló de su hija disfrutando del agua del atardecer, le habló de su pérdida, de su ausencia que, por ser una ausencia amada, parecía eterna pese a las escasas horas que los hombres podían contar.

—Puedo decirte, oh, señor, quién ha raptado a Egina, alegría de estas fuentes.

Asopo se alzó más alto sobre las aguas. Las albas espumas anunciaban a Sísifo los pasos que se acercaban a él.

—Pero, mi señor, como sabrás, todo tiene su precio. Puedo decirte qué ha pasado con Egina, siempre y cuando mis condiciones se cumplan.

La tierra vibró. El lago pareció levantarse contra Sísifo. Una ola de esmeraldas y de algas que revolotean como mariposas se paró frente a él.

—¿Cuál es tu precio, Sísifo hijo de Eolo?

Recién entonces el rey de Corinto se atrevió a alzar la vista. Sabía que la partida ya estaba ganada. Tendría el regalo para su esposa.

—Quiero una fuente en medio de Corinto. Quiero que tus aguas salten alegres como la sonrisa de Mérope, quiero que canten mientras corren como si la voz de Mérope fuera recién escuchada por el mundo, quiero que su superficie brille con la profundidad de los ojos de Mérope. Eso quiero, señor.

Asopo levantó las aguas con su mano. Las hizo saltar y cantar y brillar y jugar entre sus dedos.

—Poco pides si conoces la desgracia de mi hija. Habla ahora y Mérope verá siempre en su patio el reflejo de su risa.

Entonces Sísifo le relató todo lo que había visto el día anterior. El baile de Egina entre las aguas, la mirada de Zeus y su mano terrible sosteniendo el brazo de la ninfa, la huida entre los árboles.

Asopo frunció el ceño aún más, si eso era posible. Con sus brazos hizo formar un remolino alrededor de sus pies, y comenzó a alejarse.

—Descansa esta noche en tu cama, y por ningún motivo salgas —fue lo último que Sísifo alcanzó a escuchar.

Luego que Asopo desapareciera remontando el río en dirección al Olimpo, un águila alzó su vuelo desde un árbol cercano. Era un águila enorme. Sus alas extendidas abarcaban el doble o quizás más que las alas de sus hermanas corrientes. Sísifo adivinó quién sería el dueño de esa mascota. Sabía que el portador de la égida sabría pronto quién lo había delatado con el padre de la ninfa.

Y pese a eso, pese a las desgracias que pudieran venir, de sólo imaginar la sonrisa de Mérope al amanecer, se disipaban las nubes en su frente y caminaba alegre y erguido cruzando el bosque.

Por la ventana escuchó ruidos en el patio, durante la noche. Miró a Mérope, que descansaba a su lado. La frente limpia, como si el mundo se hubiese diluido. Los labios apenas separados, dejando salir el aire que Sísifo se habría bebido. Recorrió con la mirada sus formas dibujadas por las mantas. Escuchó un suave rumor en el patio, un sonido ligero y calmo como el que escuchara en su excursión de la tarde. Sonrió. Posó la mano en la cadera de su esposa y se volvió a dormir.

La mañana los despertó con gritos de júbilo en el patio. Nadie sabía cómo ni de dónde había salido, pero allí estaba. Con sus cinco o seis metros de diámetro, con una columna al centro sobre la que descansaba una pálida reproducción de Mérope que, con una jarra, dejaba caer un abundante chorro que se convertía en música antes de caer en la fuente.

Sísifo tomó la mano de su mujer y la llevó al balcón. En el centro del patio estaba la recompensa de Asopo. Mérope rió. Y el sonido de su risa se confundió con el sonido del agua. El hijo de Eolo supo entonces que la hija de Atlas era feliz. Y que su risa le daba luz al agua, que destellaba en reflejos plateados bajo el sol temprano.

Pasaron días, semanas y algunos meses. En las tardes, al volver de la cacería o de resolver otros asuntos, Sísifo encontraba siempre a Mérope sentada en el borde de la fuente, paseando sus dedos en la superficie del agua, o bien cantando a las aves que se acercaban, o bien peinando sus largos cabellos que brillaban.

Hasta que un día hubo ruido en palacio. Las gentes corrían a esconderse. Sísifo se asomó al patio, se paró frente al portal y vio llegar a un hombre oscuro de manto negro como la más negra noche, como esas noches en soledad en que ni los recuerdos parecen escapar de la negrura. Sabía el rey quien era su visitante. Sabía que la espada que sostenía estaba de más. La guardó, se acercó y saludo con una ligera reverencia.

—¿Qué buscas en mis dominios, oscuro Tánatos?

La muerte levantó un dedo largo y huesudo para apuntar a Sísifo. A ti, contestó. Acusado por el mismísimo padre de los dioses de ser un traidor.

Sísifo miró el dedo.

—¡Qué delgado se te ve! Se nota que no has comido bien, últimamente. Supongo que no tienes prisa. Pasa, come, bebe y descansa un poco antes que emprendamos la marcha.

Tánatos quedó desconcertado. Acostumbrado a recibir quejas y llantos a su llegada, acostumbrado a recibir insultos y reclamos, no sabía qué responder ante la invitación de su próxima víctima.

Pero Sísifo ya caminaba hacia el salón, empujándolo suavemente por el hombro, con la mayor cortesía, mientras conversaba con una sonrisa.

La muerte se sentó frente al rey. Este hizo que trajeran comida y bebida. Al llegar el vino, lo probó y lo devolvió.

—¿Es que no se dan cuenta el honor que tenemos al recibir a este invitado? ¿Quieren hacer quedar mal a todo Corinto frente a Tánatos, sentado en nuestra mesa? ¡Traigan el mejor vino!

Los sirvientes corrieron, alegres de alejarse. Luego volvieron, arrastrando los pies como quien se dirige a un destino que no desea. Llenaron las copas, dejaron la jarra y se alejaron corriendo.

Sísifo hizo un brindis alabando a su visita. La muerte bebió. Hacía tanto tiempo que nadie le ofrecía una copa, hacía tanto tiempo que no probaba el vino, que ya casi había olvidado su sabor.

Bebió entonces, con alegría juvenil mientras el hijo de Eolo hablaba sin parar. Le contó cientos de historias que la muerte ya sabía, le habló de cosas que eran misterio para los hombres, pero no para ella. Preguntó por Mérope, la muerte, pero Sísifo no quiso hablar de ella frente a su invitado. Pidió que volvieran a llenar la jarra. Varias veces. La muerte cabeceaba. Parecía escuchar con la cabeza inclinada, que sólo erguía para volver a llevar la copa a sus labios siempre secos y descarnados.

Sísifo seguía con sus peroratas, dibujando formas en el aire con sus manos. Hasta que la negra muerte cruzó sus brazos sobre la cubierta de la mesa y, apoyando en ellos su cabeza cubierta con el manto oscuro, se durmió.

Sísifo esperó unos minutos. Se bebió una copa, la primera desde la llegada de su invitado y salió rumbo a la herrería. Hizo detener los martillazos del corpulento hombre cubierto con un delantal manchado. Lo hizo tomar los grilletes y las cadenas más fuertes que tuviera y le pidió que lo acompañara, en el más completo silencio.

El herrero, hombre de ánimo fuerte, vio a la muerte dormida. Su estómago quiso salir huyendo, perderse en los bosques cercanos y no volver hasta que el visitante se hubiera alejado. Pero empujó a su voluntad y siguió las instrucciones de su señor.

Cubrieron los tobillos de la muerte con grilletes. Enrollaron cadenas en su pecho. Y allí la dejaron, entre sueños negros y rabiosos.

Sísifo reía. Ahora tendría todos los amaneceres en el balcón con Mérope, escuchando su risa de fuente, mirando el agua saltando como su alegría.

Cuando Tánatos despertó, llamó a gritos a su anfitrión. Sísifo, absorto en la belleza y en la conversación de Mérope, no lo escuchó. Tuvieron que correr a avisarle unos sirvientes, asustados ante los terribles bramidos del visitante.

La furia de la muerte cambió en desesperación al ver que no podía desatarse. La risa de Sísifo aumentaba. Los gritos de furia mudaron a súplicas y ruegos. El hijo de Eolo escuchó imperturbable.

Pasaron días y semanas y algunos meses con la muerte encadenada en el salón de Corinto. Se le dio comida y bebida.

Hasta que Hades llegó al Olimpo, a quejarse con su hermano, el que amontona las nubes. Nadie estaba muriendo en la tierra, nadie llegaba al reino del inframundo. Caronte no tenía pasajeros para su barca y Cancerbero se pasaba los días durmiendo, roncando por sus tres narices y sus tres bocas.

Supo Zeus entonces de las artimañas de Sísifo. Furioso como si los rayos fueran a salir de sus ojos, envío a su hijo Ares a rescatar a la muerte.

Retumbó el Olimpo bajo las sandalias de Ares, negro como la muerte, iluminado sólo por el brillo de su espada que parecía guiarlo y empujarlo a la casa de Corinto.

Mérope lloraba, desconsolada. Sísifo veía la separación eterna y hacía hervir su cabeza en planes e ideas para postergarla.

La espada de Ares cortó las cadenas y grilletes como si fueran de papel. La muerte se levantó. La pareja se abrazó.

Todos en el salón sabían el final antes que Ares lo rugiera. Ahora, la muerte liberada debía llevar a Sísifo a los reinos de Hades. Los esposos se besaron y se abrazaron. Se besaron y se abrazaron como la primera vez en el bosque, bajo las ramas de un árbol cuya imagen recuerdan, pero cuyo nombre han olvidado.

Entonces Sísifo susurró pidiendo a su reina que no hiciera las exequias ni ritos fúnebres. Él no estaba muerto, todavía. Él volvería.

Se vio a la muerte salir de Corinto con Sísifo atado a su lado. Se vio a Ares subir al Olimpo, de regreso a los banquetes que no tienen fin. Se vio a Mérope llorando en el balcón, como si sus ojos fueran la fuente con la que comenzó esta historia.

Largos meses caviló Sísifo en el reino de los muertos. A veces hablaba con Hades y su esposa. A veces hablaba con algún otro hombre cuyo espectro se cruzaba en su camino. Pero siempre había una sola imagen en sus pensamientos. Mérope, bailando y sonriendo junto a la fuente de Corinto. Sus pechos pequeños y levantados, su cuello grácil, su cintura que tantas veces abrazó, sus caderas delgadas y firmes que parecían buscarlo, sus piernas alargadas y torneadas. Sentía, durante los largos días y las largas noches, un cosquilleo en la yema de los dedos, como si la piel de Mérope lo llamara. Sentía, cuando a veces lograba dormir, la voz susurrante de su mujer que le pedía que la abrazara. Todo su día era recordar a Mérope. Toda su noche era soñar a Mérope.

Comenzó a hablar con Perséfone, un día. Comentaron las exequias de algún muerto recién llegado. Así habla el amor de una esposa, dijo la reina del inframundo, así habla el deber de una esposa.

Sísifo, sin mirarla, le dijo que esa sería su última voluntad: ascender una vez más a la tierra de los vivos, sólo una vez, para castigar a su esposa por no haber hecho los rituales, por haberlo enviado al Hades sin una despedida, sin una flor, sin una hoguera. De no haber sido por Tánatos, que no quería volver a verlo y se hizo cargo del pasaje, ni siquiera habría tenido con qué pagar al barquero.

Perséfone, ante la pena dibujada en el rostro de Sísifo, sólo apretaba los labios.

Cada vez que veía a la reina, Sísifo se encargaba de volver a hablar, de alguna manera, de la impiedad de su esposa. Perséfone callaba y pensaba.

En el lecho real, la reina pidió la opinión de su rey. Hades estaba de acuerdo con Sísifo. Una esposa impía debía ser castigada. Si Mérope no había cumplido con los rituales, debía ser castigada. Pero luego se durmió. Perséfone concluyó que su plan era el correcto.

Al día siguiente se acercó a Sísifo. Le entregó un salvoconducto para llegar a la superficie, le dio las indicaciones del camino a seguir.

El rey de Corinto caminó alegre y ligero por todos los caminos. Las cosas monstruosas que vio le parecían ridículas pensando en su reina, a la que volvería a ver, cuya sonrisa bebería una vez más, en cuyos ojos se perdería cada día. Podía sentir, mientras ascendía, el calor de su piel en sus manos, el calor de su abrazo, el calor de su vientre pegado al suyo. Y así llegó a las puertas de su ciudad.

Algunos se alegraron de verlo. Otros se alejaban mirando el cielo, esperando ver algún otro prodigio que anunciara la catástrofe y el fin del mundo.

Pero nada de eso ocurrió.

Todo el pueblo los vio junto a la fuente. Mérope fundida con Sísifo en un abrazo que parecía más fuerte que las cadenas que habían detenido a la muerte, meses atrás.

La reina sonreía, con sus ojos brillantes y húmedos; brillantes y húmedos como corría el agua en la fuente que había sido la felicidad y la desgracia de esa casa.

Cuando Hades se enteró, miró a su esposa con el ceño fruncido. Pero luego la abrazó y le sonrió. ¿Quién podría enojarse con la verde primavera? Esperó pacientemente que Sísifo cumpliera su palabra y regresara a sus dominios.

Pero los días pasaron.

Y mientras Hades esperaba sombrío en su trono, Sísifo y Mérope caminaban por las calles de Corinto, recorrían los bosques alrededor, dormían abrazados en las noches y cumplían con los rituales. No con los rituales de la muerte que el rey había vuelto a castigar. No. Cumplían con los rituales de la vida, que en lugar de incienso tienen el aroma de la piel, que en lugar de plegarias tienen suspiros, que en lugar de cantos tienen gemidos y blasfemias, que en el lugar de velas y hogueras tienen el ardor eterno de los cuerpos.

Así fueron felices Mérope y Sísifo, por largos años.

El pelo cano de Sísifo se apoyaba en el de Mérope, junto a la fuente, al atardecer. El tiempo no había tocado el cuerpo de Mérope, que seguía danzando grácil junto a la fuente. Sólo se veían los años en su pelo, que relucía blanco y liso cayendo sobre sus hombros, como si la estrella que en realidad era, la menor de las Pléyades, comenzara a mostrarse.

Pero el cuerpo de Sísifo sí mostraba el paso de los años, las caminatas por el bosque, las batallas de su juventud, los meses en el inframundo. El cayado ya no lo sostenía. El fin comenzaba a llamarlo.

Mérope lloraba junto a la cama.

— No llores, le pedía el rey. Hemos sido felices, en esta tierra. Nos hemos amado y hemos florecido como la primavera, hemos dado frutos como el verano. Es hora ya que nos alcance el invierno. Cierto que habría sido mejor que la primavera durara para siempre, como se cree que dura la dicha de los dioses inmortales. Pero ¿quién conoce los pesares de sus almas? Celebremos lo vivido, guardemos los recuerdos, bendigamos la vida juntos. Es hora de partir.

Mérope, entre sollozos, besó la frente de Sísifo, besó sus labios acariciando su mejilla.

Le dijo, antes del final, que ya no quería la vida entre los hombres y que volvería junto a sus hermanas a navegar el cielo.

Así fue como, luego de las ceremonias fúnebres, nadie volvió a ver a Mérope sobre la tierra, la hermosa Mérope, la de la sonrisa de fuente, la de ojos como lagos.

Sísifo cruzó el Estigia. Caminó por el inframundo y terminó compareciendo ante Hades. El dios rugía. Llamas negras salían de sus ojos. Insultos, gritos, la rabia formando espuma en la comisura de sus negros labios. Entonces señaló una montaña. Y apuntó a una roca redonda que reposaba en su base. Señaló el castigo, el terrible castigo. El rey de Corinto debía llevar, cada día, la roca hasta la cima. Y, puesto que volvería a caer, debía repetir la tarea siempre, sin detenerse nunca, hasta el fin de los tiempos, hasta que el mundo cambiara su forma, hasta que la montaña se convirtiera en valle, hasta que el Hades se convirtiera en fiesta.

Sísifo caminó hasta su trabajo con pesar. Pero sabía que no había sido en vano. Si esa eternidad arrastrando una roca era el precio por haber vivido y gozado y reído junto a Mérope, volvería a hacerlo tantas veces como fuera posible.

Inclinó su cuerpo. Apoyó las manos y el hombro en la roca, y comenzó a empujar.

Al atardecer llegó a la cumbre, fatigado y cansado. Mientras la roca comenzaba lentamente a descender, se sentó. Suspiró mirando el horizonte.

Entonces vio. Entonces entendió.

Sobre el horizonte, en la noche, vio alzarse en el cielo una línea de siete estrellas. La última, la menor, apenas comenzaba a fulgurar, como si recién estuviese aprendiendo su papel.

Eran las hijas de Pléyone, ninfa de las aguas, y del titán Atlas, que sostiene el mundo entero en sus hombros. La séptima, la menor, parpadeó en el cielo. Sísifo supo que Mérope le sonreía.

Ante el desconcierto de Hades, bajo la sonrisa de Perséfone, cada día Sísifo reemprendía su tarea con una alegría que no se había visto en el inframundo. Empujaba y empujaba, sin pausa, sin detención. Ni el hambre ni la fatiga hacían mella en su sonrisa. Y al final del día, sobre el horizonte, siempre veía una séptima estrella, Mérope, la menor de las Pléyades, que le sonreía desde el cielo.

Entonces dejaba que la piedra descendiera.

Stultifera Navis

A su derecha (aunque creo que debiera decir «a babor», pero aún no me acostumbro a la jerga marinera, y bien podría ser «a estribor») pueden ver el lugar donde antiguamente se encontraba el Coloso de Rodas, y que hoy debe estar hinchado de tanto tragar agua en el fondo del mar, o bien volando por el firmamento en el que ya hace mucho tiempo desapareció. La seca costa de Africa, con sus aires de paisaje marciano, les saluda no muy amigablemente, mostrando sus colmillos sedientos de carne magra y fibrosa. ¡Yo no sé cómo estos africanos no han pensado en algún sistema para traer agua desde unos pocos kilometros más al sur, y así convertir estos polvorientos y retostados paisajes en un jardín que podamos enseñarle con más agrado y orgullo a los visitantes! No han aprendido nada de sus vecinos egipcios (a quienes no pueden ver, pero que pronto tendrán al alcance). Porque me han contado que estos señores fueron capaces de construir una zanja bastante aceptable, que lleva agua desde un lago que está al interior hasta llegar a este mar por el que navegamos, y lo usan como canal de regadio, además de parque acuático de diversiones para sus mascotas, que son unas lagartijas un tanto más grandes de lo habitual. Si les gustan los reptiles, pueden acercarse con toda confianza, una vez que hallamos llegado, y regalonear con sus ternuras y abrazos.
A su izquierda (o estribor, si lo prefieren) pueden ver las costas de Hispania, que vendría siendo una especie de amontonamiento de repúblicas chiquitas, donde cada una detesta a la vecina, y sin embargo, todos juntos (más o menos) siguen a su rey. Curioso, pero se han visto cosas peores.
¡Sal de ahí, grosero animal! ¡¿No tienes verguenza?! Perdón, pero ese que acaban de ver es un paciente, no recuerdo con precisión el diagnóstico con el que llegó, quien siempre sufre del estómago cuando el mar se alborota un poco, y no hemos podido quitarle la costumbre de asomarse por la borda para vomitar. Espectáculo desagradable y poco edificante, pero en realidad inofensivo.
Y puesto que les interesa, puedo comentarles que el que cuelga sus piernas de esa vela es nuestro más anciano paciente, quien ostenta el record de haber permanecido aquí más de 60 años. Comenzó a mostrar sus síntomas a edad bastante temprana por lo que nos acompaña, creo, desde los 14 años. Y desde entonces ha permanecido en nuestro barco, colgado principalmente de esas velas, excepto para sus humanas necesidades, de las que evidentemente no tenemos que hablar. Y desde allí nos alerta la proximidad de puertos, tormentas u otras naves que se acercan, y que son los únicos momentos en que emite sonidos. El resto del tiempo, como lo ven, dialoga con el sol en el idioma del sol, es decir, el silencio.
Al que ven sentado con la espalda apoyada en el mástil, es a quien llamamos «el librero». Si miran detenidamente, su regazo alberga 3 o 4 volúmenes, entre los que habitualmente hay una novela, un ensayo, un texto de poesía, y algún otro libro de un tema general. No contento con aquello, junto al mástil, dentro de aquel barril tan pulcramente limpio, podrían encontrar más de 50 libros ordenados alfabéticamente por autor, perfectamente conservados, tal como si hoy hubiesen salido de la imprenta. Lástima que sólo puedan ser consultados mientras el librero duerme, ya que si bien es un paciente tremendamente tranquilo, los arrebatos de furia que le vienen cuando alguien se acerca a menos de 2 metros del barril son practicamente incontrolables, y sólo se calman cuando «el invasor» retrocede hasta la línea que forman esas tablas sueltas en el piso.
Personajes acá hay más, cada uno con su historia y con sus manías (además del diagnóstico y el tratamiento), pero es un poco vergonzoso y humillante hablar de cada uno de ellos como si esto fuese un museo o una galería de arte, sobre todo considerando que tarde o temprano tendría que contarles mi historia, mis manías, mi diagnóstico y mi tratamiento… Mejor sigamos navegando, que a esta hora el viento que llega desde la proa refresca incluso el más lúgubre de los ánimos.

Entonces

Me digo a mí mismo pedalea y siento el ardor del verano en la cara, el calor mezclado con el aire que desliza el movimiento. Pedalea, me repito. Y entonces siento algo como un suspiro a mi lado y una bicicleta pasa y se pone delante de mí. Conozco ese pelo, esos rizos castaños que vuelan con el viento. Conozco esa bicicleta roja con flecos colgando de las manillas. Pedalea. La alcanzo. La miro. Le sonrío. Me mira. Se ríe. Se levanta del asiento, apoyada sólo en los pedales. Se muerde el labio. Mira hacia adelante. Vuelve a mirarme. Echa su pequeño delgado y frágil cuerpo sobre el manubrio y comienza a mover las piernas con frenesí. Vuelvo a reír. Miro las malezas, trato de ubicar la zanja por donde corre el agua, veo las casas de madera a lo lejos, los techos grises, con ladrillos encima, a ratos, para que el viento no se los lleve. Un caballo pasta en silencio, a la derecha. Entonces me levantó yo también. Entonces inclino todo mi cuerpo sobre el manubrio, entonces pedaleo con entusiasmo, como si un antiguo dios joven me poseyera, entonces la alcanzo. Nos miramos. Ella frunce el ceño y sus ojos parecen relampaguear. Acelera. Trato de seguirle el ritmo. Ella avanza entre las malezas, entre unas flores blancas cuyo nombre no conozco, entre las basuras que algunos borrachos han dejado. No soy capaz de mantener su paso. Su bicicleta empieza a ir delante de la mía. Ella mira hacia atrás, una línea entre las cejas. Me ve y mueve su bicicleta para que quede delante de la mía. Entonces, cuando mira atrás, recién entonces, vuelve a sonreír.

Instrucciones para dejar de fumar

Abra la cajetilla, o el paquete. Depende si usted ve la aurora de rosados dedos asomándose tras las montañas o desde el ancho océano.

Tome un cigarrillo. Póngalo entre sus labios, por el lado del filtro, y acérquele una llama al otro extremo.

Cuando las lenguas de fuego, cual espíritu santo, estén lamiendo el cigarrillo, aspire profundamente. Notará que su boca se llena de un humo caliente y espeso, como los vapores que deben manar de las fauces del infierno, o como si estuviera respirando sobre un geiser en medio del desierto.

Recuerde expulsar el aire. Después de unos segundos, ya no es agradable tener el humo retenido en la boca, además del grave peligro para su vida que significa olvidarse de respirar.

Debe repetir la inhalación y exhalación periódicamente. Puede expulsar el humo con fuerza hacia el cielo, cual chimenea de un barco listo para zarpar. Puede dejarlo escapar lentamente entre sus labios, o desde su nariz, como un toro de caricaturas que busca embestir al incauto que sostiene una capa roja.

Opcional: Puede quitar el cigarrillo de su boca de vez en cuando, sosteniéndolo entre los dedos índice y medio. O quizás entre el pulgar y el índice. Otras combinaciones de dedos son poco prácticas e incómodas.

Dije opcional, porque algunas personas prefieren tomar una postura de actor hollywoodense rebelde de los años 60, y fumar el cigarrillo de punta a cabo sin quitarlo de sus labios. No se recomienda para quienes poseen un abdomen abultado, por el riesgo permanente de recibir las cenizas en la cima y luego verlas rodar por una cuesta de tela y botones hacia el abismo.

Cuide que el humo no ingrese a sus ojos. Si llegase a ocurrir sentirá cierta irritación y una que otra lágrima se deslizará por su mejilla. Intenté entonces recordar alguna triste historia que contar a sus acompañantes, una de esas historias que harían llorar a una estatua de piedra y que todos llevamos dentro, en algún bolsillo del alma, para que vean que usted no es una bestia insensible y que también puede emocionarse, aunque sea a costa del humo en los ojos.

En cierto momento notará que la mayor parte del cigarrillo se ha convertido en humo y cenizas. Es momento de dejarlo. En caso contrario, empezará a sentir calor en los dedos que sostienen esa pequeña columna de placer que ya se agotó.

Tome el cigarrillo con la punta de sus dedos. Húndalo fuertemente en el cenicero, hasta que ya nadie pueda distinguir el límite entre las cenizas y el filtro ahora arrugado. Mire en lo que ha quedado convertido. Mire esa fugaz dicha convertida en un pequeño residuo maloliente y desagradable. Mire su propia ansiedad, calmada apenas por unos minutos, brevemente disminuida, y que ahora vuelve a crecer como un río alguna vez delgado y que ahora recibe de golpe los deshielos en primavera, o como las nuevas cabezas de una hidra que no muere, que nunca morirá.

Instrucciones para elevar un volantín

Se me acercó con una carrerita lenta y temblorosa, como cada sábado. Me quitó las bolsas saludando y comenzó a caminar en dirección a mi auto. Cuando llegamos abrí el maletero y pusimos las bolsas en su interior. El olor parecía bañarme mientras bajaba el portalón. El olor del apio, de los duraznos y los tomates, de la albahaca y el cilantro, el olor del limón y las manzanas.

Metí la mano al bolsillo y saqué el billete más pequeño que tenía.

—Gracias, hermanito, —me contestó con su sonrisa de vino, con sus ojos enrojecidos y sin embargo alegres. —¿no tiene un cigarrito que me regalé?

Saqué la cajetilla del auto y le estiré un cigarro. También tomé uno para mí. Encendí ambos y miré cómo se alejaba la pequeña y delgada nube de humo.

—Mire, hermanito, ¿qué es eso? —con el cigarro cimbrándose en sus labios, con la mano izquierda tomándome del brazo, apuntaba con su brazo derecho estirado hacia el cielo, en dirección al norte.

Seguí su vista. Algo de color azul brillante se elevaba lentamente.

—¡Qué lindo el volantín, hermanito! Yo cuando era cabro, con mi taita, encumbrábamos volantines. Y era tan lindo, hermanito.

No supe si su mirada se había puesto más febril que de costumbre o si era sólo el sol, el calor, el cigarro y la falta de una cerveza o una caja de vino.

—Yo era bueno pa’l volantín, hermano. Hacíamos nosotros mismos los volantines, con mi taita. Tenía un pavo que era mi regalón, con tres colores, bonito, con una cola roja. Hay que hacer bien los tirantes, hermanito, porque si no la cosa no funciona.

Expulsaba el humo, volvía a aspirar el cigarro, volvía a exhalar el humo. Y mientras hablaba movía las manos como si sostuviera un gran volantín invisible.

—Había que poner la mano así —me decía mostrando sus 5 dedos pegados, proyectados hacia el cielo— y ahí tomar la medida para hacer el hoyito de los tirantes. Los hacíamos con un palito de fósforo. Pero tiene que ser la misma medida a los dos lados, porque si no después se va ladeando y terminamos mal poh, con el pavo en el suelo.

Volvió a tomar mi brazo y sus ojos se clavaban enrojecidos en mí y me hacía respirar el olor a resaca y a tabaco. Recordé que mi padre no sabía elevar volantines, nunca me acompañó a levantar uno, menos aún me explicó cómo poner los tirantes. Un tío vivía con nosotros en esos tiempos, cuando yo tendría 5 o 6 años, y él sí me enseñó algo, y me llevaba a las canchas de fútbol, terrenos baldíos y desiertos a esa hora, cerca de la casa, para poder encumbrar sin riesgo de perder el volantín enredado entre los cables. Y ahora, la cara del hermanito me decía que no podía olvidar esas cosas, que debía conocer la distancia entre el eje del volantín y los tirantes, y lo decía como si fuera urgente, como si los años por venir dependieran de mantener ese trozo de papel con dos varillas en el cielo.

Yo aún miraba el cielo y el objeto azul brillante que flotaba a lo lejos.

—Nosotros hacíamos hilo curado. ¿usted sabe hacer hilo curado, hermanito? Pescábamos un tarro y derretíamos la cola. Entonces usted tenía que echar el hilo dentro del tarro, y le hacíamos un hoyito a un corcho, para pasar la punta del hilo. Teníamos que hacerlo entre dos. A veces lo hacíamos con mi taita, a veces lo hacíamos con mi hermano. Entonces uno iba pasando el hilo mojado con el pegamento por el corcho, entre dos postes, y el otro iba pasando el vidrio molido para que se pegara.

Parecía sostener en la mano un cartón o un papel doblado que contenía el vidrio molido. Recordé haber hecho esa maniobra alguna vez con un primo. Creo que fue la única vez. La cola caliente olía mal, un olor un poco rancio, o quizás un olor un poco parecido al del alquitrán en verano.

—¡Qué bonito el volantín, hermanito! —yo no estaba seguro, pero no quise contradecirlo para que continuara.

—Entonces echábamos comis con los otros cabros de la población. Y siempre los mandábamos cortados a todos. Una vez, me acuerdo clarito como si lo estuviera viendo ahora, que había un volantín chilenito, y parecía que en vez de hilo tenía alambre porque no había nadie que lo pudiera mandar cortado, y todos los que se le acercaban se perdían. Y los cabros corrían detrás del cortado, con unos palos largos, con ramas en la punta, para poder pescarlo.

Sí, lo había visto también. Un pequeño bosquecito de ramas que corrían por las calles de tierra. Muchachos sin polera, descalzos, con chalas, corriendo con ramas y palos para atrapar el volantín. Era tanto el entusiasmo que muchas veces la carrera no tenía sentido: generalmente el volantín terminaba desgarrado entre las ramas que trataban de conquistarlo. Algunos recogían las varas para hacer un nuevo volantín. Otros recogían el hilo que se venía arrastrando mientras el volantín caía y lo enrollaban en un pequeño ovillo que guardaban en un bolsillo. Otros volvían a sus pasajes y sus calles con la vista pegada al cielo, esperando ver otro pájaro herido que planeara en dirección al piso, otro pequeño Ícaro cuyas ambiciosas alas se habían acercado demasiado al sol.

Recordé una niña que una vez perdió su volantín. Una niña que lloraba con un trozo de hilo colgando de su mano, mirando como el volantín se perdía en el cielo, por sobre las casas, con un ligero vaivén, zarandeado suavemente por el viento, como una pluma que cae, como un sueño que se desvanece, como una esperanza que se pierde. ¿Habrá vuelto a encontrar esa niña su volantín, o seguirá esperando con sus ojos oscuros perdidos en el horizonte?

—Hasta que me topé con el chilenito. Cuando vio mi pavo de tres colores se acercó al tiro, así que empezamos. Yo le largaba el hilo a mi volantín, el otro también. Yo le recogía y salía disparado hacia arriba, y ahí el otro también. Le seguía largando el hilo, el otro trató de empezar a mover su volantín para enrollar mi hilo con el suyo. ¡Puta que me asusté, hermanito! Porque si me agarraba el desgraciado me lo iba a bajar.

Mientras me describía la batalla movía las manos a contraluz, como si una fuera su volantín y la otra fuera el chilenito. Una mano se alejaba y se volvía a acercar, y entonces la otra partía detrás, persiguiéndola.

—Oiga, hermanito —ahora me miraba fijamente, a pocos centímetros de mi cara.  —Eso no es un volantín, poh.

Efectivamente. Hacía rato yo había notado que no era un volantín, sino un globo azul metálico, con una cinta plateada que parecía una cola. Alguna niña, algún niño, había sostenido ese globo, y probablemente la cinta se había deslizado entre sus dedos. Ahora nosotros veíamos, terminando el cigarrillo, cómo el globo se elevaba lentamente, como si extrañara a alguien en la tierra y no quisiera volar, como el hermanito ahora extrañaba esos tiempos.

Con la cabeza gacha se dio la vuelta, en dirección a la feria. Lancé una frase a modo de despedida mientras me subía al auto. Por el espejo vi su andar lento y un poco inclinado.

Me alejé mirando el globo azul, que seguía suspendido sobre nuestras cabezas.

Acerca de

Era niño y viajaba en un tren de carga con mi padre y otras personas. Iba en la puerta trasera del último carro mirando las dos líneas que se perdían en el horizonte y las tierras que dejábamos atrás, mientras mi cuerpo oscilaba con el vaivén. Entre los bosques, los sembradíos, los ríos que atravesábamos, apareció de pronto un terreno en llamas. Pequeñas lenguas de fuego que se convertían en una nube blanca y pesada que cubría todo y picaba los ojos. Entré de vuelta, me acerqué a mi papá y le dije que afuera había un incendio y al parecer nadie hacía nada. Entonces él me explicó que luego de las cosechas, queman la tierra: así eliminan los restos de plantas muertas, enfermedades y bichos indeseables, regeneran los pastos y mejoran la producción de la próxima siembra.