Stultifera Navis

A su derecha (aunque creo que debiera decir «a babor», pero aún no me acostumbro a la jerga marinera, y bien podría ser «a estribor») pueden ver el lugar donde antiguamente se encontraba el Coloso de Rodas, y que hoy debe estar hinchado de tanto tragar agua en el fondo del mar, o bien volando por el firmamento en el que ya hace mucho tiempo desapareció. La seca costa de Africa, con sus aires de paisaje marciano, les saluda no muy amigablemente, mostrando sus colmillos sedientos de carne magra y fibrosa. ¡Yo no sé cómo estos africanos no han pensado en algún sistema para traer agua desde unos pocos kilometros más al sur, y así convertir estos polvorientos y retostados paisajes en un jardín que podamos enseñarle con más agrado y orgullo a los visitantes! No han aprendido nada de sus vecinos egipcios (a quienes no pueden ver, pero que pronto tendrán al alcance). Porque me han contado que estos señores fueron capaces de construir una zanja bastante aceptable, que lleva agua desde un lago que está al interior hasta llegar a este mar por el que navegamos, y lo usan como canal de regadio, además de parque acuático de diversiones para sus mascotas, que son unas lagartijas un tanto más grandes de lo habitual. Si les gustan los reptiles, pueden acercarse con toda confianza, una vez que hallamos llegado, y regalonear con sus ternuras y abrazos.
A su izquierda (o estribor, si lo prefieren) pueden ver las costas de Hispania, que vendría siendo una especie de amontonamiento de repúblicas chiquitas, donde cada una detesta a la vecina, y sin embargo, todos juntos (más o menos) siguen a su rey. Curioso, pero se han visto cosas peores.
¡Sal de ahí, grosero animal! ¡¿No tienes verguenza?! Perdón, pero ese que acaban de ver es un paciente, no recuerdo con precisión el diagnóstico con el que llegó, quien siempre sufre del estómago cuando el mar se alborota un poco, y no hemos podido quitarle la costumbre de asomarse por la borda para vomitar. Espectáculo desagradable y poco edificante, pero en realidad inofensivo.
Y puesto que les interesa, puedo comentarles que el que cuelga sus piernas de esa vela es nuestro más anciano paciente, quien ostenta el record de haber permanecido aquí más de 60 años. Comenzó a mostrar sus síntomas a edad bastante temprana por lo que nos acompaña, creo, desde los 14 años. Y desde entonces ha permanecido en nuestro barco, colgado principalmente de esas velas, excepto para sus humanas necesidades, de las que evidentemente no tenemos que hablar. Y desde allí nos alerta la proximidad de puertos, tormentas u otras naves que se acercan, y que son los únicos momentos en que emite sonidos. El resto del tiempo, como lo ven, dialoga con el sol en el idioma del sol, es decir, el silencio.
Al que ven sentado con la espalda apoyada en el mástil, es a quien llamamos «el librero». Si miran detenidamente, su regazo alberga 3 o 4 volúmenes, entre los que habitualmente hay una novela, un ensayo, un texto de poesía, y algún otro libro de un tema general. No contento con aquello, junto al mástil, dentro de aquel barril tan pulcramente limpio, podrían encontrar más de 50 libros ordenados alfabéticamente por autor, perfectamente conservados, tal como si hoy hubiesen salido de la imprenta. Lástima que sólo puedan ser consultados mientras el librero duerme, ya que si bien es un paciente tremendamente tranquilo, los arrebatos de furia que le vienen cuando alguien se acerca a menos de 2 metros del barril son practicamente incontrolables, y sólo se calman cuando «el invasor» retrocede hasta la línea que forman esas tablas sueltas en el piso.
Personajes acá hay más, cada uno con su historia y con sus manías (además del diagnóstico y el tratamiento), pero es un poco vergonzoso y humillante hablar de cada uno de ellos como si esto fuese un museo o una galería de arte, sobre todo considerando que tarde o temprano tendría que contarles mi historia, mis manías, mi diagnóstico y mi tratamiento… Mejor sigamos navegando, que a esta hora el viento que llega desde la proa refresca incluso el más lúgubre de los ánimos.

Entonces

Me digo a mí mismo pedalea y siento el ardor del verano en la cara, el calor mezclado con el aire que desliza el movimiento. Pedalea, me repito. Y entonces siento algo como un suspiro a mi lado y una bicicleta pasa y se pone delante de mí. Conozco ese pelo, esos rizos castaños que vuelan con el viento. Conozco esa bicicleta roja con flecos colgando de las manillas. Pedalea. La alcanzo. La miro. Le sonrío. Me mira. Se ríe. Se levanta del asiento, apoyada sólo en los pedales. Se muerde el labio. Mira hacia adelante. Vuelve a mirarme. Echa su pequeño delgado y frágil cuerpo sobre el manubrio y comienza a mover las piernas con frenesí. Vuelvo a reír. Miro las malezas, trato de ubicar la zanja por donde corre el agua, veo las casas de madera a lo lejos, los techos grises, con ladrillos encima, a ratos, para que el viento no se los lleve. Un caballo pasta en silencio, a la derecha. Entonces me levantó yo también. Entonces inclino todo mi cuerpo sobre el manubrio, entonces pedaleo con entusiasmo, como si un antiguo dios joven me poseyera, entonces la alcanzo. Nos miramos. Ella frunce el ceño y sus ojos parecen relampaguear. Acelera. Trato de seguirle el ritmo. Ella avanza entre las malezas, entre unas flores blancas cuyo nombre no conozco, entre las basuras que algunos borrachos han dejado. No soy capaz de mantener su paso. Su bicicleta empieza a ir delante de la mía. Ella mira hacia atrás, una línea entre las cejas. Me ve y mueve su bicicleta para que quede delante de la mía. Entonces, cuando mira atrás, recién entonces, vuelve a sonreír.

Instrucciones para dejar de fumar

Abra la cajetilla, o el paquete. Depende si usted ve la aurora de rosados dedos asomándose tras las montañas o desde el ancho océano.

Tome un cigarrillo. Póngalo entre sus labios, por el lado del filtro, y acérquele una llama al otro extremo.

Cuando las lenguas de fuego, cual espíritu santo, estén lamiendo el cigarrillo, aspire profundamente. Notará que su boca se llena de un humo caliente y espeso, como los vapores que deben manar de las fauces del infierno, o como si estuviera respirando sobre un geiser en medio del desierto.

Recuerde expulsar el aire. Después de unos segundos, ya no es agradable tener el humo retenido en la boca, además del grave peligro para su vida que significa olvidarse de respirar.

Debe repetir la inhalación y exhalación periódicamente. Puede expulsar el humo con fuerza hacia el cielo, cual chimenea de un barco listo para zarpar. Puede dejarlo escapar lentamente entre sus labios, o desde su nariz, como un toro de caricaturas que busca embestir al incauto que sostiene una capa roja.

Opcional: Puede quitar el cigarrillo de su boca de vez en cuando, sosteniéndolo entre los dedos índice y medio. O quizás entre el pulgar y el índice. Otras combinaciones de dedos son poco prácticas e incómodas.

Dije opcional, porque algunas personas prefieren tomar una postura de actor hollywoodense rebelde de los años 60, y fumar el cigarrillo de punta a cabo sin quitarlo de sus labios. No se recomienda para quienes poseen un abdomen abultado, por el riesgo permanente de recibir las cenizas en la cima y luego verlas rodar por una cuesta de tela y botones hacia el abismo.

Cuide que el humo no ingrese a sus ojos. Si llegase a ocurrir sentirá cierta irritación y una que otra lágrima se deslizará por su mejilla. Intenté entonces recordar alguna triste historia que contar a sus acompañantes, una de esas historias que harían llorar a una estatua de piedra y que todos llevamos dentro, en algún bolsillo del alma, para que vean que usted no es una bestia insensible y que también puede emocionarse, aunque sea a costa del humo en los ojos.

En cierto momento notará que la mayor parte del cigarrillo se ha convertido en humo y cenizas. Es momento de dejarlo. En caso contrario, empezará a sentir calor en los dedos que sostienen esa pequeña columna de placer que ya se agotó.

Tome el cigarrillo con la punta de sus dedos. Húndalo fuertemente en el cenicero, hasta que ya nadie pueda distinguir el límite entre las cenizas y el filtro ahora arrugado. Mire en lo que ha quedado convertido. Mire esa fugaz dicha convertida en un pequeño residuo maloliente y desagradable. Mire su propia ansiedad, calmada apenas por unos minutos, brevemente disminuida, y que ahora vuelve a crecer como un río alguna vez delgado y que ahora recibe de golpe los deshielos en primavera, o como las nuevas cabezas de una hidra que no muere, que nunca morirá.

Instrucciones para elevar un volantín

Se me acercó con una carrerita lenta y temblorosa, como cada sábado. Me quitó las bolsas saludando y comenzó a caminar en dirección a mi auto. Cuando llegamos abrí el maletero y pusimos las bolsas en su interior. El olor parecía bañarme mientras bajaba el portalón. El olor del apio, de los duraznos y los tomates, de la albahaca y el cilantro, el olor del limón y las manzanas.

Metí la mano al bolsillo y saqué el billete más pequeño que tenía.

—Gracias, hermanito, —me contestó con su sonrisa de vino, con sus ojos enrojecidos y sin embargo alegres. —¿no tiene un cigarrito que me regalé?

Saqué la cajetilla del auto y le estiré un cigarro. También tomé uno para mí. Encendí ambos y miré cómo se alejaba la pequeña y delgada nube de humo.

—Mire, hermanito, ¿qué es eso? —con el cigarro cimbrándose en sus labios, con la mano izquierda tomándome del brazo, apuntaba con su brazo derecho estirado hacia el cielo, en dirección al norte.

Seguí su vista. Algo de color azul brillante se elevaba lentamente.

—¡Qué lindo el volantín, hermanito! Yo cuando era cabro, con mi taita, encumbrábamos volantines. Y era tan lindo, hermanito.

No supe si su mirada se había puesto más febril que de costumbre o si era sólo el sol, el calor, el cigarro y la falta de una cerveza o una caja de vino.

—Yo era bueno pa’l volantín, hermano. Hacíamos nosotros mismos los volantines, con mi taita. Tenía un pavo que era mi regalón, con tres colores, bonito, con una cola roja. Hay que hacer bien los tirantes, hermanito, porque si no la cosa no funciona.

Expulsaba el humo, volvía a aspirar el cigarro, volvía a exhalar el humo. Y mientras hablaba movía las manos como si sostuviera un gran volantín invisible.

—Había que poner la mano así —me decía mostrando sus 5 dedos pegados, proyectados hacia el cielo— y ahí tomar la medida para hacer el hoyito de los tirantes. Los hacíamos con un palito de fósforo. Pero tiene que ser la misma medida a los dos lados, porque si no después se va ladeando y terminamos mal poh, con el pavo en el suelo.

Volvió a tomar mi brazo y sus ojos se clavaban enrojecidos en mí y me hacía respirar el olor a resaca y a tabaco. Recordé que mi padre no sabía elevar volantines, nunca me acompañó a levantar uno, menos aún me explicó cómo poner los tirantes. Un tío vivía con nosotros en esos tiempos, cuando yo tendría 5 o 6 años, y él sí me enseñó algo, y me llevaba a las canchas de fútbol, terrenos baldíos y desiertos a esa hora, cerca de la casa, para poder encumbrar sin riesgo de perder el volantín enredado entre los cables. Y ahora, la cara del hermanito me decía que no podía olvidar esas cosas, que debía conocer la distancia entre el eje del volantín y los tirantes, y lo decía como si fuera urgente, como si los años por venir dependieran de mantener ese trozo de papel con dos varillas en el cielo.

Yo aún miraba el cielo y el objeto azul brillante que flotaba a lo lejos.

—Nosotros hacíamos hilo curado. ¿usted sabe hacer hilo curado, hermanito? Pescábamos un tarro y derretíamos la cola. Entonces usted tenía que echar el hilo dentro del tarro, y le hacíamos un hoyito a un corcho, para pasar la punta del hilo. Teníamos que hacerlo entre dos. A veces lo hacíamos con mi taita, a veces lo hacíamos con mi hermano. Entonces uno iba pasando el hilo mojado con el pegamento por el corcho, entre dos postes, y el otro iba pasando el vidrio molido para que se pegara.

Parecía sostener en la mano un cartón o un papel doblado que contenía el vidrio molido. Recordé haber hecho esa maniobra alguna vez con un primo. Creo que fue la única vez. La cola caliente olía mal, un olor un poco rancio, o quizás un olor un poco parecido al del alquitrán en verano.

—¡Qué bonito el volantín, hermanito! —yo no estaba seguro, pero no quise contradecirlo para que continuara.

—Entonces echábamos comis con los otros cabros de la población. Y siempre los mandábamos cortados a todos. Una vez, me acuerdo clarito como si lo estuviera viendo ahora, que había un volantín chilenito, y parecía que en vez de hilo tenía alambre porque no había nadie que lo pudiera mandar cortado, y todos los que se le acercaban se perdían. Y los cabros corrían detrás del cortado, con unos palos largos, con ramas en la punta, para poder pescarlo.

Sí, lo había visto también. Un pequeño bosquecito de ramas que corrían por las calles de tierra. Muchachos sin polera, descalzos, con chalas, corriendo con ramas y palos para atrapar el volantín. Era tanto el entusiasmo que muchas veces la carrera no tenía sentido: generalmente el volantín terminaba desgarrado entre las ramas que trataban de conquistarlo. Algunos recogían las varas para hacer un nuevo volantín. Otros recogían el hilo que se venía arrastrando mientras el volantín caía y lo enrollaban en un pequeño ovillo que guardaban en un bolsillo. Otros volvían a sus pasajes y sus calles con la vista pegada al cielo, esperando ver otro pájaro herido que planeara en dirección al piso, otro pequeño Ícaro cuyas ambiciosas alas se habían acercado demasiado al sol.

Recordé una niña que una vez perdió su volantín. Una niña que lloraba con un trozo de hilo colgando de su mano, mirando como el volantín se perdía en el cielo, por sobre las casas, con un ligero vaivén, zarandeado suavemente por el viento, como una pluma que cae, como un sueño que se desvanece, como una esperanza que se pierde. ¿Habrá vuelto a encontrar esa niña su volantín, o seguirá esperando con sus ojos oscuros perdidos en el horizonte?

—Hasta que me topé con el chilenito. Cuando vio mi pavo de tres colores se acercó al tiro, así que empezamos. Yo le largaba el hilo a mi volantín, el otro también. Yo le recogía y salía disparado hacia arriba, y ahí el otro también. Le seguía largando el hilo, el otro trató de empezar a mover su volantín para enrollar mi hilo con el suyo. ¡Puta que me asusté, hermanito! Porque si me agarraba el desgraciado me lo iba a bajar.

Mientras me describía la batalla movía las manos a contraluz, como si una fuera su volantín y la otra fuera el chilenito. Una mano se alejaba y se volvía a acercar, y entonces la otra partía detrás, persiguiéndola.

—Oiga, hermanito —ahora me miraba fijamente, a pocos centímetros de mi cara.  —Eso no es un volantín, poh.

Efectivamente. Hacía rato yo había notado que no era un volantín, sino un globo azul metálico, con una cinta plateada que parecía una cola. Alguna niña, algún niño, había sostenido ese globo, y probablemente la cinta se había deslizado entre sus dedos. Ahora nosotros veíamos, terminando el cigarrillo, cómo el globo se elevaba lentamente, como si extrañara a alguien en la tierra y no quisiera volar, como el hermanito ahora extrañaba esos tiempos.

Con la cabeza gacha se dio la vuelta, en dirección a la feria. Lancé una frase a modo de despedida mientras me subía al auto. Por el espejo vi su andar lento y un poco inclinado.

Me alejé mirando el globo azul, que seguía suspendido sobre nuestras cabezas.

Acerca de

Era niño y viajaba en un tren de carga con mi padre y otras personas. Iba en la puerta trasera del último carro mirando las dos líneas que se perdían en el horizonte y las tierras que dejábamos atrás, mientras mi cuerpo oscilaba con el vaivén. Entre los bosques, los sembradíos, los ríos que atravesábamos, apareció de pronto un terreno en llamas. Pequeñas lenguas de fuego que se convertían en una nube blanca y pesada que cubría todo y picaba los ojos. Entré de vuelta, me acerqué a mi papá y le dije que afuera había un incendio y al parecer nadie hacía nada. Entonces él me explicó que luego de las cosechas, queman la tierra: así eliminan los restos de plantas muertas, enfermedades y bichos indeseables, regeneran los pastos y mejoran la producción de la próxima siembra.