Miró su reloj. La una con cuatro minutos. Le quedaban todavía casi siete horas de turno. Decidió tomar un poco de aire. Salió de la urgencia, recorrió la sala de espera, donde la madre de un niño que parecía desfallecer le miró con los ojos duros y los labios crispados, y llegó a la puerta. Caminó hasta la terraza de la cafetería, que a esa hora estaba cerrada, y quiso encender un cigarrillo. Lamentó haber dejado el hábito hacía ya tantos años. Hacía bien, pensó, huir de entre las camillas, los pitidos cansinos de las máquinas, gente que corría con objetos cuyo nombre él conocía desde demasiado tiempo, o gente que apenas podía levantar un pie del suelo para ponerlo delante del otro, las lágrimas de algún acompañante, las admoniciones de algún padre, y dejar que el humo se elevara de su boca hacia el cielo, como si con él se fuera el cansancio, el hartazgo, todas las horas entregadas entre esas paredes hostiles.
Sintió que algo parecido a un peso insoportable le aplastaba los hombros haciendo que sus brazos colgaran inertes junto a su torso, mientras sus piernas se sentían desconectadas, sordas a cualquier orden que quisiera darles.
Vio su reflejo en la ventana de la cafetería y pensó que era la imagen de un soldado derrotado. Mejor entregarse al enemigo. Al menos ellos le darían algo de comer y un rincón donde tumbarse a descansar. Aunque luego lo torturaran. Aunque luego jugaran con su cuerpo para conocer secretos que él no poseía.
Miró su reloj. La una con seis minutos.
El reloj. Concentró todo su cansancio y su desprecio en el reloj. Las agujas metálicas, la esfera que dejaba ver parte del mecanismo. Le pareció un insecto de metal que se alimentaba de él, de su vida, y que crecería sin parar hasta devorarlo por completo.
Era por ese reloj que su vida estaba como estaba, donde estaba. Se levantaba en las mañanas porque era la hora de levantarse. Dejaba la bata y tomaba las llaves de su auto para ir a casa porque era la hora de hacerlo. Comía porque era hora de comer. Descorchaba una botella y se servía una copa porque en una hora más sería la hora de dormir. El guion de sus días y sus noches lo dictaba su reloj.
Lo sacó de su muñeca, lo miró por última vez, recordó su alegría cuando lo recibió como regalo y lo arrojó con no mucha rabia a los matorrales cercanos. Ni de eso era capaz ya.
Entonces se dio cuenta de que no sólo eran las horas. También eran los días de la semana y las fechas. Día por medio, regar las plantas. Sábado, lavar la ropa y llevar a lavar el auto. Domingo, salir a caminar, comer en una terraza con un pisco sour, planchar las camisas, ver una película. Lunes a viernes, trabajar. El día 15 pagar los gastos comunes de su departamento. El día 5 pagar las cuentas del teléfono, la luz, el gas, el agua. El día de pagar impuestos, el día de ir al dentista, el día del supermercado, el día del… menos mal que no tenía pareja, sino quizás habrían consensuado, también, un día para el sexo.
Le habría encantado que fuera igual el 5 de octubre al 28 de marzo. O el 19 de abril al 16 de septiembre.
Pero para que fuera igual, para que diera lo mismo el calendario y el reloj, la agenda de la semana y la planificación del mes, tendría que dejar de vivir en su departamento, dejar el teléfono, olvidarse de las plantas, nunca más encender la luz del pasillo ni el tocadiscos, nunca más tomar un libro que fuera suyo, nunca más sentarse en una terraza ante un vaso lleno de jarabe de pisco y limón con una costra de espuma.
Miró al piso. Vio sus zapatos, el pantalón y la polera del uniforme de la urgencia. Miró su corte de pelo en el reflejo de la ventana. Su cara recién afeitada.
Habría querido verse distinto. Quizás unas zapatillas viejas, una de ellas sin cordones. Unos jeans gastados, con manchas de suciedad y aceite. Una camisa de un color indescifrable bajo una chaqueta de bolsillos rotos y solapa rasgada. Una barba de meses, de años. Una melena mezcla de café oscuro y líneas blancas, con un aire de animal salvaje acorralado.
Entonces comenzó a caminar.
Sentía una curiosa levedad. Inútil, innecesario, prescindible. Una libertad hecha de puro azar, hecha de una historia desconocida incluso para él y un futuro indecible incluso para las Moiras.
Y así caminó.
Por calles oscuras en medio de la noche. Atravesando un silencio apenas interrumpido, a ratos, por el suave deslizarse de un auto sobre el pavimento.
Ante un basurero se detuvo. Sentía hambre. Hurgó entre los restos y no encontró nada. Excepto un lápiz. Un lápiz rojo, con el nombre de alguna empresa y un botón en el extremo que hacía aparecer y desaparecer la punta. Lo probó en su mano y vio una línea de tinta imponiéndose a las manchas oscuras, a las costras, al borde negro de las uñas. Con una sonrisa lo guardó en su bolsillo y siguió caminando.
Encontró a un hombre que dejaba en la vereda bolsas de basura. Miró y entendió que había salido de un restorán ya cerrado. Esperó que el hombre se alejara y abrió una de las bolsas. Un vaso de cartón con restos de bebida, o quizás el agua del hielo derretido. Lo dejó a un lado. Siguió buscando. La mitad de un sándwich, un resto de carne y le pareció que eso era suficiente. Se sentó en la vereda, comió, bebió. Se levantó y volvió a caminar.
Llegó hasta los lindes del parque y vio el portal cerrado de una universidad. Le pareció un buen lugar. Se tendió bajo el arco de cemento y se acomodó para dormir. Tenía ganas de dormir, como si su cansancio no se pudiera medir.
Recién comido, recién bebido, tendido allí, sintiendo el aire fresco y verde de los árboles y el rumor de la brisa en las hojas, sintió una especie de satisfacción en todos sus músculos, en sus pulmones, en sus ojos. Una sonrisa parecía dibujada bajo la barba.
Había dormido muy poco cuando escuchó el alboroto. Cinco o seis jóvenes caminaban por el parque, con botellas de cerveza en las manos. Los escuchó reír, celebrar con gritos de júbilo dios sabría qué. Uno de los muchachos se detuvo a mirarlo. Entre gritos llamó a los otros. No entendía bien lo que se decían entre ellos, parados a su alrededor, como ángeles que guardaran su lecho rezando letanías en un idioma ya extinto.
Pero cuando sintió la primera patada en sus costillas pensó que los ángeles eran negros, ángeles de caos y muerte.
Sus oídos, zumbando como abejas en primavera, no lograban distinguir los insultos, los discursos, las risotadas. Apenas percibieron las zancadas apresuradas que se alejaban. Entonces pudo dormir un poco más.
Vio una luz mientras sentía su cuerpo sostenido en vilo por cuatro o seis manos. Vio destellos rojos y amarillos y un ulular de extraño animal en celo. Vio un tren de luces sobre su cara, avanzando desde su cabeza a sus pies. Vio un foco enceguecedor sobre sus ojos que apenas podía abrir. Suspiró. Se durmió otra vez.
El médico lo encontró cuando volvía de un descanso que le pareció demasiado breve. Vio ese montón de harapos cubiertos de sangre, la barba y el pelo pegoteados con una brea oscura y brillante. Pidió ayuda para desnudarlo.
Preguntó a una enfermera si podía afeitarlo y rasurarlo para poder examinar su cara, su cuello, su cráneo.
Mientras escuchaba el sonido de la afeitadora, mientras veía de reojo las matas de pelo encanecido que caían al piso pareciendo querer demorarse, examinó el resto del cuerpo. Cortes por todos lados, moretones entre las manchas de mugre, evidentes fracturas en los brazos y en las piernas. Como si un dios adolescente y rabioso se hubiese descargado sobre el vagabundo. Al escuchar la afeitadora detenerse, al escuchar a la enfermera decir “listo, doctor”, se volvió para examinar la cabeza.
Cuando vio las facciones se detuvo.
Cuando vio las facciones que la ventana de la cafetería le había mostrado apenas unos minutos atrás, entendió que no había forma de salvar a ese hombre.
Se levanta arrastrando las piernas para llegar al baño. Se sienta y enciende el primer cigarro del día. Entre el humo y los párpados que apenas levanta, ve borroso, pero a pesar de eso toma el grueso libro que dejó la noche anterior sobre el estanque. “Estoy llegando al final. Hace exactamente un año, en el mes de mayo, se presentó —¿irán a tomar la prueba hoy? ¿y si no voy?— nuestro inquilino para anunciar a mi abuela que debía regresar a Moscú —Moscú… preferiría mil veces tirarme en las arenas de una playa cualquiera, pérdida en las islas griegas… pero para eso hay que ganarse el loto o el kino…— por un año, ya que había resuelto los asuntos que aquí le trajeron. Al oírlo, palidecí y me desplomé como muerta —como muerta, como muerto, como muerto… eso es canibalismo o necrofilia…— en una silla. Mi abuela no se dio cuenta de nada; y él, después de declarar que dejaba la casa libre, saludó y se fue. ¿Cuál debía ser mi actitud? Tras de pensarlo mucho y de sufrir todavía más, acabé por decidirme. Como él se iba…” —mejor ducharse de una vez por todas, piensa. Tira el resto del cigarro en la taza y corre la cortina. Abre la ducha y se saca la polera. Se mete en la tina y siente el chorro de agua caer sobre su cabeza. Se agacha para tomar el frasco del champú y siente mil agujas tibias en su espalda. Se queda así un momento, poniendo champú en su mano y luego echándolo en su cabeza. Cuando tiene bastante espuma se la esparce en las axilas, en la ingle, en todo el cuerpo y comienza a dar vueltas dentro de la tina para que el agua le recorra por todas partes mientras una melodía le da vueltas por la cabeza. Hace días que la tiene ahí, encerrada en su cabeza, y no es capaz de hacerla salir. No puede anotarla, ha intentado desde hace días ponerle una letra para cantar mientras camina hacia el metro, pero no puede. Así que comienza a tararear. Tararán- tararán- tararán- tararán- tararán. Imagina las cuerdas de un bajo —ese que nunca ha tenido— marcando el tararán hasta el infinito, mientras él canta la letra que todavía no es capaz de escribir… “el único error, el que cometí una vez”… no, no calza. Cierra la llave y comienza a secarse, rápido porque siente el frío en la espalda. Se pone la polera con que durmió y se va a su dormitorio. Abre el cajón y saca un par de calzoncillos limpios, calcetines. Abre el closet y saca sus pantalones negros, la camisa gris oscura y, a última hora, decide tomar una camiseta. Se viste y luego va a la cocina. Pone el hervidor, toma su taza negra del mueble que cuelga de la pared y sigue repitiéndose la melodía en la cabeza. “Sin música la vida sería un error”, cita mentalmente y sonríe. Con música la vida es peor, piensa para él. Se prepara un sándwich, se sirve el café y come apoyado en el lavaplatos. Sólo escucha el leve ronquido de su padre en el dormitorio. Daniela. ¿Irá a clases hoy? Si no va, será un día perdido, piensa. Ir a la universidad a dar una prueba que no quiere dar, para la que no ha estudiado ni dos líneas, sólo por verla… sería un día tirado a la basura. Así y todo, da el último sorbo rápido al café y deja la taza para ir a su pieza, tomar su chaqueta, su bolso con libros, su libreta, sus discos, y sale de la casa. Camina al metro con los audífonos puestos, con el volumen al máximo, y canta como si estuviera solo en su dormitorio. “I’ve been waiting for a guide to come and take me by the hand / Could this sensations make me feel the pleasures of a normal man?” Dentro del vagón se calla. Mira a la gente alrededor, siente el olor a pelo mojado en algunas mujeres. Siente el olor a larga noche en otros. Mira a la gente alrededor y sólo ve caras somnolientas. Unos escuchan música, como él. Otros pocos leen. Mueve la cabeza, fuerza los ojos tratando de ver las portadas de los libros. Nada interesante. Imbéciles, piensa, leen mierda como si fuera palabra sagrada. Mira el diario de un anciano que va sentado junto a él. Nada interesante una vez más. Choques, políticos idiotas. Todos los días lo mismo. Todos los días nada. Finalmente se baja y camina con pasos largos a la universidad. Entra en su sala y ve a todos sentados con cara de buenos niños somnolientos que miran al profesor. Se saca los audífonos y se sienta en la primera silla que ve vacía. Tiene que volver a pararse para tomar la hoja que le estira el profesor. “Mierda”, dice moviendo apenas los labios, cuando comienza a leer las preguntas. Al menos escribe el nombre, al principio de la hoja. “Juan Cartes”. “Algún día mi nombre irá ligado a algo grande” recuerda haber leído en algún libro. Pero esa frase no ayuda a contestar las preguntas que lo miran burlonas desde el papel. De a poco, sin embargo, comienza a tener pequeños destellos de lo que ha escuchado hablar en clases. Y comienza a escribir guiándose más por la melodía que aún le da vueltas por la cabeza que por la idea de saber algo. Escribe una hoja. Pide otra al profesor. La llena en un par de minutos. Siente un dolor un poco más arriba de la muñeca por lo rápido que ha escrito. Pide una tercera hoja. Estira los dedos un poco antes de tomar aire y volver a largarse. Cuando termina, cuando ya le parece que habría sido capaz de escribir una vez más la biblia entera, pone “JC” a modo de firma al final de la hoja, se levanta con sus cosas en la mano y le entrega los papeles al profesor. Mientras sale puede ver las caras de sus compañeros que lo miran desde los asientos con algo de sorpresa. En el quiosco que está al medio del patio pide un café. Prende un cigarro. Mira el cielo que está sin ninguna nube, pero siente un escalofrío porque el sol no calienta nada y el edificio parece hecho para conservar el conocimiento a la temperatura más baja posible. Dos suaves golpes en el hombro. Hola, Juan. Mira a Rodrigo y sonríe. No te vi en la sala, le contesta. Se nota que no viste a nadie. Parecías un poseso. Caminan hacia una banca. Se sientan al sol. ¿Qué es de Daniela? Pregunta Rodrigo. No lo sé, contesta Juan Cartes. No la he visto desde la semana pasada. No tengo su número, no sé su dirección. Nada. Rodrigo sólo lo mira y dice “mmm” como si fuera el Dr. Watson atando cabos sueltos. Dame un pucho. Juan Cartes saca su cajetilla y se la pasa junto al encendedor. ¡Qué frío de mierda que hace! dice Rodrigo, y Juan mirando hacia la entrada sólo contesta “la cagó”. Me voy mañana, dice de golpe Rodrigo. Con la Claudia. ¿Me estás hueviando? le pregunta Juan Cartes buscando la broma en su cara. No. Me voy en serio. Mira hacia el fondo del patio, de donde comienzan a aparecer de a uno, como migajas, sus compañeros, y a algunos los saluda a lo lejos con un movimiento de cabeza mientras piensa en el maldito Grial. Yo todavía no entiendo cómo alguien que no cree se larga a buscar el Grial, le dice a Rodrigo. Rodrigo sonríe como siempre, con sus dos mechones colgando encima de la frente, con su enorme nariz un poco arrugada, y mostrando todos los dientes de arriba, incluso un par de colmillos medio vampirezcos que se asoman. Lo que pasa, le dice, es que tú estás pensando en la copa de Jesús, en la última cena y en esas cosas. Yo voy a buscar una piedra. ¿Y de donde mierda sacas tú que esa piedra está de Farellones pa’rriba? A ver… el Grial pasó por muchas manos, hasta que llegó a Saint-Exupery… ¿El del Principito? ¿Conoces a otro? Bueno, cuando Saint-Exupery murió se lo entregó a un amigo que era aviador como él, y que terminó haciendo la ruta de correo entre Argentina y Chile. Hasta que se estrelló en la cordillera. Varios días después, un arriero lo encontró. Con barba, la ropa pa’la cagá, pero sano como una lechuga, sin cara de haber pasado hambre. Ese aviador tenía el Grial y el Grial lo cuidó mientras estaba arriba. Pero el arriero lo encontró sin una miserable mochila. ¿Por qué? Simple, porque dejó el Grial escondido en la cordillera, entre el lugar en que se estrelló el avión y el lugar en que lo encontró el arriero. Y el arriero lo encontró como cinco kilómetros más arriba de Farellones. Yaaa. ¿Y eso está documentado? Si lo estuviera, tendríamos la cordillera llena de huevones buscando como idiotas en cuatro patas. ¿Y entonces? Entonces nada, es una hipótesis interesante. Y hay que ver si es cierta. ¿Y te vas a llevar a la Claudia a la cordillera a caminar entre piedras y comer cactus por una huevada de hipótesis? Rodrigo de nuevo sonríe. No hay nada, dijo, que sirva más para estas cosas que una mujer. Por algo no creo en un mesías célibe. Nadie puede salvar el mundo sin una mujer al lado. Juan Cartes sonríe. Mira a Rodrigo y piensa que está chiflado, y piensa que, aunque se empeñe, aunque lo encadene a la banca donde están sentados, igual partiría a recorrer los cerros con la banca a la rastra. ¿Cuánto tiempo piensas estar allá arriba? Su cara se puso sombría. No creo que vuelva, contestó. Y me alargó un sobre. Si en diez días no vuelvo a aparecer por acá, puedes abrirla. Si he vuelto antes, te la pido de vuelta y la que te espera si la has abierto. Chao. Y Juan Cartes se quedó mirando como Rodrigo se alejaba. Tira el vaso a la basura y ve a Daniela que viene caminando hacia él. Se levanta, camina hasta ella, la toma de la cintura y la besa. ¿Qué le pasa? Tiene carita de pena, dice ella. Rodrigo se va mañana, y creo que no va a volver, le contestó metiéndose el sobre en el bolsillo de la chaqueta.
No se echó a dormir y se olvidó del mundo, como un hombre que ha perdido la cordura por la trágica muerte de su familia, por la pérdida sorpresiva de su fortuna o por cualquier otro accidente del destino que le hiciera replantearse su lugar y se lanzara a dormir en los portales de los edificios, por las noches, después que grises oficinistas abandonaban sus escritorios para acariciar a sus hijos, hablar de problemas domésticos con su esposa, ver televisión con una cerveza en la mano y, quizás de vez en cuando, hacer el amor y durante el día recorrer las calles vestido con harapos y recoger latas vacías y otras cosas que intentar vender. No.
Era una vocación. Pero distinto al sentido de llamado que algunos dan a esa palabra, como si una voz celestial, grave, lenta, estremecedora te despertara en la noche, te concediera una misión y entonces tu vida se convirtiera en un destino. Era, en cambio, una vocación en el sentido de ser lo que podías llegar a ser.
No quedaba nada por delante. Salvo, quizás, esperar la muerte. Pero la muerte podía tardar —su reloj nunca funcionaba según las expectativas.
Tal vez, como los señores jubilados, podría haber elegido pintar, quizás dibujar, escribir, aprender a tocar un instrumento. Pero él sabía que no tenía talento para nada de eso.
No podía pintar porque nunca había entendido los colores primarios, menos los complementarios. Nunca había entendido las capas, y tampoco cómo de una enorme mancha naranja aparecía de pronto una joven de piel tersa, vestida con coloridas telas, tendida en una cama, con una áspid mordiéndole el seno, enviándola a la muerte.
Tampoco había entendido nunca que dibujar no es trazar líneas, ni rectas ni curvas, sino solo manchas que se combinan con otras, que se combinan con el fondo blanco, que se funden en un gran marco.
Y menos había entendido las figuras literarias, las perífrasis, hipérboles, las repeticiones, y menos aún la diferencia entre una comparación y una metáfora. No tenía ritmo en sus palabras, escribía como hablaba, puntuaba como hablaba. Y hablaba mal.
Descartó todas las artes.
Descartó, también, los pasatiempos que se dan algunos. No tenía ganas de juntar sellos postales o servilletas o llaveros o entradas a conciertos. Tampoco le interesaban los discos raros, los libros con errores de impresión, las etiquetas de bebidas, artefactos como pipas, teléfonos antiguos, viejas máquinas de escribir, dados de distintas formas tamaños y colores, los rompecabezas de mil o dos mil piezas, la crianza de gatos naranja.
Le sedujo, por un momento, la idea de amontonar objetos que formaran simbólicas disonancias. Una replica de la Venus de Milo junto a una edición de lujo de la Divina Comedia. Una biblia medieval, con sus caracteres hechos a mano, con ilustraciones en los bordes, quizás envenenados, junto al busto de un sátiro. Las obras de Bach en vinilo, en la edición más rara y difícil de encontrar posible junto a un teléfono que reprodujera una única canción de Daddy Yanky en una repetición interminable.
Pero todo eso sonaba demasiado caro y difícil y, sobre todo, requería de un espacio del que su pequeño departamento de dos ambientes no disponía.
Así que optó por lo que mejor sabía hacer: dormir.
Sabía que eso, además, le aportaba una ventaja no pequeña. Una vez puesto el pijama, tienes excusa para cualquier cosa, para cualquiera. Si te invitan a una copa en el bar de moda de la ciudad, puedes decir que te encantaría, pero que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Si te invitan a salir a caminar, recorrer calles que parecen difuminarse en las penumbras de la noche, con luces en las farolas que parecen reventar de una felicidad blanca, dices que no, que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Si te llaman incluso para salvar el mundo, como si hubiera algún mundo para salvar, dices que no, que ya tienes puesto el pijama… mejor otro día. Apagas la luz del velador, te das vuelta hacia el lado izquierdo, como si esperaras que alguien te abrazara la espalda y duermes con la conciencia en paz.
Pensó, con cierta tristeza, que no podía olvidarse del mundo. Eso habría lo ideal, lo soñado, lo que hubiera querido —pero ¿quién obtiene lo que sueña, lo que quiere?— Debía trabajar. Había cuentas por pagar, había comida que comprar, había que mantener ese simulacro de vida que llevaba, así que todos los días debía tratar de combinar la necesidad de ser el jefe de finanzas de una pequeña empresa con su arte, dormir. Así que se levantaba a las seis treinta, se metía en la ducha, se vestía, se tomaba un café con unas tostadas, tendía su cama y se iba a la oficina. Había descubierto que, para dormir mejor, se necesitaba de cierto cansancio. Así que en la oficina se movía con frenesí. Si tenía que hablar con alguien para solucionar un problema, recorría los pasillos con pasos acelerados, estirando sus músculos lo más posible, como si cada paso fuera dos. Hablaba. En las reuniones hablaba mucho y gesticulaba mucho. Discutía, se exaltaba. Pero siempre con un cierto desgano. Se paraba y dibujaba en la pizarra. Al final de la tarde, bajaba las escaleras a pie y se iba a su casa.
No quería terminar como el personaje de una película que había visto. Un hombre que, castigado por su pereza, terminaba atado a una cama y cuyos músculos, al cabo de un par de años, no eran más que un mísero puñado de hebras secas, ásperas, duras, y que terminaba por comerse lo que estaba a su alcance. Es decir, sus labios, sus mejillas, de adentro hacia afuera, hasta acabar con su lengua.
No. Él trataba de mantener, durante el día, su cuerpo en movimiento. Para cansarse y para que sus músculos no se convirtieran en madera vieja y seca. Siempre subía por las escaleras, nunca usando el ascensor. Caminaba todas las distancias que el tiempo y el esfuerzo permitían. Y, el resto, dormía.
Llegaba a su casa, comía algo, muy poco. Porque siempre había pensado que debes comer lo que consumes. Y, dado que él consumía poco, entonces comía poco. Luego ordenaba lo que hiciera falta, se fumaba un cigarrillo en el balcón mirando hacia el sur, esperando encontrar una estrella que nunca aparecía, y se iba a dormir.
Los fines de semana eran su pequeña dicha. Dormía sin que el despertador le dijera que eran las seis y treinta. Despertaba y, sin mirar la hora, iba al baño, tomaba agua, orinaba. Luego volvía a la cama y seguía durmiendo. Despertaba dos o tres horas más tarde. Entonces se levantaba, tomaba un café, comía algo, veía unos minutos de televisión, hasta las que noticias le hacían pensar que era mejor seguir durmiendo, y se iba a la cama.
A veces dormía profundamente. Otras veces caía en una duermevela donde veía cosas, personas, escenas. No sabía si eran cosas que fueron, cosas que serán, cosas que nunca podrán llegar a ser, delirios. Creía recordar a alguien que sabía con certeza si las cosas que veía fueron, eran o serán. Pero no estaba seguro. Quizás era otro sueño dentro de alguno de sus sueños.
Luego se levantaba, a la hora que fuera. Se sorprendía que su cuerpo siempre lo despertaba entre la una y las tres de la tarde. Almorzaba algo muy liviano, un atún con verduras o algo así, tomaba una o dos copas de vino, y luego se iba a la cama otra vez.
Dormía. A veces, despertaba. Habría un ojo, con timidez, como un niño que finge estar dormido y levanta un párpado para ver si lo espían, y descubría que aún no había caído la noche. Así que se daba la vuelta, abrazaba las sábanas, y trataba de volver a dormir.
Se levantaba en la oscuridad, tomaba un té, comía un par de galletas, se fumaba otro cigarrillo mirando por el balcón, mirando siempre al sur. A veces, cuando estaba especialmente triste o especialmente animado, se tomaba una o dos copas de vino. Trataba de demorarse lo menos posible en esas tareas. Levantarse, comer, beber.
Y entonces, cada noche, cuando estaba en la cama, cuando sentía que todo se hundía en el silencio, cuando la oscuridad lo rodeaba todo, él podía cerrar los ojos y respirar hondo, suspirar cuatro palabras temiendo que perdieran, poco a poco, su sentido, y luego dormir. Dormir.
Bajo mi casa tiene sus dominios el Rey Rata. En una bifurcación de las tuberías subterráneas tiene instalado su trono. Lo componen trozos de cartón, restos de tela y otros residuos que él y sus súbditos han ido recolectando con el tiempo. Su cetro es un resto de madera a medio tallar que alguna vez dejé tirado en el patio. Dudo que use capa: debe bastarle con su manto de pelos del color de la tierra, pegoteados por las aguas sucias que invaden su reino.
Toda la red de tubos compone su territorio. Debajo de mi casa, en comunicación con la calle y, a través de la calle, las casas de los vecinos. Toda esa vasta red de caminos forma su dominio. Para mí, es como si fuese infinito, puesto que cualquier intento de destruir al maldito monarca nunca surte efecto: traslada temporalmente su trono a otro lugar, sus súbditos huyen como ratas —no puede ser de otra manera — y después de unos días, cuando yo he abandonado mis intentos por destruirlos, vuelven a habitar el subsuelo de mi hogar.
Su pueblo recorre la casa en mi ausencia. Seguramente buscan comida que ha quedado a la vista, migas de pan botadas en el piso, en la orilla de algún mueble, y que yo he olvidado recoger. Se alimentan de esos restos y deben llevar una parte importante también para dar de comer a su señor. Pero aún no se aventuran a recorrer los muebles y abrir los envases de comida que están cerrados.
Como yo he aumentado las precauciones, cada vez encuentran menos comida disponible. Pero los vecinos deben estar alimentándolos, porque pese a la escasez que hay en mi casa, los súbditos del Rey Rata siguen multiplicándose y gozan de buena salud. Lo comprobé hace un tiempo, cuando escuché un ligero e irregular chillido en medio de la noche. Era casi inaudible y, sin embargo, me levanté, recorrí la casa buscando el origen y en la bodega, detrás de unas viejas maletas, cientos de pequeños seres peludos que no eran más grandes que mi meñique, se retorcían en un informe montículo contra la pared, bajo la luz de mi linterna. Su madre no se veía por ningún lado. El Rey Rata tampoco estaba. Con el escobillón y la pala deposité el montículo dentro de una bolsa negra, y salí al patio para echarlos al contenedor de la basura. Aseguré bien la tapa para no escuchar sus chillidos y volví a mi cama. Fue la peor noche en mucho tiempo. Escuché o creí escuchar o imaginé que escuchaba o inventaba en mi cabeza los cien chillidos de esos gusanos cubiertos de pelos, con ojos cerrados y colas que se retorcían como bestias agonizantes.
Por las noches los escucho caminar en el entretecho y ya han perdido todo el pudor. Sus ligeros pasos y el arrastrarse de sus pesados vientres se sienten sobre mi cabeza mientras intento dormir. Trato de adivinar por el sonido si son ratas macho o hembra, si son adultos o pequeñas ratitas. Sin embargo, pese a mis esfuerzos, no he logrado formar un catálogo de sonidos y significados, porque no tengo forma de comprobar si lo que pienso es correcto. Así transcurren mis noches insomnes, esperando en vano oír el más leve indicio que me permita atraparlos en la cocina, con sus pequeñas patitas en mi comida.
Sé que el Rey Rata me odia. Cree que mis muy humanos desechos son insultos que lanzo a las alcantarillas sólo para ofenderlo. Cree que el asco que siento frente a sus súbditos es una muestra de desprecio hacia su inferioridad, considerándolos pequeños animalejos incapaces de razonar. Cree que mis esfuerzos por alejarlos de mi comida es señal inequívoca de mi tacañería, que no desea compartir con ellos la mísera pobreza de la que no logro salir. Cree que haberme desecho de sus cien hijos fue un acto placentero que disfruté como hace años no disfruto.
Por eso sigue juntando mis desechos, para demostrarme que pese a mi soberbia soy pobre, y que todo aquello que yo boto él puede aprovecharlo y convertirlo en parte del decorado de sus salones.
Por eso sigue husmeando por mi casa cuando yo no estoy, y en el entretecho por las noches, para demostrarme que aquello que yo arrojo a la basura desdeñosamente, en realidad para él es fuente de joyas, alhajas y riquezas.
Y con los años, su odio hacia mí, como su gordura, ha ido aumentando. Ya no es capaz de salir de su gran salón, a través de los tubos. Y sin embargo mira hacia arriba con desprecio, imaginándome caminar sobre su cabeza y mascullando insultos inaudibles que hablan del asalto final a mi casa, la que en sus sueños de gran rata café será convertida en la Gran Sede de su Imperio, donde todas las ratas disfrutarán de mis comodidades.
Son esas imágenes en su cabeza lo único que lo hace reír, mostrando sus grandes dientes frontales y haciendo que sus bigotes se agiten al mismo ritmo con el que baila su panza sobre su trono.
Por ese mismo odio obligó a uno de sus súbditos a poetizar. Cuando se encuentra melancólico, o cuando me escucha recitar en voz alta, manda a llamar a su súbdito poeta y lo obliga a declamar versos que para mí no son más que lejanos chillidos que interrumpen mis versos, pero que para sus cortesanos y para las ratas que componen su harem, son obras equiparables a Kavafis o a Rimbaud o a Rilke.
Y así transcurren los días del Rey Rata, alimentados con sus sueños de venganza.
Y así transcurren mis noches, alimentadas sólo con la certeza que un día mi cama se verá rodeada de sus súbditos, mientras él sube a mi pecho para matarme, alimentar con mi cuerpo a su pueblo y luego usurpar mi lugar.
Había convertido el aguantar en su arte. Pedro, el boxeador, alguna vez considerado el púgil más torpe e inútil de la historia, había terminado por convertirse en una leyenda. Al comienzo, nadie quería medirse con él. Había intentado, como todos los boxeadores, pelear hasta el agotamiento para ser campeón del mundo en su categoría. Pero un día se aburrió. Estaba en el ring, su oponente caminaba de lado, dibujando círculos a su alrededor, pensando si sería mejor llegar a su rostro por la izquierda o por la derecha. Pedro tenía las manos levantadas a la altura de las mejillas y miraba a su rival por debajo de las cejas, con las rodillas apenas dobladas. Y de pronto, había sentido una especie de cansancio. No de sus miembros, no de sus músculos. Algo parecía haber dicho basta, en un susurro inaudible. Bajó los brazos. El hombre que hacía unos segundos lo estudiaba con detalle, se sorprendió. Miró hacia su esquina, pensando que quizás no había escuchado la campana. Pero no, la pelea continuaba. Se acercó a Pedro y le conectó un gancho izquierdo. Pedro giró la cabeza. En sus ojos, el público parecía un tren que pasaba raudamente en una dirección y luego de vuelta. Volvió a fijar los ojos en su rival. Y este seguía sin comprender. Pasaron tres asaltos así. El público abucheaba a ratos. Algunos le gritaban que se defendiera. En las pausas, su entrenador le preguntaba qué hacía, si se había vuelto loco. Y Pedro sólo respondía que iba a aguantar. Cuando el público ya se aburría y su rival se cansaba, la pelea terminó. Pero Pedro no cayó. Ni siquiera se tambaleó. Recibió los golpes como si hubiera decidido hacerle honor a su nombre; como si hubiera decidido ser, aunque sólo fuera por esa noche, su propio nombre. A partir de ese minuto, nadie quería pelear con él. Pensaban que estaba loco. Los pocos que aceptaban eran novatos cuyos representantes creían que así tendrían un buen entrenamiento. Además, como a nadie le interesaban mucho sus peleas, las ponían como anticipo de los combates que sí atraían al público. Peleas insulsas que servían para rellenar el tiempo en que la gente aún se acomodaba en sus asientos, aprovechaba de comprar algo de comer, hacía las últimas apuestas o iba al baño. En ese intertanto, con el público yendo y viniendo, Pedro se mantenía de pie, en medio del cuadrilátero, recibiendo golpes de derecha, golpes de izquierda, un gancho, un uppercut, un swing. Todos los recibía. Su cabeza se bamboleaba un poco, pero luego volvía a mirar desafiante a su rival de turno. Estos, en ocasiones, no sabían qué hacer. Si no hubiera sido boxeo, lo habrían pateado tratando de derribarlo. Alguno quiso, una vez, empujarlo con su cuerpo contra una esquina, para poder golpearlo apoyado en el poste, pensando que así lo podría derribar. Entonces Pedro recordaba que era boxeador y no sólo el mejor recibidor de golpes de la historia, y devolvía los empujones con golpes de sus puños. Sus guantes hacían un sonido sordo contra las mandíbulas del oponente, contra sus pómulos o sus cejas, y entonces entendían que Pedro quería estar al centro del ring y allí recibir las olas de puños que buscaban hacerlo caer. Pero él no caía. De pronto la gente comenzó a interesarse. Algunos llegaban al estadio más atraídos por Pedro que por la pelea de fondo. Comenzaron a hacerse apuestas. ¿Caería o no caería? ¿Hasta qué round aguantaría? Siempre perdía, pero siempre perdía por puntos. Y poco a poco su nombre iba convirtiéndose en leyenda. Pasó de ser Pedro, el peor púgil de la historia, a ser Pedro “La Piedra”, el-que-no-puede-ser-derrotado, el-que-no-puede-ser-noqueado. Cuando algún rival se cansaba o parecía sentir algo parecido a la lástima, Pedro se encargaba de despertarlo. Cinco o seis golpes. Con la izquierda en las costillas, con la derecha en las mandíbulas. El rival comprendía que no era un juego, que no era un tarado que no supiera pelear, sino simplemente un hombre que quería aguantar. Aguantar. Resistir. Sobrellevar. Soportar. Tolerar. Faltaban sinónimos para los periodistas que cubrían las peleas. Faltaban palabras para los relatores de sus peleas. Así que apelaban a las metáforas obvias. Jugaban con el supuesto significado de su nombre, piedra. Decían que parecía un acantilado resistiendo las olas. Que los golpes de sus rivales parecían gruesas gotas de lluvia cayendo sobre los muros de un edificio. Pero por muy gruesas que fueran las gotas, el edificio las agradecía como si descansara del verano. En sus momentos de mayor gloria, hasta los campeones del mundo comenzaron a fijarse en él. Pedro, el peor púgil de la historia, se convirtió en el mayor desafío para todos ellos. Todos querían noquearlo. Todos querían derribarlo. Todos querían verlo tendido en la lona mientras el referee contaba al ritmo de algún corazón desfalleciente. Pero ninguno lo conseguía. Empezaron a llegar ofertas interesantes. Teatros en Las Vegas. Su representante contaba los billetes con un brillo de delirio en los ojos. Pedro perdía siempre —por puntos— pero comenzaba a amasar una pequeña fortuna. Y, sin embargo, eso no le importaba. Miraba con desdén las cifras que le mostraba su representante. Miraba con desdén a las mujeres que se le acercaban buscando seducirlo. Miraba con desdén las marcas que querían vender sus productos colgados de la imagen de invencible resistencia. En cambio, sonreía cuando en el diario aparecía su foto y al lado la palabra “imbatible”. Leía con avidez las crónicas que hablaban de su sobrehumana tolerancia, de su capacidad heroica de aguantar golpe tras golpe. Y así está, hasta hoy. Parado siempre en medio de un ring. De pie en el centro de un cuadrilátero, con sus puños envueltos en los guantes rojos, al lado de sus muslos, con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a su rival por debajo de las cejas, recibiendo un golpe y luego otro y luego otro más, con una sonrisa que apenas se dibuja en sus labios.
— Quisiera ver agua, dijo Mérope — me gustaría ver agua corriendo todo alrededor.
Entonces él cerró los ojos. Como siempre le pasaba cuando tomaba su mano, vio todo transfigurado. Las calles de Corinto, secas y amarillas, le parecieron arroyos. Los muros de las casas, pálidos, eran ahora bosques de olivos. Las ventanas cuadradas, para él, semejaban volantines de muchos colores que se elevan al cielo. Los techos, rojos de greda, se mostraban a sus párpados cerrados como prados verdes de pastos altos donde la brisa corría fresca y húmeda.
¿De dónde sacar agua? pensó entonces Sísifo. Por su ciudad no corrían manantiales. No había un canal que desviar, no había un pozo que pudiera convertirse en fuente, no había un torrente que transformar en juegos que saltan y gotas que vuelan para posarse en la cara de las gentes y que inundan el aire de pequeños arcoíris.
Entonces recordó lo que había visto en el bosque el día anterior. Mientras Mérope descansaba en el palacio —ese palacio que él consideraba una choza triste para su esposa, una de las hijas de Atlas, destinada a recorrer el cielo con su luz y, sin embargo, enamorada de él— había salido a recorrer el bosque. Caminó por horas, con el arco en la mano, las flechas en la espalda. Había visto un par de ciervos, pero eran tan jóvenes a sus ojos, apenas unas sorprendidas miradas que descubrían el mundo, que no se atrevió a tensar la cuerda, a curvar la madera, a lanzar la pluma y el bronce que cortaran esas vidas que comenzaban a palpitar. Se acercó al pequeño lago donde el río reposaba de su correr, donde tomaba nuevas fuerzas para otra vez lanzarse, cascadas abajo, hacia su amante el mar. Dejó el arco a un lado, puso una rodilla en la tierra, se inclinó con ambas manos juntas, recogió el agua y refrescó con ella su cara y su boca y su garganta. Entonces vio a Egina. La ninfa bailaba en el agua con sus pechos al sol. La ninfa cantaba la luz y el verde de los árboles. Su canto se confundía con el sonido del agua. Hasta que apareció Zeus. Sísifo recogió su arco y retrocedió a esconderse tras la primera fila de árboles. Del otro lado, el portador de rayos miraba a la ninfa con una sonrisa atravesando su barba, con sus manos abrazando las grebas. Entonces le habló a la ninfa. No fue posible, para Sísifo, oír las palabras y comprender su sentido. Pero vio que la siempre joven Egina se sonrojó. ¿Rabia, pudor, deseo? Se acercó ella al medio del lago, como queriendo huir. Zeus se levantó y le tendió la mano. La ninfa más se alejaba. La frente del dios se convirtió en líneas profundas y surcos aparecieron entre sus ojos. Sísifo pensó que la tormenta haría arder el bosque. Zeus, el acumulador de nubes, atravesó caminando el lago, tomó a Egina de su muñeca, y la alzó sobre la superficie del agua. La rodeó con sus brazos olímpicos, la apretó contra su pecho y luego volvió a la orilla. Y así, caminando entre los árboles con la ninfa trastabillando detrás de él, desapareció en la espesura.
Todo eso recordaba Sísifo mientras pensaba en el deseo de su mujer. Entonces la besó, acarició su pelo que se derramaba en cascadas ondulantes a ambos lados de su cabeza y le pidió que lo esperara, que pronto volvería.
Recorrió el bosque como el día anterior. Volvió a pisar los mismos senderos, volvió a internarse entre la hierba y los arbustos, esquivando los troncos que elevaban sus altos brazos al cielo.
Cuando llegó a la orilla del lago se arrodilló otra vez frente al espejo infinito, bebió de sus aguas calmando la sed, calmando el ardor que sentía en todo su cuerpo. Entonces gritó. El nombre de Asopo, dios de esas aguas, resonó por todo alrededor. ¿Cuántas veces repitió Sísifo el nombre del inmortal? Tantas veces como aparecía el rostro de su esposa en su memoria. Hasta que el dios se dejó ver. Sus cabellos y su barba se parecían a la blanca espuma que forma el agua en la orilla de los lagos. Sus ojos lucían profundos como se ve el mar al atardecer. Su coraza era del color de las algas que bailan incansables en el fondo del agua, acariciando a los peces que parecen ansiosos de recoger todo con sus bocas. Y, sin embargo, pesadas gotas atravesaban su cara.
–¡Asopo, señor de estas aguas! A ti te saludo –dijo Sísifo, mientras miraba la arena oscura y las suaves olas que llegaban a reposar bajo sus ojos.
–¿Qué quieres de mí, Sísifo, fértil en recursos? ¿Acaso vienes a regocijarte de mi desgracia, ahora que he perdido a la hija que era la alegría de mí y de estos ríos y estos lagos?
La voz parecía el rugido de las cascadas. La voz parecía el sonido de la pesada lluvia de invierno sobre la superficie calma del lago. La voz parecía un temblor en la tierra, el bramido de un toro puesto a correr sobre el agua, entre los árboles, sobre el camino que los hombres creen conocer.
Entonces Sísifo le habló de su hija disfrutando del agua del atardecer, le habló de su pérdida, de su ausencia que, por ser una ausencia amada, parecía eterna pese a las escasas horas que los hombres podían contar.
—Puedo decirte, oh, señor, quién ha raptado a Egina, alegría de estas fuentes.
Asopo se alzó más alto sobre las aguas. Las albas espumas anunciaban a Sísifo los pasos que se acercaban a él.
—Pero, mi señor, como sabrás, todo tiene su precio. Puedo decirte qué ha pasado con Egina, siempre y cuando mis condiciones se cumplan.
La tierra vibró. El lago pareció levantarse contra Sísifo. Una ola de esmeraldas y de algas que revolotean como mariposas se paró frente a él.
—¿Cuál es tu precio, Sísifo hijo de Eolo?
Recién entonces el rey de Corinto se atrevió a alzar la vista. Sabía que la partida ya estaba ganada. Tendría el regalo para su esposa.
—Quiero una fuente en medio de Corinto. Quiero que tus aguas salten alegres como la sonrisa de Mérope, quiero que canten mientras corren como si la voz de Mérope fuera recién escuchada por el mundo, quiero que su superficie brille con la profundidad de los ojos de Mérope. Eso quiero, señor.
Asopo levantó las aguas con su mano. Las hizo saltar y cantar y brillar y jugar entre sus dedos.
—Poco pides si conoces la desgracia de mi hija. Habla ahora y Mérope verá siempre en su patio el reflejo de su risa.
Entonces Sísifo le relató todo lo que había visto el día anterior. El baile de Egina entre las aguas, la mirada de Zeus y su mano terrible sosteniendo el brazo de la ninfa, la huida entre los árboles.
Asopo frunció el ceño aún más, si eso era posible. Con sus brazos hizo formar un remolino alrededor de sus pies, y comenzó a alejarse.
—Descansa esta noche en tu cama, y por ningún motivo salgas —fue lo último que Sísifo alcanzó a escuchar.
Luego que Asopo desapareciera remontando el río en dirección al Olimpo, un águila alzó su vuelo desde un árbol cercano. Era un águila enorme. Sus alas extendidas abarcaban el doble o quizás más que las alas de sus hermanas corrientes. Sísifo adivinó quién sería el dueño de esa mascota. Sabía que el portador de la égida sabría pronto quién lo había delatado con el padre de la ninfa.
Y pese a eso, pese a las desgracias que pudieran venir, de sólo imaginar la sonrisa de Mérope al amanecer, se disipaban las nubes en su frente y caminaba alegre y erguido cruzando el bosque.
Por la ventana escuchó ruidos en el patio, durante la noche. Miró a Mérope, que descansaba a su lado. La frente limpia, como si el mundo se hubiese diluido. Los labios apenas separados, dejando salir el aire que Sísifo se habría bebido. Recorrió con la mirada sus formas dibujadas por las mantas. Escuchó un suave rumor en el patio, un sonido ligero y calmo como el que escuchara en su excursión de la tarde. Sonrió. Posó la mano en la cadera de su esposa y se volvió a dormir.
La mañana los despertó con gritos de júbilo en el patio. Nadie sabía cómo ni de dónde había salido, pero allí estaba. Con sus cinco o seis metros de diámetro, con una columna al centro sobre la que descansaba una pálida reproducción de Mérope que, con una jarra, dejaba caer un abundante chorro que se convertía en música antes de caer en la fuente.
Sísifo tomó la mano de su mujer y la llevó al balcón. En el centro del patio estaba la recompensa de Asopo. Mérope rió. Y el sonido de su risa se confundió con el sonido del agua. El hijo de Eolo supo entonces que la hija de Atlas era feliz. Y que su risa le daba luz al agua, que destellaba en reflejos plateados bajo el sol temprano.
Pasaron días, semanas y algunos meses. En las tardes, al volver de la cacería o de resolver otros asuntos, Sísifo encontraba siempre a Mérope sentada en el borde de la fuente, paseando sus dedos en la superficie del agua, o bien cantando a las aves que se acercaban, o bien peinando sus largos cabellos que brillaban.
Hasta que un día hubo ruido en palacio. Las gentes corrían a esconderse. Sísifo se asomó al patio, se paró frente al portal y vio llegar a un hombre oscuro de manto negro como la más negra noche, como esas noches en soledad en que ni los recuerdos parecen escapar de la negrura. Sabía el rey quien era su visitante. Sabía que la espada que sostenía estaba de más. La guardó, se acercó y saludo con una ligera reverencia.
—¿Qué buscas en mis dominios, oscuro Tánatos?
La muerte levantó un dedo largo y huesudo para apuntar a Sísifo. A ti, contestó. Acusado por el mismísimo padre de los dioses de ser un traidor.
Sísifo miró el dedo.
—¡Qué delgado se te ve! Se nota que no has comido bien, últimamente. Supongo que no tienes prisa. Pasa, come, bebe y descansa un poco antes que emprendamos la marcha.
Tánatos quedó desconcertado. Acostumbrado a recibir quejas y llantos a su llegada, acostumbrado a recibir insultos y reclamos, no sabía qué responder ante la invitación de su próxima víctima.
Pero Sísifo ya caminaba hacia el salón, empujándolo suavemente por el hombro, con la mayor cortesía, mientras conversaba con una sonrisa.
La muerte se sentó frente al rey. Este hizo que trajeran comida y bebida. Al llegar el vino, lo probó y lo devolvió.
—¿Es que no se dan cuenta el honor que tenemos al recibir a este invitado? ¿Quieren hacer quedar mal a todo Corinto frente a Tánatos, sentado en nuestra mesa? ¡Traigan el mejor vino!
Los sirvientes corrieron, alegres de alejarse. Luego volvieron, arrastrando los pies como quien se dirige a un destino que no desea. Llenaron las copas, dejaron la jarra y se alejaron corriendo.
Sísifo hizo un brindis alabando a su visita. La muerte bebió. Hacía tanto tiempo que nadie le ofrecía una copa, hacía tanto tiempo que no probaba el vino, que ya casi había olvidado su sabor.
Bebió entonces, con alegría juvenil mientras el hijo de Eolo hablaba sin parar. Le contó cientos de historias que la muerte ya sabía, le habló de cosas que eran misterio para los hombres, pero no para ella. Preguntó por Mérope, la muerte, pero Sísifo no quiso hablar de ella frente a su invitado. Pidió que volvieran a llenar la jarra. Varias veces. La muerte cabeceaba. Parecía escuchar con la cabeza inclinada, que sólo erguía para volver a llevar la copa a sus labios siempre secos y descarnados.
Sísifo seguía con sus peroratas, dibujando formas en el aire con sus manos. Hasta que la negra muerte cruzó sus brazos sobre la cubierta de la mesa y, apoyando en ellos su cabeza cubierta con el manto oscuro, se durmió.
Sísifo esperó unos minutos. Se bebió una copa, la primera desde la llegada de su invitado y salió rumbo a la herrería. Hizo detener los martillazos del corpulento hombre cubierto con un delantal manchado. Lo hizo tomar los grilletes y las cadenas más fuertes que tuviera y le pidió que lo acompañara, en el más completo silencio.
El herrero, hombre de ánimo fuerte, vio a la muerte dormida. Su estómago quiso salir huyendo, perderse en los bosques cercanos y no volver hasta que el visitante se hubiera alejado. Pero empujó a su voluntad y siguió las instrucciones de su señor.
Cubrieron los tobillos de la muerte con grilletes. Enrollaron cadenas en su pecho. Y allí la dejaron, entre sueños negros y rabiosos.
Sísifo reía. Ahora tendría todos los amaneceres en el balcón con Mérope, escuchando su risa de fuente, mirando el agua saltando como su alegría.
Cuando Tánatos despertó, llamó a gritos a su anfitrión. Sísifo, absorto en la belleza y en la conversación de Mérope, no lo escuchó. Tuvieron que correr a avisarle unos sirvientes, asustados ante los terribles bramidos del visitante.
La furia de la muerte cambió en desesperación al ver que no podía desatarse. La risa de Sísifo aumentaba. Los gritos de furia mudaron a súplicas y ruegos. El hijo de Eolo escuchó imperturbable.
Pasaron días y semanas y algunos meses con la muerte encadenada en el salón de Corinto. Se le dio comida y bebida.
Hasta que Hades llegó al Olimpo, a quejarse con su hermano, el que amontona las nubes. Nadie estaba muriendo en la tierra, nadie llegaba al reino del inframundo. Caronte no tenía pasajeros para su barca y Cancerbero se pasaba los días durmiendo, roncando por sus tres narices y sus tres bocas.
Supo Zeus entonces de las artimañas de Sísifo. Furioso como si los rayos fueran a salir de sus ojos, envío a su hijo Ares a rescatar a la muerte.
Retumbó el Olimpo bajo las sandalias de Ares, negro como la muerte, iluminado sólo por el brillo de su espada que parecía guiarlo y empujarlo a la casa de Corinto.
Mérope lloraba, desconsolada. Sísifo veía la separación eterna y hacía hervir su cabeza en planes e ideas para postergarla.
La espada de Ares cortó las cadenas y grilletes como si fueran de papel. La muerte se levantó. La pareja se abrazó.
Todos en el salón sabían el final antes que Ares lo rugiera. Ahora, la muerte liberada debía llevar a Sísifo a los reinos de Hades. Los esposos se besaron y se abrazaron. Se besaron y se abrazaron como la primera vez en el bosque, bajo las ramas de un árbol cuya imagen recuerdan, pero cuyo nombre han olvidado.
Entonces Sísifo susurró pidiendo a su reina que no hiciera las exequias ni ritos fúnebres. Él no estaba muerto, todavía. Él volvería.
Se vio a la muerte salir de Corinto con Sísifo atado a su lado. Se vio a Ares subir al Olimpo, de regreso a los banquetes que no tienen fin. Se vio a Mérope llorando en el balcón, como si sus ojos fueran la fuente con la que comenzó esta historia.
Largos meses caviló Sísifo en el reino de los muertos. A veces hablaba con Hades y su esposa. A veces hablaba con algún otro hombre cuyo espectro se cruzaba en su camino. Pero siempre había una sola imagen en sus pensamientos. Mérope, bailando y sonriendo junto a la fuente de Corinto. Sus pechos pequeños y levantados, su cuello grácil, su cintura que tantas veces abrazó, sus caderas delgadas y firmes que parecían buscarlo, sus piernas alargadas y torneadas. Sentía, durante los largos días y las largas noches, un cosquilleo en la yema de los dedos, como si la piel de Mérope lo llamara. Sentía, cuando a veces lograba dormir, la voz susurrante de su mujer que le pedía que la abrazara. Todo su día era recordar a Mérope. Toda su noche era soñar a Mérope.
Comenzó a hablar con Perséfone, un día. Comentaron las exequias de algún muerto recién llegado. Así habla el amor de una esposa, dijo la reina del inframundo, así habla el deber de una esposa.
Sísifo, sin mirarla, le dijo que esa sería su última voluntad: ascender una vez más a la tierra de los vivos, sólo una vez, para castigar a su esposa por no haber hecho los rituales, por haberlo enviado al Hades sin una despedida, sin una flor, sin una hoguera. De no haber sido por Tánatos, que no quería volver a verlo y se hizo cargo del pasaje, ni siquiera habría tenido con qué pagar al barquero.
Perséfone, ante la pena dibujada en el rostro de Sísifo, sólo apretaba los labios.
Cada vez que veía a la reina, Sísifo se encargaba de volver a hablar, de alguna manera, de la impiedad de su esposa. Perséfone callaba y pensaba.
En el lecho real, la reina pidió la opinión de su rey. Hades estaba de acuerdo con Sísifo. Una esposa impía debía ser castigada. Si Mérope no había cumplido con los rituales, debía ser castigada. Pero luego se durmió. Perséfone concluyó que su plan era el correcto.
Al día siguiente se acercó a Sísifo. Le entregó un salvoconducto para llegar a la superficie, le dio las indicaciones del camino a seguir.
El rey de Corinto caminó alegre y ligero por todos los caminos. Las cosas monstruosas que vio le parecían ridículas pensando en su reina, a la que volvería a ver, cuya sonrisa bebería una vez más, en cuyos ojos se perdería cada día. Podía sentir, mientras ascendía, el calor de su piel en sus manos, el calor de su abrazo, el calor de su vientre pegado al suyo. Y así llegó a las puertas de su ciudad.
Algunos se alegraron de verlo. Otros se alejaban mirando el cielo, esperando ver algún otro prodigio que anunciara la catástrofe y el fin del mundo.
Pero nada de eso ocurrió.
Todo el pueblo los vio junto a la fuente. Mérope fundida con Sísifo en un abrazo que parecía más fuerte que las cadenas que habían detenido a la muerte, meses atrás.
La reina sonreía, con sus ojos brillantes y húmedos; brillantes y húmedos como corría el agua en la fuente que había sido la felicidad y la desgracia de esa casa.
Cuando Hades se enteró, miró a su esposa con el ceño fruncido. Pero luego la abrazó y le sonrió. ¿Quién podría enojarse con la verde primavera? Esperó pacientemente que Sísifo cumpliera su palabra y regresara a sus dominios.
Pero los días pasaron.
Y mientras Hades esperaba sombrío en su trono, Sísifo y Mérope caminaban por las calles de Corinto, recorrían los bosques alrededor, dormían abrazados en las noches y cumplían con los rituales. No con los rituales de la muerte que el rey había vuelto a castigar. No. Cumplían con los rituales de la vida, que en lugar de incienso tienen el aroma de la piel, que en lugar de plegarias tienen suspiros, que en lugar de cantos tienen gemidos y blasfemias, que en el lugar de velas y hogueras tienen el ardor eterno de los cuerpos.
Así fueron felices Mérope y Sísifo, por largos años.
El pelo cano de Sísifo se apoyaba en el de Mérope, junto a la fuente, al atardecer. El tiempo no había tocado el cuerpo de Mérope, que seguía danzando grácil junto a la fuente. Sólo se veían los años en su pelo, que relucía blanco y liso cayendo sobre sus hombros, como si la estrella que en realidad era, la menor de las Pléyades, comenzara a mostrarse.
Pero el cuerpo de Sísifo sí mostraba el paso de los años, las caminatas por el bosque, las batallas de su juventud, los meses en el inframundo. El cayado ya no lo sostenía. El fin comenzaba a llamarlo.
Mérope lloraba junto a la cama.
— No llores, le pedía el rey. Hemos sido felices, en esta tierra. Nos hemos amado y hemos florecido como la primavera, hemos dado frutos como el verano. Es hora ya que nos alcance el invierno. Cierto que habría sido mejor que la primavera durara para siempre, como se cree que dura la dicha de los dioses inmortales. Pero ¿quién conoce los pesares de sus almas? Celebremos lo vivido, guardemos los recuerdos, bendigamos la vida juntos. Es hora de partir.
Mérope, entre sollozos, besó la frente de Sísifo, besó sus labios acariciando su mejilla.
Le dijo, antes del final, que ya no quería la vida entre los hombres y que volvería junto a sus hermanas a navegar el cielo.
Así fue como, luego de las ceremonias fúnebres, nadie volvió a ver a Mérope sobre la tierra, la hermosa Mérope, la de la sonrisa de fuente, la de ojos como lagos.
Sísifo cruzó el Estigia. Caminó por el inframundo y terminó compareciendo ante Hades. El dios rugía. Llamas negras salían de sus ojos. Insultos, gritos, la rabia formando espuma en la comisura de sus negros labios. Entonces señaló una montaña. Y apuntó a una roca redonda que reposaba en su base. Señaló el castigo, el terrible castigo. El rey de Corinto debía llevar, cada día, la roca hasta la cima. Y, puesto que volvería a caer, debía repetir la tarea siempre, sin detenerse nunca, hasta el fin de los tiempos, hasta que el mundo cambiara su forma, hasta que la montaña se convirtiera en valle, hasta que el Hades se convirtiera en fiesta.
Sísifo caminó hasta su trabajo con pesar. Pero sabía que no había sido en vano. Si esa eternidad arrastrando una roca era el precio por haber vivido y gozado y reído junto a Mérope, volvería a hacerlo tantas veces como fuera posible.
Inclinó su cuerpo. Apoyó las manos y el hombro en la roca, y comenzó a empujar.
Al atardecer llegó a la cumbre, fatigado y cansado. Mientras la roca comenzaba lentamente a descender, se sentó. Suspiró mirando el horizonte.
Entonces vio. Entonces entendió.
Sobre el horizonte, en la noche, vio alzarse en el cielo una línea de siete estrellas. La última, la menor, apenas comenzaba a fulgurar, como si recién estuviese aprendiendo su papel.
Eran las hijas de Pléyone, ninfa de las aguas, y del titán Atlas, que sostiene el mundo entero en sus hombros. La séptima, la menor, parpadeó en el cielo. Sísifo supo que Mérope le sonreía.
Ante el desconcierto de Hades, bajo la sonrisa de Perséfone, cada día Sísifo reemprendía su tarea con una alegría que no se había visto en el inframundo. Empujaba y empujaba, sin pausa, sin detención. Ni el hambre ni la fatiga hacían mella en su sonrisa. Y al final del día, sobre el horizonte, siempre veía una séptima estrella, Mérope, la menor de las Pléyades, que le sonreía desde el cielo.