La dictadura del mañana

[Quizás algún día aprenda lo suficiente para continuar este proyecto]

En abril de 2026 el doctor Leonard Santelices, descendiente de republicanos españoles que huyeron del franquismo, primero a Sudamérica y luego a Estados Unidos, se cruzó en una venta de garaje con una hermosa edición de comienzos de los años 80 de “El castillo de los destinos cruzados”, de Ítalo Calvino. Recordó, al ver el nombre del autor en la portada, que en su juventud había gozado con las locuras de Cósimo Piovasco de Rondó, el Barón Rampante, y decidió comprar el libro, seducido también por las ilustraciones de las cartas del tarot de Visconti y de Marsella que adornaban las páginas.

Si bien era un destacado y reconocido bioingeniero, como hijo y nieto de humanistas gozaba de la poesía y de la literatura, asignándoles el lugar que él creía les correspondía en el mundo: entretención para no sentir transcurrir el tiempo. A veces disfrutaba también de un poco de filosofía, pero, dado su campo de trabajo, prefería los devaneos sobre el lenguaje, el sentido común y los fundamentos de la moral tradicional que se producían en habla inglesa antes que las construcciones metafísicas del continente europeo. Menos aún disfrutaba de lo que consideraba el ridículo voluntarismo adolescente y melancólico de Nietzsche o de los existencialistas franceses.

Un par de semanas más tarde, quizás interesado por la simbología de las cartas, decidió comprar una baraja. En ningún caso pensaba dedicarse a su estudio como aquellas personas que veía en las plazas con un tapete verde oscuro esperando a algún incauto que quisiera desperdiciar unos dólares y un poco de tiempo en escuchar anuncios que nunca llegarían. Simplemente le interesaba como a sus colegas les gustaban los trenes en miniatura, las películas de Star Wars, las óperas de Wagner, los sellos postales y cosas así.

Es posible llenar una habitación con algún hobbie, se decía, que permita descansar de las complejas ecuaciones y los algoritmos de proyección y predicción en que usaba casi todas sus energías, sin pretender nunca recorrer el mundo en un tren de 30 centímetros de largo o combatir el mal con un sable de luz o rescatar a la hija de un dios tuerto que duerme rodeada por una hoguera que nunca se apaga.

Así, en paralelo a sus muy prometedoras investigaciones dedicadas a desarrollar sistemas biométricos que, en base a los registros médicos del paciente y la medición de sus condiciones actuales, detectaran en tiempo real las posibilidades de enfermedades de toda índole, estudiaba por las noches las cartas, sus símbolos, los dibujos y las relaciones entre ellas. Había aumentado su colección con otros mazos, como el Rider Waite, y también algunos con curiosidades que sólo compraba para tenerlas ordenadas en sus cajas: un mazo de cartas del tarot con gatos, una baraja de un tal Osho a quien nunca comprendió, con personajes de El Señor de los Anillos, Art Decó y algunos más. Quizás lo que más le llenaba de orgullo e interés eran las cartas diseñadas por Leonora Carrington, del que, después de mucho buscar y desembolsar una importante cantidad de dinero, logró tener una copia. Quizás por lo mismo, para no desgastarlo, sólo investigaba en base al tarot de Marsella, al Visconti y, con mayor frecuencia, al Rider Waite.

En 2032 había diseñado ya un par de dispositivos que se vendían en el mercado. Relojes que, en base a sensores específicos y conectados a bases de datos del Sistema de Salud del gobierno, monitoreaban la presión arterial, la glucosa y otras muchas variables para predecir, con bastante certeza, desde una jaqueca intensa hasta un accidente cerebro vascular. Fue en ese contexto en que invitó a la doctora Elizabeth Ferdinand a su casa a celebrar. Una conocida marca de dispositivos electrónicos acababa de lanzar al mercado una nueva pulsera que medía aún más variables y cuya capacidad de predicción había aumentado exponencialmente. Gracias a sus inventos, se decía, la medicina cambiaría en forma radical: de remediar enfermedades declaradas que hacían sufrir a sus pacientes pasaría a prevenir males físicos con casi total certeza.

Cuando ya habían vaciado una botella de vino y mientras el doctor Santelices abría la segunda, la doctora Ferdinand se puso a mirar los libros de un estante. Sobre ellos vio una caja que, en su cubierta, mostraba un tres de bastos sobre una pila de cartas.

—No sabía que leías el tarot—le dijo con una sonrisa a su anfitrión

Santelices sonrió de vuelta.

—No, le dijo. Lo estudio desde hace unos años, pero sólo como simbología, como poesía, como quien lee a Walt Whitman o a Lord Byron.

—No te creo— Los ojos de Ferdinand se hicieron más pequeños, con una ligera curvatura de sus labios. El doctor, poco acostumbrado a estos azares, no sabía si era un desafío, coquetería o si se estaba burlando de él.

—En serio, nunca le he leído las cartas a nadie, ni siquiera a mí mismo.

—Entonces quiero ser la primera, dijo la doctora, mientras volvía a sentarse en la mesa, poniendo las cartas boca abajo, ya fuera de la caja.

Quizás sería el alcohol al que estaba poco acostumbrado. O quizás la atmósfera que olía, donde la doctora le parecía una amiga de toda la vida, alguien con quien se había criado desde la infancia y que ahora reencontraba en total confianza, pero casi se le escapó una frase que estaba seguro de haber leído en una muy mala novela: “quiero que seas la última”.

Tomó las cartas y comenzó a mezclarlas. Mientras lo hacía, pensaba en todo lo que había estudiado en esos años. Las relaciones entre las figuras, los números, lo que significaba un 2 de oros al lado de un 2 de bastos; lo que significaba La Muerte invertida y al derecho; la relación entre El Mundo y la Rueda de la Fortuna colocada debajo. Le pidió a Elizabeth que cortara el mazo en tres partes con la mano izquierda pensando en la pregunta. Lo hacía como un juego, como dos niños que construyen con sillas, mantas y cartones una nave espacial junto al sofá, y creen que la lampara de pie encendida es el sol al que se acercan, o quizás algún planeta donde encontrarán una civilización hostil y sanguinaria.

Cuando Elizabeth seleccionó uno de los tres pequeños mazos, él lo extendió con un hábil gesto de su mano, convirtiéndolo en un abanico. Le pidió entonces que tomara tres cartas. Las puso una junto a la otra, de izquierda a derecha a medida que iban saliendo. Luego tres más, con las que armó una segunda hilera, y luego otras tres. Tenía nueve cartas sobre la mesa, en tres filas de tres.

En la primera hilera estaba el XX, XX y el XX.

En la segunda, XX

En la tercera, XX.

[Él verá que ella estaba indiferente al mundo, en términos emocionales, pero que algo cambiaba y aparece el amor. Debajo del cuatro de copas tiene que haber una historia de desinterés producido por desengaños previos o el foco profesional. Pero aparece un hombre inteligente que le da vuelta el mundo y se enamoran. Como le suena a una interpretación demasiado romántica, prefiere enfocarlo en el ámbito laboral ¡NECESITO ASESORÍA!]

Bromean y ríen con las cartas. Y mientras hablan de sus sueños y sus planes y beben vino, ella sigue sacando cartas al azar, cartas que él ve pasar como si le estuvieran contando una historia, como en la novela de Calvino. Y siente que será la historia de ellos dos. Luego de una noche de ardor, la doctora Ferdinand se despidió por la mañana con un beso en el que creyó sentir ternura. Le gustó esa mezcla: sus labios suaves y cariñosos apoyados en su cara, mezclados con el recuerdo de su rostro en las penumbras.

Mientras pensaba en eso, volvió a mirar las cartas que aún estaban sobre la mesa. Anotó en un cuaderno la tirada de Elizabeth. Luego revolvió y repitió en soledad el juego de la noche anterior, pensando en sus preguntas. Interpretó todo lo mejor que pudo, siempre sintiendo que era una entretención en la que participaba como un ateo que va a una misa de matrimonio y se pone de pie, se sienta, agacha la cabeza con los ojos cerrados, mientras todos hacen lo mismo, siguiendo con respeto las instrucciones del cura.

Sin embargo, anotó las preguntas, las tiradas y los puntos relevantes de su interpretación.

Unos días más tarde, luego de haber pasado un divertido y al mismo tiempo tierno y al mismo tiempo ardiente fin de semana con Elizabeth, encontró la libreta. Fue como verse azotado por una ráfaga de viento frío, gélido, húmedo. Se sentó y leyó. Los puntos de sus interpretaciones calzaban con lo que había ocurrido las últimas semanas. Su trabajo, Elizabeth. Todo lo ocurrido parecía predicho por las cartas. Sonrió. Es un timo, pensó. Una estafa que me hago a mí mismo. Me estoy embaucando, se dijo, como hacían esas mujeres con turbantes, bolas de cristal y figuritas colgadas del techo.

Sin embargo, siguió con el juego de preguntar, tirar nueve cartas, anotar las interpretaciones y más tarde comparar. Siempre hacía preguntas sobre el futuro muy cercano, para poder contrastar las respuestas con lo acontecido.

En ocasiones, no veía coincidencias. Pero luego, al revisar la interpretación, se daba cuenta que no había considerado algunas relaciones entre las cartas, alguna interacción, alguna seña escondida en la posición de cada carta.

Luego de un año, cuando ya estaba pensando en mudarse a vivir con la doctora Ferdinand, se atrevió a hablarle de la primera noche que pasaron juntos, la primera lectura del tarot en su vida.

—¿Qué fue lo que preguntaste?

La doctora se puso seria. Cruzó las piernas y apoyó sus antebrazos en las rodillas. Miró a Leonard mientras su pelo caía en inagotables raudales sobre sus hombros.

—Pregunté por nosotros. Pregunté si lo que comenzaba a sentir tendría proyecciones. Pero sólo me dijiste cosas del trabajo.

Santelices se levantó, tomó su libreta y volvió junto a la doctora. Le mostró la primera página y explicó lo que había pensado esa noche: la interpretación demasiado romántica, que no sabía si era apropiada, por lo que había desplazado la conversación a lo profesional.

A partir de ese momento, comenzaron a jugar juntos con las barajas. Pero, quizás impulsados por su forma habitual de trabajar, tomaban notas, contrastaban, registraban los aciertos y los aparentes errores.

En un par de años, gracias a sus observaciones y sus juegos, podían ofrecer un sistema bastante depurado de interpretación de las cartas, no sólo en cuanto a su simbología individual, sino además relacionada con las otras cartas de la tirada y a la historia de quien consultaba.

Las cabezas de ambos bullían en ideas que no podían ver con claridad.

Un día el doctor Santelices estaba en el sillón con una libreta en las piernas y un lápiz en la mano. Casi sin mirar, comenzó a dibujar puntos en una hoja vacía. Luego, los reunió con una línea que parecía un círculo. Entonces trazó líneas que trataban de unir cada punto con todos los demás. Parecía el dibujo de un maníaco, de un niño aburrido y rabioso. Pero él lo hacía con calma, sin ninguna marca en su frente, como si su mano se moviera separada de su voluntad. Elizabeth llegó a sentarse a su lado. Miró la libreta. De pronto, los puntos se convirtieron en otros símbolos. Bases de datos médicas, policiales, registros del gobierno; todo eso mezclado con cartas del tarot. Miró en su muñeca el dispositivo que Leonard había diseñado y que le regalara en su cumpleaños.

Lo tomó de la mano y lo llevó a la habitación que usaban como escritorio. Le explicó su idea dibujando en una pizarra blanca un diagrama parecido a los garabatos de Santelices.

El doctor sonreía. Siempre había tomado el tarot como un juego. Se lo tomaba en serio como quien juega al ajedrez, o como los niños se tomaban en serio la nave espacial, el sol que se acerca, la civilización desconocida del planeta recién descubierto.

Pero algo le decía que Elizabeth podía tener razón.

Modificó algunos parámetros de los programas y algoritmos que había desarrollado en todos estos años. Creó una especie de perfil de quien usaba el reloj, una especie de doble digital en base a todo lo que sus dispositivos medían. Ese perfil gatillaba una consulta al tarot. Les tomó más tiempo del esperado desarrollar la parte que interpretaba las tiradas, considerando las cartas, sus interacciones y su relación con el perfil de quien “consultaba”. Pero luego de algunos meses de divertido trabajo (a veces interrumpido por actividades que no tenían ninguna relación con el proyecto, pero que a ellos les causaban enorme placer) obtuvieron una versión inicial. Configuraron el último modelo del dispositivo desarrollado hacía ya varios años, y tenían todo listo para una prueba.

—Tenemos un problema, le dijo un día Leonard a Elizabeth. El efecto Edipo.

Ella preguntó de qué se trataba eso.

—Conoces la tragedia griega, respondió. El efecto Edipo se refiere a que la gente, al conocer su futuro, se empeña en hacer que se cumpla, si le parece favorable; o que no se cumpla, si es desfavorable. Si alguien predice que morirás un día específico a una hora específica tragado por una ola, lo más seguro es que te vayas a la montaña, lo más lejos posible del mar. O si alguien predice que te encontrarás en una plaza, en una fecha específica, con el amor de tu vida, seguramente estarás ahí, nerviosa, espiando a cada transeúnte que pasa.

—Yo ya lo encontré— La doctora le dio un beso más largo de lo normal.

Entonces el doctor explicó que, para que el experimento funcionara, los voluntarios que usaran la pulsera no debían saber qué les auguraban las cartas del tarot. Los dispositivos deberían medir, enviar el perfil digital actualizado a los servidores, estos harían la consulta, guardarían la predicción y, cada cierto tiempo, ellos se reunirían con los participantes para contrastar su vida de esos días con la predicción almacenada.

No les pareció muy ético, pero sí divertido.

Comenzaron con un grupo de diez estudiantes en la universidad. Luego aumentaron el número a cien. A medida que mejoraban las capacidades de los servidores y los problemas de las versiones iniciales del programa, aumentaban la cantidad de participantes. Pero no podían entrevistar a tantas personas. Reclutaron, entonces, entrevistadores. Costó encontrar el perfil adecuado, pero lo consiguieron.

Entonces los hechos se sucedieron con vértigo.

Un reporte indicaba que una de las mujeres voluntarias moriría asesinada por su marido quien, coincidentemente, también era voluntario en el programa. Leonard contrastó ambos reportes. Y calzaban. Uno aparecía como víctima, el otro como victimario. Corrió a mostrárselo a Elizabeth. Hablaron uno o dos días sobre qué hacer. Acordaron dirigirse a la policía y tratar de evitar el crimen.

Cuando iban a salir del departamento, Leonard recibió una alerta de los sistemas: el dispositivo de la víctima había dejado de trasmitir.

A las pocas horas, el reloj de su pareja también dejó de enviar datos a los servidores.

La noticia del homicidio apareció en todas partes. No había sospechosos. El marido tenía coartadas que parecían irrefutables. La pareja de doctores decidió intervenir. Acudieron a la policía y mostraron los datos. El jefe de la unidad estaba demasiado desconcertado. Había visto, a lo largo de su carrera, charlatanes de toda índole que siempre traían pistas falsas de desaparecidos, datos incomprobables de supuestos sospechosos de crímenes sin resolver. Pero esos siempre vestían de forma estrafalaria, como personajes sacados de un recital de rock de los 70, con olor a incienso o a hierbas extrañas. Nunca se había cruzado con un par de doctores universitarios vestidos como profesores, con papeles y pantallas llenas de cifras y símbolos. Decidió llamar a sus superiores en la Central. Al día siguiente, el departamento de los doctores Ferdinand y Santelices parecía más la escena de un crimen que un lugar de trabajo.

Tuvieron que mostrar su proyecto en forma bastante detallada. Enseñaron reportes y predicciones, tablas con porcentajes de acierto y los métodos con que el servidor iba aprendiendo a mejorar sus pronósticos. Entonces se volvieron a encender las alarmas. Otro anuncio de una víctima.

La policía tomó nota, registró el nuevo aviso, pero decidieron que no podían intervenir porque sonaba ilegal. Sin embargo, fueron tras el victimario del primer homicidio, lo apresaron, volvieron a tomarle declaraciones y, luego de un intenso interrogatorio, lograron desmontar sus coartadas y obtener una confesión que, ahora sí, estaba respaldada por toda la evidencia recogida.

Luego comprobaron que el segundo crimen había ocurrido tal como indicaba el anuncio.

Como era de esperar, apareció el gobierno, interesado por este nuevo dispositivo. Cuando los doctores explicaron su funcionamiento, bastó con que uno de los hombres de traje y corbata hiciera la estimación de cuántos relojes había en el mercado para que vieran el potencial.

Se creó una División de Monitoreo y Control, con la excusa de mejorar la salud de la población. Todos aquellos que tenían un dispositivo diseñado por Leonard comenzaron a ser supervisados las 24 horas del día, con tiradas del tarot que predecían su conducta.

Las alzas sostenidas en la sensación de inseguridad de la población fueron el caldo de cultivo para aprobar leyes que autorizaran el uso de los anuncios de las cartas, aunque nadie lo decía de manera oficial. Sólo se hablaba de los doctores Ferdinand y Santelices, de su invento que monitoreaba y predecía, pero nadie, entre los pocos que sabían, reconocía que estaba basado en el tarot.

Para el año 2038 se aprobó la creación de la Policía del Mañana.

Al año siguiente, un hombre gordo, rubicundo y vociferante postulaba a la presidencia basándose en las ideas de libertad y seguridad, pero, paradojalmente, incentivando mayores restricciones para todos, apoyándose por la División de Monitoreo y Control.

Como muchos esperaban y pocos temían, y como le anunciaron las cartas a Leonard, ganó. Puesto que el Estado se convirtió en un eficiente proveedor de seguridad y aparente bienestar, unos años más tarde se convirtió en Protector de la Nación, de forma vitalicia. La democracia fue suprimida y reemplazada por un Consejo de técnicos y asesores que basaban todas sus decisiones en los datos de la División de Monitoreo y Control y en los algoritmos de Leonard y Elizabeth.

Cuando Elizabeth agonizaba, sólo atinaba a preguntarle a su marido en qué momento su juego se había convertido en esa Hidra de mil cabezas. Leonard lloraba en silencio la partida de su mujer y al hijo deforme que habían engendrado.

Al día siguiente del funeral, el gobierno anunció mayores restricciones para asegurar la libertad y la seguridad de las personas. La lista de conductas que serían perseguidas por la Policía del Futuro creció exponencialmente.

Entonces Leonard se quitó el dispositivo, lo que estaba penado por el gobierno, y lo arrojó sobre el escritorio. El Tarot ya había lanzado, sin embargo, el arcano número 13.

Así comenzó la Dictadura del Mañana.

Incipit

[Hace muchos años, tantos que ya no recuerdo, dibujé un castillo al amanecer, sobre un peñasco de zarzas y rocas. Cuando terminé el bosquejo, imaginé a una especie de monje o brujo que saltaba desde las altas almenas para probar que su pócima para la inmortalidad funcionaba. Entonces imaginé una historia para la cual escribí esta introducción y proyecté una novela que luego me pareció un plagio descarado de una novela que había leído en la juventud y que anoche, por caminos misteriosos recorridos por mis hijas, llegó a mí]

1
Luego de apagar el hornillo me quedé mirando el hirviente azul que poco a poco iba perdiendo su agitación para pasar a un verde oscuro. O al menos eso pensaba yo en las penumbras de mi estudio. Esperé con una paciencia inventada a que el contenido de la marmita se enfriara y luego lo traspasé a una pequeña botella. Antes de poner el tapón busqué entre papeles y lienzos cubiertos de fórmulas y símbolos el gotario, lo llené y guardé la botella en un discreto cajón tras el estante. Fui a la sala adyacente, sosteniendo la vela que a cada momento amenazaba apagarse. En la oscuridad, los animales embalsamados, los restos de esqueletos, las calaveras de pequeñas bestias que recordaba haber limpiado yo mismo me miraban con expresiones lastimeras y siniestras. En el rincón estaba la jaula de las ratas. Cinco o seis se hacían compañía, moviéndose en silencio en el poco espacio de que disponían, agitando sus narices y sus bigotes al percibir mi presencia. Tomé una jaula pequeña que estaba vacía y dejé la vela en el piso, junto a la jaula grande. Me arrodillé, abrí la puerta, y con una repulsión que me costó vencer, introduje mi mano y logré atrapar una rata mediana, de larga cola, que agitaba sus patas traseras al sentir la presión de mis dedos. 

Sentí los músculos de mi brazo agarrotarse, sentí mis dedos crispados en un gesto que se obligaba a no hacer presión al ratón, al mismo tiempo que luchaba por no dejarlo ir. Logré con mucho esfuerzo controlarme y dejar la rata dentro de la jaula pequeña. Volví a mi mesa de trabajo mientras era fijamente observado por el animalejo. Puse la jaula a un lado, mientras buscaba el gotario. Ahora tendría que repetir el esfuerzo. Si no hubiera despedido a mi asistente cuando comencé a estudiar estos asuntos, ahora sería él quien estaría ocupado con la rata. Pero mi Señor no quería a nadie cerca, no quería más narices husmeando en mi trabajo que las de estas alimañas asquerosas. Con repulsión sostuve al animal por la parte alta de su espalda. Con repulsión logré hacer presión sobre sus mandíbulas con mis dedos índice y pulgar, y con mayor repulsión aún logré acercar el gotario a su oscuro hocico. Vertí todo el contenido y luego aflojé la presión de mis dedos. Volví a meter a la rata en la jaula, y alcancé a ver de reojo que se relamía y rascaba sus bigotes. Me asomé a la alta ventana. Miré las estrellas en el cielo que apenas comenzaban a palidecer. Ya se acerca el amanecer, pensé. Lavé mis manos en la palangana y me acomodé en mi cama. ¿Cuánto tiempo dormí? No lo sé. Pero pese a los lamentos de mi estómago que no recibía alimentos hacía ya demasiadas horas, mis primeros pensamientos fueron para la rata. Me acerqué a la mesa y allí estaba, enrollada en un rincón de su prisión. Pensé que había muerto, que todo el trabajo había sido un fracaso, y que una vez más debía recomenzar. Pero no. Al mirar con mayor detención vi su vientre cubierto de hirsutos pelos del color del barro agitarse con cada respiración. Salí de mi sala de trabajo y recorrí los pasillos de piedra hasta llegar a la cocina. Respondí con cortesía a los saludos de las sirvientas, y me senté ante un plato de caldo caliente. ¿Y si hacía la prueba ahora? Mejor esperar para estar seguro. La noche sería un buen momento. Volví a mi habitación, y como queriendo recuperar las horas de sueño derrochadas en estériles intentos los últimos meses, me volví a dormir. 

Cuando desperté todo estaba a oscuras. Tuve que ir al pasillo a encender una vela, y con eso volver a iluminar la sala y encender la chimenea. La rata se movía nerviosamente. Tomé un saco, envolví con él mi mano, como un guante rústico, y abrí la jaula. Cuando tuve la rata en mi mano enrollé el guante a su alrededor. El animal se agitaba dentro del saco sostenido por mi mano. Lo apoyé en la mesa y luego, quizás recordando toda la repulsión que me producían sus congéneres, alcé mi mano y azoté el saco sobre la mesa una, dos, tres veces. Cuando lo solté, todavía se pudieron percibir un par de agitaciones de sus patas. Luego la calma, el silencio, la muerte. Metí el saco dentro de la jaula, lavé mis manos, y me volví a la cama, con la incertidumbre agitando mi cabeza. 

No recuerdo con precisión lo que soñé durante esas horas. Sólo tengo imágenes sueltas de espadas y muertes, de persecuciones a caballo, las risas estruendosas de mi Señor, lamentos de mujeres, desgarros de ropas. Pero luego todo daba paso a risas femeninas, al sonido del vino llenando las copas, al metal de las copas rodando sobre el piso de piedra. Y a cada risa aparecía, en el cielo oscuro, una línea brillante que unía las estrellas en constelaciones delirantes. Una cabeza de medusa, un minotauro, un cíclope, una virgen que sostenía un niño de tres cabezas. Luego nuevamente las risas de las mujeres, el choque de las copas, las ropas desgarradas. 

Desperté y corrí descalzo a la jaula. El saco se veía como lo había dejado. Suspiré lentamente el fracaso. Volví a vestirme, y antes de arrojar el contenido de la jaula a la basura, percibí los pequeños movimientos. La rata corría por todo el interior. Su expresión era la de siempre, como si las horas de mis sueños febriles hubieran sido las horas de su reposo. Busqué en la mesa de trabajo y encontré un plato donde quedaba algo de carne seca. Corté un trozo y lo lancé al interior de la jaula. Con sus pequeños dientes, terminó en segundos con la comida. Entonces corrí al estante, saqué la botella, y vertí la mitad de su contenido en una copa. Me bebí todo el líquido y subí corriendo a las habitaciones de mi Señor. Llegué casi sin respiración a su puerta. Los guardias dormían, pero despertaron con sobresalto al ver la extraña imagen que seguramente yo debía proyectar: vestido apenas con una sucia túnica blanca, con el largo pelo gris, con la barba blanca creciendo en desorden sobre el pecho.

— Necesito ver a mi Señor, les dije. 

— El Señor ha dado orden de no ser molestado en toda la noche, me replicó el más joven de los guardias.

— Este asunto es de la más alta importancia para él— Quise hablar como si realmente fuera el sabio consejero del Señor Conde y no un fantasma de pordiosero. Ante su cara de total desconcierto, me atreví a dar dos fuertes golpes en la puerta. Me obligaron a retroceder con los mástiles de sus lanzas. 

La puerta se abrió desde el interior. El Señor Conde nos miró a los tres, alternadamente. ¿Qué ocurre, Alvar? ¿Qué es todo este alboroto? 

Los guardias se apresuraron a responder.

— Le dijimos, Señor Conde, que nadie debía molestaros en toda la noche, pero él insistió en llamar a vuestra puerta. 

— Mi Señor, tengo grandes noticias, necesito que me acompañéis. 

Don Ildefonso III, Señor de todas estas tierras, simplemente me miró en silencio. Volvió a su recamara, y luego apareció con su pesada capa sobre los hombros. Caminó tras de mí con su calma habitual. Yo lo guie por los pasillos y escaleras, hasta llegar a la torre que mira al oriente. El aire frío del amanecer nos recibió. Mi señor se arrebujó en su capa, mientras seguía caminando a mi espalda. Cuando llegamos a las almenas, me miró interrogativamente, creo que queriendo hacer notar que su paciencia, siempre breve, estaba llegando al límite que por las mañanas era todavía menor. Me asomé al borde, miré hacia abajo. Las rocas y las zarzas se amontonaban en esa parte del castillo. Nunca supe si eso era natural o había sido hecho así para evitar que invasores trataran de escalar por este lado. Miré al oriente, y vi la aurora despuntando a lo lejos.

— Es un hermoso amanecer, mi Señor Ildefonso.

— Así es, viejo Alvar, me contestó. Pero más te vale que me hayas despertado por algo más que un amanecer.

— Espero que sí, mi Señor— Entonces trepé con dificultad a la almena, miré el sol que apenas asomaba, y salté. 

*** 

Cuando logré llegar de vuelta a la torre, con mis ropas hechas andrajos, mi señor don Ildefonso ya no estaba. Bajé de regreso a sus aposentos y los guardias de la puerta me miraron con una mezcla de sorpresa y reprobación. Déjenme pasar, les dije. 

Don Ildefonso miraba por la ventana al sol redondo recostado en el horizonte. Dos mujeres dormían en su amplia cama. Cuando me vio se levantó, caminó hacia mí y me abrazó riendo. 


Luego del abrazo, el señor Ildefonso quiso bajar a mis habitaciones. Hablamos largo rato de mis intentos, de mis esfuerzos frustrados, de mis noches de insomnio, de la rata que rondaba todavía en la jaula, alimentándose de los jirones de carne que le arrojaba. 

— ¿Dónde está? —me preguntó de golpe. 

Fui al estante donde los rollos acumulaban polvo y metí mi brazo entre la madera tibia y la piedra fría. Le extendí la pequeña botella. 

Ildefonso miró a la rata un momento, con el frasco en la mano. Luego me miró a mí, miró mis ropas convertidas en andrajos, arrojó la tapa y se bebió de un trago el contenido de la botella. 

Entonces tomó los papeles de la mesa y los arrojó al fuego. 

— ¡Pero, señor! ¿qué hacéis? —le gritaba mientras él seguía buscando material para alimentar la chimenea. 

— ¡Guardias! —gritó, y sus dos escoltas aparecieron en mi puerta —¡Quémenlo todo! 

Ante mi resistencia uno de ellos me tomó de los brazos y me arrojó sobre la cama maloliente. El otro arrojó al fuego todo cuanto encontró. Hasta las obras de Heráclito, que un monje benedictino había copiado para mí, ardieron en el fuego, como quizás habría deseado su autor. 

Cuando las lágrimas aún bañaban mi cara, Ildefonso se me acercó. 

— Nadie más puede saber de esto. ¿Entiendes? Tu bálsamo es sólo tuyo y mío, de nadie más— Y abandonó la habitación seguido de sus guardias. 

— Y de la rata— alcancé a murmurar entre sollozos, sin que él me escuchara. 

Unos días después nos separamos en la puerta del castillo. Él montaba con sus mejores ropas. Yo sólo llevaba unas mantas y la jaula con la rata. Acordamos reunirnos en cierto lugar cada 30 años, hasta el fin de los tiempos, de nuestros tiempos. Me preguntó qué haría con mi inmortalidad.

— Buscar el conocimiento, le respondí. ¿Y usted, mi Señor?

— No lo sé aún, contestó. Supongo que buscaré guerras, mujeres. Sobre todo, guerra. Ahora que nada puede dañarme, recorreré los campos de batalla como un león hambriento— Y espoleando su caballo, se alejó seguido de sus dos guardias. 

Barba

Sonrió cuando miró su reloj. Le alegraba llegar diez minutos antes de la hora acordada. Porque a ella le molestaba la impuntualidad. Y a él le molestaba que ella se molestara.

Y, sin embargo, allí la vio, sentada en una mesa contemplando la cajetilla de cigarros que acababa de sacar de la cartera, como si no lograra decidirse entre fumar ahora o esperarlo a él.

Se sentó en la silla frente a ella, sonriéndole. Ella lo miró con una calma que él no sentía.

Sus cejas quisieron juntarse. Quizás a comentar lo que sus ojos veían. Inclinó un poco la cabeza hacia un lado. Después de una pausa, hacia el otro.

—Te afeitaste.

Por fin, pensó él, alguien que no lo pregunta. El día anterior, en la oficina, todos quienes se lo cruzaron en el pasillo le preguntaban, con asombro, con extrañeza, “¿te afeitaste?”. Y él, en más de una ocasión, quiso contestar con sarcasmo que no, que eran seguramente alucinaciones o delirios, que el aire viciado de esa oficina que es sólo vidrio sin ventanas de verdad, les tenía el juicio perturbado, pero que él si sentía su barba, la había visto en la mañana en el espejo, la había sentido en el viaje mientras sostenía su barbilla, leyendo a la luz de la mañana. Pero se había contenido. Sólo había contestado con una sonrisa y una ligera afirmación con la cabeza.

—Sí, me afeité.

Habría querido preguntarle, además, si le gustaba más así o le gustaba más antes, con los duros vellos cubriéndole el espacio entre la boca y la nariz, el mentón y, a veces, también las mejillas bajas. Pero era mejor darle tiempo, que se acostumbrara.

—Es raro.

No había ninguna expresión en su cara. No parecía agradarle ni molestarle. O estaba en otro lugar, quizás.

—¿Pediste algo ya? ¿Tienes hambre?

—No, no he pedido nada. Llegué dos minutos antes que tú —y luego insistió —Es raro.

Él sonrió. Ahora le parecía curioso sonreírle así, con sus dos labios a la vista, mostrando las líneas que se formaban en la comisura de su boca.

—¿Qué es lo raro?

Hizo un gesto vago con la mano. Luego tomó la cajetilla, sacó un cigarrillo y lo puso en su boca. Él metió la mano en el bolsillo derecho, donde siempre llevaba el encendedor y estiró el brazo por encima de la mesa.

—No te preocupes —le contestó con el cigarro cimbrándose arriba y abajo. Le mostró su encendedor. —Gracias.

Él sacó también sus cigarrillos y encendió uno. Como si no quisiera que el gesto de sacar el encendedor del bolsillo hubiera sido en vano.

—¿Qué es lo raro?

—Es que te conocí con barba y bigote. Son varios años viéndote así. Es raro ver tu cara desnuda, ahora. Me había acostumbrado, supongo.

Entonces no le gusta, pensó.

—Pero si tú misma te quejabas a veces de los pinchazos de mi bigote o de algún pelo que había ido a parar a tu boca —lo dijo entre risas, como si fuera algo sin importancia. Porque así lo veía él: algo sin importancia.

—Sí, me quejó siempre. Del hambre, del frío, del calor. De tu bigote, también. ¿En qué estabas pensando?

—En nada muy profundo. Pensé que casi treinta años eran suficientes. Recordé por qué me había dejado la barba y pensé en cómo me habría visto todos estos años con la cara que tenía de joven. Así que me afeité. No es gran cosa.

Recordaba ahora las exclamaciones en el pasillo de la oficina. ¡Qué raro te ves! ¡Casi no te reconozco! ¡Es extraño! Opiniones que no había pedido, que no le importaban, pero que había tenido que escuchar todo el día, además de las bromas sobre el compañero nuevo, el alumno en práctica, que quizás quería apuntar al “mercado” de las menores de treinta. Bromas que no devolvía porque sentía que no eran para él. Pero todas volvían a lo mismo. Pareciera que no eres tú.

—Pareciera que, en cierto modo, no eres tú.

Le molestó escuchar en ella esas palabras.

—¡Pero sí sigo siendo yo!

—Sí, pero ahora no voy a sentir tus pelos hirsutos cuando te acaricie la cara —tenía una sonrisa, sí, pero sus ojos y sus cejas la contradecían. Era una sonrisa triste.

Tomó la carta y se puso a elegir lo que quería beber.

Él hizo lo mismo.

Lo hacía sólo para no mirarla: hacía rato que había decidido que tomaría una cerveza.

Pensaba, mientras recorría nombres de cocteles que jamás probaría, que él prefería como estaba ahora. Alguna vez, hacía muchos años, antes de conocerla, estando en una fiesta con algunas personas disfrazadas, había visto a una mujer vestida de hombre. Chaqueta, corbata, el pelo pegado al cráneo y, por supuesto, una barba falsa. La barba es un disfraz, pensó al ver a la mujer. Y sospechó si él no se estaría disfrazando, si no se estaría escondiendo detrás de esa capa de pelo. Pero luego esos pensamientos se habían perdido en el ajetreo de los días y los años, y luego en el ardor del amor, y luego los olvidó.

Pero, un par de noches atrás, solo en su casa frente al espejo del baño, volvió a aparecer la idea. Pensó entonces que él no tenía nada que esconder. Y, después de todo, no estaría mal cambiar después de tantos años. Mientras buscaba la máquina de afeitar bajo el lavamanos, pensaba en todos los comentarios y las bromas que recibiría en el trabajo. Había escuchado, en su momento, las bromas y comentarios pesados entre los hombres ante un nuevo peinado de algún compañero. Eran implacables. Atribuían el cambio a las razones más insólitas y luego venían unos pocos días donde las mismas bromas se repetían sin cansancio. Pensó en ella. A ella le gustaría. A ella le gustaría ese nuevo él, con su cara limpia, aunque mostrara las viejas cicatrices de una adolescencia llena de acné. Ella sí le acariciaría ahora su mentón despejado, sin púas, sin sentir esas cerdas que parecían raspar sus manos suaves. Echó a andar la afeitadora y mientras miraba su trabajo en el espejo, veía de reojo caer los copos oscuros al lavamanos.

Pero a ella no le había gustado. A sus amigos tampoco.

Todos parecían echar de menos los pelos, aunque estuvieran clareando ya de canas.

Todos, menos él.

Pidieron el almuerzo. Conversaron un rato con los platos vacíos entre ellos. Pagaron y se pusieron a caminar. En una esquina, esperando el semáforo en rojo, ella le tomó la cara, la acarició y le dio un suave beso en los labios. Pero se separó de él con un temblor, como si una corriente de aire helado le hubiera besado la espalda.

—Me quiero ir a mi casa —le dijo cuando pasaron fuera de una estación de metro.

—Te acompaño y después me devuelvo a mi casa.

—No te preocupes, no me va a pasar nada. Estoy un poco cansada. No soy buena compañía ahora.

Se estiró, le dio un beso en los labios, tan breve que él no alcanzó a atrapar su cintura, y se alejó por las escaleras. Él vio la gracia de siempre en los pequeños saltitos que daba entre peldaños, tan pequeños que casi no se veían.

Caminó de regreso a su casa. En el camino, ante las vitrinas, se miraba. Sí, pensó, es raro. Hasta a mí me cuesta reconocerme.

En cada vitrina, el mismo pensamiento.

Llegó a su casa. El gato naranja salió a recibirlo. Pero, como todos los demás, pareció no reconocerlo.

Se quitó la ropa, fue al baño, y mientras se lavaba los dientes se miró en el espejo. Soy yo. O quizás no. O sí. Tal vez un poco menos yo. Tal vez un poco más.

Era confuso. Cuando se metió en la cama y apagó la luz, pensó que quizás en una semana el problema estaría resuelto. Tal vez, en dos.

Contra el silencio

Me gustaba el silencio. Me gustaba esa ausencia que, paradójicamente, parecía llenarlo todo.

Quizás por eso llevaba tantos años viviendo solo. Quizás por eso salía tan poco. Quizás por eso había personas que se preocupaban.

Mi hermano, por ejemplo. A veces me invitaba a almorzar a su casa, con su mujer, sus hijos y los dos perros pequeños que tenía. Unas máquinas de chillidos agudos que parecían quedar resonando en los oídos. Siempre buscaba alguna excusa para no ir. Entonces la llamada, que yo pensaba debía llegar hasta ahí, se extendía. Me empezaba a preguntar qué había hecho últimamente. Y mi respuesta siempre era la misma. Aparte de trabajar, no mucho. Los sábados por la mañana, a veces también el domingo, salía a caminar. No me molestaba el sonido monocorde de la ciudad y del tráfico. Era tan soso que podía ignorarse. Excepto cuando pasaban esos idiotas en sus motos, deslizándose sobre el estruendo de sus tubos de escape. Pero lo peor eran los carros de bomberos. Se escuchaban desde lejos, y el sonido persistía cuando ya se habían distanciado bastante. Por lo general, volvía a la casa cuando veía que la gente comenzaba a llegar al parque, especialmente familias con perros y niños. Cuando mi hermano escuchaba que no hacía nada aparte de trabajar, preguntaba incrédulo si no se me ocurría salir a tomar algo, irme unos días a la playa… en fin, hacer algo “entretenido”. Siempre la respuesta era no.

¿Para qué? Salir a tomar algo, a un bar, era internarse en un torbellino de voces y risas y música; zambullirse en un pozo donde cada palabra que se pronunciaba rebotaba contra las paredes del mismo pozo y seguía resonando por mucho rato. En todo caso, lo intenté. Fui a un bar, algunas noches. Me sentaba en la barra y pedía una cerveza o algo así como gin o vodka con cualquier cosa. Desde mi asiento veía parejas en las mesas. Eran mis favoritas. Especialmente aquellas que se notaba que estaban en una de sus primeras citas. Hablaban entre susurros y sonrisas. Pequeñas coqueterías. Suaves caricias al pasar, apenas unos roces de sus dedos. Parecían hablar más con los movimientos de sus bocas, sus gestos, sus miradas. En cambio las familias eran terribles. Generalmente los padres desentendidos, esperando su trago o lo que habían pedido de comer. Los niños tratando de armar un pequeño desastre. Y las madres, agobiadas, mirando en todas direcciones, por si alguien había notado ese descalabro. “Quédate quieto”, “endereza la espalda”, “deja ese teléfono, por dios”. No se veían personas solas. Ni hombres ni mujeres. Y cuando llegaba a ocurrir, era porque estaban esperando a alguien. Entonces las caras de hastío cambiaban y se convertían en risas y cacareos. Quizás por eso un día el barman me preguntó si esperaba yo también a alguien. No. Ah, anda solo. Afirmé con la cabeza. Bueno, si está esperando a las niñas que vienen por acá, le puedo presentar a un par que son bastante amorosas. Me guiñó un ojo con algo que trataba de parecer complicidad. En ese momento decidí que era preferible beber en casa.

Ir a la playa. Sí, podría haber sido interesante. Pero tendría que ser una playa desierta, donde sólo se escuchara el ir y venir de las olas, el sonido de la espuma lamiendo la arena, salpicando sus pequeñas gotas saladas, el sonido del agua recogiéndose, tomando impulso para un nuevo bramido grave y delicado. Como si fuera un reflejo del tiempo que avanza y luego retrocede y luego retorna, un reflejo de las cosas que fueron y que volverán a ser. Pero en un planeta con más de siete mil millones de personas, imagino que es casi imposible encontrar una playa así.

Mi hermano terminaba con una risa forzada para hacer su pregunta al pasar, como si fuera una broma. Le gustaba hacer eso cuando los temas eran complicados o cuando no tenía las bolas para preguntar de frente algo difícil. Lo decía como si fuera una broma. ¡Capaz que tengas depresión! Exclamaba entre risitas. Sí, probablemente, le respondía, imitando sus risas. Luego colgábamos.

No, creo que no se trataba de depresión. Era solamente mi gusto por el silencio.

Quizás por eso siempre quise aprender a bucear, aunque nunca lo intenté. De niño, cuando iba a la piscina, me gustaba hundirme en el agua y quedarme abajo tanto tiempo como soportara. Cuando me regalaron mi primer reloj sumergible, me entretenía midiendo el tiempo y tratando siempre de aumentar mi registro. Un minuto cincuenta segundos, fue una de las primeras mediciones. Luego de practicar un poco, llegué a rozar los dos minutos. Si mi memoria no falla lo máximo que logré fueron dos minutos con quince segundos. Pero más allá de los segundos, lo que me gustaba era esa sensación de falta de sonido. Los pocos que llegaban lo hacían amortiguados. No entendía cómo alguien no había inventado ya unos tapones o algo parecido que imitara ese efecto, que fueran como una pared de agua que provocara que los sonidos apenas te toquen, que no te empujen con la fuerza que siempre lo hacen, sino que apenas te rozaran, como una caricia hecha al pasar, como una mirada al atardecer, como los besos que imagino me manda la mujer que habita la luna, cuando la miro borracho desde el balcón.

Tal vez sólo se trataba de eso. De sentir que los sonidos te empujan. Como cuando alguien gritaba cerca de mí, su voz, su grito, se proyectaba desde su boca hasta mi cabeza haciéndola inclinarse para esquivar el golpe. Pero el golpe siempre llegaba. O tal vez sólo estoy confundiendo la causa con el efecto, y esa imagen de los sonidos que golpean me la inventé después, cuando las estridencias y esas destemplanzas ya me molestaban. Tal vez.

Debe ser esa una de las causas por las que soporte ir aún, todos los días, a la oficina. No me gusta la ubicación. No me gusta la gente con la que trabajo. Me entretiene lo que hago, pero sólo llega a eso. No siento la pasión que sentía cuando llegué allí y pensaba que, si movíamos algunas palancas, las cosas serían distintas y algo cambiaría. Sí, lo intenté unos pocos años. Luego me di cuenta que era imposible. Que las palabras eran sólo palabras. Que las declaraciones de los dueños eran sólo un intento de quedar bien con los que llenábamos sus bolsillos. Me comencé a encerrar en mi oficina, que estaba en otro piso, al final de un pasillo. Al comienzo, cuando me la asignaron, todos bromeaban con que era un castigo. Quedaba lejos de todo, lejos de todos. Pronto noté que era una bendición. Casi nunca entraba nadie. Casi nunca llegaba alguien a contarme lo que había hecho el fin de semana o a preguntar en qué había estado yo. Apenas me cruzaba con alguien cuando iba al baño o a la impresora a buscar un papel. Además, evitaba las llamadas. No contestaba, y luego enviaba un mensaje preguntando qué ocurría. Trasladaba la conversación de los sonidos a las letras.

Eso hacía también cuando estaba con ella, pero no podíamos vernos. No hablábamos por teléfono en el día, casi nunca. Comenzaba sus clases a las 8 y continuaba hasta las 6. Con intervalos de diez o quince minutos entre cada una. Como en esos espacios tenía que cambiar de sala, revisar cosas, buscar papeles, evitaba molestarla. Entonces le escribía cartas. Cartas de una o dos páginas. Le contaba lo que había pasado por mi cabeza desde la última vez que nos habíamos visto o desde la última vez que nos habíamos escrito. O le comentaba algo que había leído por ahí, alguna novela o un ensayo. O le hablaba de cómo escuchaba palpitar el mundo. Antes, y ahora que estaba con ella. Cuando no había mucho trabajo, podían ser dos o tres cartas en el mismo día.

A veces ella no respondía. Era obvio. No podía ponerse a contestar cartas en medio de una clase. Otras veces respondía con cinco frases. Pero esas cinco frases eran suficientes. Porque siempre tuvo el talento de resumir en cinco frases lo que yo decía en dos páginas, y me bastaban para saber que estaba escuchando los mismos latidos que yo. Otras veces contestaba con cartas más largas que las mías y entonces para mí era una embriaguez que repasaba desde la primera a la última letra, leyendo en silencio pero moviendo los labios, como si fuera un monje de rodillas en un monasterio, bajo la mirada de una divinidad que observaba sonriendo desde el techo.

Era agradable el silencio. Pero no el silencio impuesto, sino el silencio cotidiano. Ese silencio de la vida diaria, roto apenas por el sonido amortiguado de un corcho al salir de la botella o el ligero despegarse de la puerta del refrigerador al abrirla. O el imperceptible sonido de mis propios pasos por el pasillo. Recuerdo que a los doce o trece años tenía un amigo. Vivía a unas calles de mi casa. Nuestros padres se conocían, se saludaban al pasar y a veces se detenían a conversar. Yo era compañero de curso de su hermana, unos dos años menor que él. Por todo eso nos conocimos. Pasábamos algunas tardes en su casa, o en la mía. Así nos hicimos amigos, aunque algunas cosas no encajaban muy bien. A él le gustaban las películas de acción, con peleas y golpes de karate. Yo prefería las de ciencia ficción, con viajes espaciales o humanos viviendo lo que sería el sueño o la pesadilla por venir. Y como le gustaba el karate, estaba inscrito en unas clases en su colegio. Aprendía algunos movimientos que luego trataba de enseñarme. Yo lo escuchaba y lo miraba sin mucho interés por seguirlo. Un día su profesor le habló de la habilidad de ciertas personas para esconderse y caminar sin ser escuchados. Y le enseñó ciertos trucos. Eso sí me interesó. Lo escuché como nunca. Lo observé y lo imité. Y de una manera extraña, esos gestos se hicieron parte de mí. Apoyar el pie suavemente, distribuyendo el peso del cuerpo hacia la pierna que ya estaba firme, dejando que la pierna que va camino al piso esté lo más liviana posible. Apoyar en seguida la planta por partes, suavemente, como si se estuviera tanteando el piso, detectando posibles crujidos. Primero el borde externo de la planta, luego el resto. Y desde el talón hacia la punta, no al revés como hace todo el mundo cuando trata de caminar sin hacer ruido, porque lo aprendieron viendo dibujos animados. En un piso de cemento, de cerámica, de adoquines, funciona fácilmente. En mi casa, que tenía el piso de madera, era más difícil. Así que allí me entrenaba. Cuando estaba solo iba desde la cocina hasta mi dormitorio, atravesando el comedor, tratando de no hacer el más ligero ruido. Levantar la pierna izquierda, mover el peso del cuerpo hacia la pierna derecha, dejando la izquierda lo más liviana posible. Apoyar el pie izquierdo, con cuidado, sin despertar al espíritu que dormía entre las tablas y que, por tener el sueño liviano, al primer movimiento descuidado se agitaba en su sueño con crujideras y ligeros temblores. ¿Cuánto duró ese payaseo? Unos cuantos meses, creo. Luego dejé de encontrarle sentido, o me olvidé, o quizás con mi amigo nos dedicamos a otras cosas. Por esa época apareció la música. Tratar de aprender guitarra, tratar de aprender a tocar canciones que despertaran los brillos en los ojos de alguna chica que nos gustaba. Pero quizás de tanto practicar esos movimientos se quedaron en mí. Podía, cuando quería, caminar casi sin hacer ruido, a veces incluso sin darme cuenta. Ella tampoco hacía ruido al caminar. Podía dejarla en el sillón, sentada con un libro en la mano, para irme a la cocina a preparar algo de comer. Y de pronto tenerla atrás de mí, apoyada en la pared, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, mirándome debajo de sus cejas y con una sonrisa que apenas disimulaba la forma en que se mordía el labio.

La primera vez que salimos juntos, sin embargo, no caminamos. Nos subimos a mi auto y manejé. Ella me miraba, desde su asiento. Yo trataba de mirarla al mismo tiempo que miraba los autos adelante, los autos a los lados, los autos atrás. Hablamos muy poco. Y sin embargo, yo sentía que de sus ojos, de sus labios sonrientes, salían hilos o cables o cadenas que buscaban a los que salían de mí y se enredaban y formaban algo que no se podía ver, pero que ahí estaba. Yo manejaba. Por mirar sus ojos, no vi que el auto de adelante se había movido. El auto de la derecha comenzó a meterse en mi fila. Cuando quise avanzar alcancé a verlo de reojo y tuve que frenar en seco. Supongo que otro en mi lugar habría hundido la mano, o ambas, en la bocina, hasta que el mundo se cayera a pedazos. Yo sólo lo apunté con la mano, como preguntándole a ella o a un testigo invisible si podía creer eso. Ella se asustó un poco. Tendió sus manos hacia adelante, apoyándose en el tablero. Pero luego volvió a acomodarse y siguió mirándome, en silencio, con la misma sonrisa que tenía minutos atrás.

Días después vino por primera vez a mi casa. Me preguntó si podía poner un poco de música. Sí, claro, le contesté. Y sin embargo sentí una pequeña desazón. Imaginé sonidos extraños llenando la casa, ahogando cualquier asomo de conversación. Pero en cambio ella puso algo que apenas eran unos acordes, unas notas de piano, una cuerda, quizás un bajo, que casi no movía el aire alrededor, y que en lugar de expandirse empujando todo a su paso apenas parecía moverse, como una pluma flotando en el vacío. Me gustó. Desde ese momento, esa música se convirtió en el trasfondo de nuestras reuniones. Podíamos hablar largo rato, contarnos historias de infancia, disparates de juventud. Pero en algún momento nuestras miradas se cruzaban. Ambos callábamos. La historia ya estaba ahí, instalada entre nosotros, y cada uno parecía creer que el otro había entendido exactamente lo que tenía que entender.

Entonces sólo quedaba el silencio.

El silencio y nuestras miradas.

El silencio y esos acordes livianos que apenas rozaban nuestra piel, como una caricia que casi sin tocar te despierta de un largo sueño.

Me gustaba el silencio.

Me gustaba el silencio, pero ya no.

Ahora prefiero el estruendo. Ahora manejo con los vidrios arriba y la radio al máximo volumen. Canciones rabiosas. Canciones con voces que en cualquier momento se convertirán en aullidos o ladridos o bramidos de toros en medio de la plaza, hipnotizados por un paño rojo que los llama a pelear hasta caer rendidos, con espuma espesa escurriendo de la boca abierta, con sangre corriendo de las heridas abiertas.

Ahora la casa se ha llenado de sonidos. Guitarras con acordes punzantes y agudos. Bajos que parecen reventar los parlantes, y que se quedan en las paredes como si estuvieran vibrando. Con baterías que marcan un ritmo que más se parece al frenesí. O a una carrera en que alguien huye y otro la persigue, despiadadamente, sin tregua, sin pausa.

Ahora busco los momentos en que los parques estén más llenos. Con niños que saltan entre risas sobre una cama elástica, con madres que gritan advertencias o llamadas para volver a casa, con los navegantes de tubos de escape, con carros de bomberos y sus sirenas que me llaman, que me invitan, que me dicen que las ame a ellas, porque el silencio ya no volverá.